"Ser fugaz y añorar lo eterno, ¿no es una disfunción conmovedora?"

  • El roteño Felipe Benítez Reyes reflexiona en 'Las identidades', su nuevo poemario, sobre la conciencia difusa que el ser humano tiene de sí mismo

La existencia no posee, por fortuna, la simplicidad de un rompecabezas que un día adquiere un sentido definitivo cuando se reúnen todos los fragmentos. Paradójicamente, viene a decir Felipe Benítez Reyes en su último poemario, Las identidades (Visor), cumplir años no es sino asumir la derrota en ese propósito de que las piezas encajen. En su nuevo libro, el roteño retrata el desengaño y la incertidumbre con que el ser humano se contempla en el espejo al final de un largo recorrido, destapadas ya ciertas argucias con las que ese concepto de la personalidad se había mostrado hasta entonces como un asidero más firme. Con la madurez, he aquí el asombro, continúan surgiendo esas preguntas incómodas sobre uno mismo, cuestiones con alma de desfiladero ante las que alguien sensible podría sucumbir, pero el escritor opta por una desesperanza sin dramatismos, la calma de quien sabe que el nuevo paisaje también puede ser reconfortante.

-En el texto La conspiración medita sobre el efecto que tiene cada palabra, sobre la prudencia que hay que guardar con lo que se dice. Esto se puede extrapolar a su poesía: ha tenido la misma precaución; hacía años que no publicaba un libro de poemas totalmente inédito.

-Creo que no es conveniente perderle el respeto a la escritura, siquiera sea para que la literatura no te pierda el respeto a ti. El hecho de haber escrito no te da casi ninguna garantía a la hora de escribir algo nuevo. En esto se es siempre un principiante. Un principiante con resabios, con dominio de algunos trucos, pero eso no basta. La escritura requiere un grado de experiencia aventurera para uno mismo. Uno procura evitar la recurrencia a sus clichés. No se trata de renunciar a los registros propios, porque eso sería tal vez imposible o al menos poco prudente, pero sí de modular los matices de esos registros.

-Las identidades reflexiona acerca de las inexactitudes y las trampas con que cada ser humano desarrolla la conciencia de sí mismo.

-Hemos crecido con el mito de que la edad adulta nos traería la sabiduría, una estabilidad emocional, un afianzamiento de nuestras intuiciones morales, un pensamiento coherente... Cuando llega el momento, te das cuenta de que sigues instalado en la indecisión. En el fondo no deja de tener su gracia -aunque sea a ratos- esa especie de adolescencia entendida como una cadena perpetua.

-Un rasgo muy interesante de la obra última de Caballero Bonald es ese lúcido descreimiento de los años. Usted, siendo más joven, parece haber alcanzado ya ese sabio escepticismo...

-En cualquier caso el descreimiento no impide la aceptación, incluso gozosa, de ese descreimiento. Somos como somos, y somos un poco fantasmagóricos. No creo que eso sea del todo malo. Vivimos en vilo con respecto a nosotros mismos. Podemos defraudarnos, pero también sorprendernos.

-La edad revela todos los fracasos, y el poeta llega a decirse que "pesa más quien no fuiste en lo que eres (...) que el balance de todo tu vivir". Esa inclemencia con uno mismo, ¿no es a veces un mecanismo que uno activa para luchar contra algo tan peligroso como la vanidad?

-La vanidad tal vez sea un simple error de cálculo. Un error en la suma. Creo que lo que no somos, lo que no hemos podido ser, tiene tanto peso en nosotros como lo que irremediablemente somos. El yo también tiene sus fantasías.

-A los jóvenes les indica: "Tapaos los oídos: / vuestro registro es propio de la oda". Usted se ve ya en la elegía, con la muerte ya "siempre ahí, de fondo negro".

-Dicho así, parece un poco melodramático... Casi todos vivimos con una conciencia difusa de inmortalidad. Se trata de una patología bastante pintoresca, pero en el fondo está bastante bien. No puede uno vivir todo el día con el eco de un memento mori.

-Sin embargo, ante esas revelaciones, no hay resentimiento ni rabia, sino una voz serena que parece asumir sin dramatismos su destino.

-Rebelarse contra lo inexorable no deja de ser una tontería. La forma de rebelión más común suele ser la invención de dioses, o esa quimera fascinante de la eternidad, que es un concepto que al fin y al cabo sobrepasa presuntuosamente la capacidad imaginativa del ser humano. Ser fugaz y añorar lo eterno, ¿no es una disfunción conmovedora? Es como si la lluvia quisiera ser fuego.

-Un hallazgo de la estructura del poemario es que, tras el ejercicio de introspección de la primera parte, el libro se abre al mundo en el segundo tramo, como si hubiese querido que entrara aire en un momento determinado de la obra.

-Sí, en esa segunda sección agrupé los poemas de asunto más concreto. Tienen más lenguaje, digamos, y menos condensación conceptual. Son los poemas más vistosos, los que tal vez resulten más sensoriales.

-Ha logrado abordar un tema de actualidad tan escurridizo como el de las pateras (o el de la Familia Real) sin que el texto caiga en la obviedad. ¿Fue complicado?

-El propósito era escribir desde una posición digamos lírica sobre un asunto que se prestaba de antemano a lo panfletario, a la gesticulación retórica. Al fin y al cabo, el mérito de un poema basado en una noticia del periódico consiste en que acabe siendo un poema, no una noticia de periódico en renglones cortos.

-Un fragmento como Cuento de Tokio habla de lo azarosa que es la inspiración, de cómo los episodios aparentemente insignificantes (una mujer que llora en la habitación contigua de un hotel) pueden marcarnos de manera inesperada.

-Sí, de eso y de los caprichos de la memoria. Una situación al fin y al cabo tan ajena a ti puede ser inolvidable. Y eso es raro, sobre todo si alimentamos la sospecha de que hemos olvidado otras cosas sin duda más esenciales.

-En Lectura de Lisboa narra cómo, a menudo, la literatura y la vida se confunden, cómo las lecturas nos condicionan... La ciudad que retrató Pessoa es tan real como la que uno visita.

-El asunto de fondo son las visiones interferidas. Creo que se trata de una simple deformación profesional. Cuando voy a Lisboa, me hago la ilusión de verla a través de los ojos de Pessoa. Me gusta asociar las ciudades a escritores: Nueva York son ladrillos y Dorothy Parker o Truman Capote, etc. Venecia es Casanova y Ezra Pound. París es un poema de Verlaine en el que siempre llueve.

-No es muy frecuente en la literatura española que alguien escriba novelas tan divertidas como El novio del mundo y al mismo tiempo haga una poesía de tal hondura. ¿Se sintió alguna vez una rara avis en el panorama literario?

-No, la verdad. Si te sientes una rara avis, acabas como poco como Juan Goytisolo, y no creo que eso sea conveniente para nadie, excepción hecha del propio Goytisolo, claro está.

-¿Y para cuándo una nueva novela?

-En eso estoy. Con dificultades. Pero las dificultades, que están mal, también pueden estar bien. Ya iremos viendo.

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