De qué hablamos cuando hablamos de 'best-seller'

  • 'Los pilares de la Tierra' se está reeditando desde hace 25 años y ha vendido 98 millones de ejemplares Follet ha conseguido que el lector sufra, sude y viva la erección de la catedral

Hay libros que, como el vino, ganan con la edad; los años les dan cuerpo, qué sé yo, templan el sabor, definen el aroma, mejoran la color. Otros libros son como el champán: salen en Navidad y se han echado a perder para el verano; pueden dar lustre a una velada, pero unos pocos meses les quitan ímpetu y burbujas; son un lujo perecedero. Lo que suele llamarse best-seller entraría en el grupo de los espumosos, no en el de los caldos con solera, pero no veamos en esto una tara vergonzosa: un vasito de vino es mano de santo, pero hay veces en que no puede sustituir a una copa de champán, no sé si me explico. Esto tampoco quita que podamos llevarnos auténticas sorpresas curioseando dentro de estas barricas pues, estrujemos el símil, de todo hay en las viñas del señor.

El best-seller no es exactamente un género, sino una estrategia: el autor recoge los ingredientes que gustan al Gran Público y los mezcla en recipientes voluminosos -cuantas más páginas, mejor-, con el objeto de que ese Gran Público, sediento por la publicidad previa, se los beba de un tirón. En este punto hallamos una sangrante paradoja: el best-seller es una aspiración, no un resultado; aunque todos compartan idénticos objetivos, pocos consiguen ser tales. En las librerías de lance es común hallar, cubiertos por la roña del olvido, numerosos volúmenes que nacieron como futuros éxitos de ventas y que la Diosa Fortuna despreció. No debiera sorprendernos. Incluso los favorecidos por esta divinidad habitan una actualidad de alquiler, de gusto cambiante y escasa retentiva. ¿Quién se acuerda de Arthur Hailey cuyo Aeropuerto (1968) fue la novela más vendida en su día? ¿Quién recuerda a Taylor Caldwell o Harold Robbins que fueron ayer lo que hace poco eran Dan Brown o John Grisham? Ubi sunt? El mundo del best-seller es de un pragmatismo feroz: se trata de tocar techo hoy. Mañana Dios dirá.

No obstante, no hay que tener prejuicios. Al menos, no demasiados. Para contrarrestar los efectos nocivos de algún libro de ésos que pretenden cambiar el mundo, a continuación, yo suelo recetarme uno sin ínfulas de eternidad y así, a lo tonto, he acabado leyendo un número no pequeño de obras de Michael Crichton o Ken Follett, dos autores irregulares que cuentan en su haber con varios trabajos notables. Del primero, a pesar de no haber leído ninguno de sus últimos trabajos, no dudaría en recomendar algunos de los primeros: El gran robo del tren (1975), Devoradores de cadáveres (1976) o incluso Parque Jurásico (1990). En sus libros se incluye todo cuanto uno espera de un best-seller: un vasto dramatis personae, multitud de tramas simultaneadas, asuntos sucios varios para darle una pátina de denuncia a la propuesta y algo de broza para así alcanzar las 500 o 600 páginas requeridas. Sin embargo, nada es gratuito en demasía, nada es totalmente arbitrario.

Mención aparte merece Ken Follett (Cardiff, 1949). En sus novelas uno se encuentra con materiales comunes, incluso lugares comunes, que no se hunden en lo convencional. Las que conozco entre las suyas me parecen piezas bien sazonadas. Follett se sirve de historias atractivas y de personajes sugerentes, y construye las primeras y viste a los segundos de manera que el lector las siga o los reconozca sin dificultad. No obstante, su mayor logro es haber convertido las limitaciones del molde narrativo en una coartada incontestable; en La isla de las tormentas, un eficaz relato de espías ambientado en la Segunda Guerra mundial -entre sus comparsas encontramos a Churchill o Hitler-, nos cuela un axioma que justificaría ese planteamiento básico de buenos contra malos: "La guerra simplificaba la vida. Sabía por qué odiaba al enemigo, y sabía qué debía hacer". Mención aparte merece asimismo Los pilares de la Tierra, un best-seller como Dios manda, que se está reeditando ininterrumpidamente desde hace 25 años y ha vendido ya la friolera de 90 millones de ejemplares en todo el mundo. Según la Federación del Gremio de Editores, es el libro más leído en España.

La reconstrucción de una época -o al menos, la reconstrucción verosímil de ésta, pues los más puntillosos han señalado alguna inexactitud-, la recreación de una atmósfera, digo, es una de las grandes bazas de una lectura que, con sus más de mil páginas, pudiera llenar satisfactoriamente un verano. Follett ha conseguido que el lector sufra, sude y viva la erección de esa majestuosa catedral gótica en Kingsbridge. Descubrió además un filón dentro de la novela de trasfondo histórico al que no han dudado en acudir otros autores, como Ildefonso Falcones, cuya La catedral del mar (2006), un ejemplo de best-seller patrio, es la demostración palpable de que el mercado hispanohablante es lo suficiente propicio para hacerlo tan bien (o tan mal) como ingleses o norteamericanos.

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