chema cobo. artista

"Lo que hoy en día se vende como vanguardia es arte oficial"

  • El pintor protagoniza una exposición en Málaga, 'La vertu tue' ('La virtud mata'), una mirada implacable al presente con los códigos y referentes que alumbró la Revolución de 1789

Chema Cobo (Tarifa, 1952), junto a sus obras, en la Alianza Francesa de Málaga. Chema Cobo (Tarifa, 1952), junto a sus obras, en la Alianza Francesa de Málaga.

Chema Cobo (Tarifa, 1952), junto a sus obras, en la Alianza Francesa de Málaga. / carlos pajariño

Verso libre y suelto en el mejor arte español del último medio siglo, Chema Cobo (Tarifa, 1952) protagoniza en la Alianza Francesa de Málaga (C/ Beatas, 36) su exposición La vertu tue (La verdad mata), en la que, con cuadros de reciente creación y algunos rescates de los 90, recrea algunos de los condicionantes sociales más candentes de la actualidad, desde el control ideológico y político al puritanismo, a través de la simbología y los códigos propios de la Revolución Francesa. Miembro de aquella Nueva Figuración Madrileña que se empeñó en ponerlo todo patas arriba hace treinta años, el pintor continúa viviendo y creando en Alhaurín El Grande. Gran parte de su obra está repartida entre algunas de las colecciones y museos más importantes del mundo.

-¿Podría interpretarse la permanencia icónica de la Revolución Francesa como un fracaso? ¿No ha sucedido desde entonces nada digno de representarnos?

-Tal vez sí y no somos conscientes de ello. Quizá es que miramos mal. Como artista, en la práctica, lo que intento siempre es desplazar mi mirada a donde se supone que no tengo que mirar. Es un trabajo un poco arduo y muy criticable por otros, ya que esto a veces te pone a contracorriente. Pero pensemos, ¿qué ha costado que cierto sector intelectual empiece a reaccionar ante la corrección política? Mucho, sobre todo porque la autocensura tiene mucho éxito. Bien, pues el análisis de la Historia es el mismo. ¿Cuántos años han pasado desde que terminó la Guerra Civil? Muchos. Pero seguimos con los mismos prejuicios: la derecha es mala y la izquierda buena, el golpe de Estado lo dieron unos y no otros mientras lo cierto es que, como en todas las guerras, lo dieron los dos... Con la Revolución Francesa pasa igual. Y a lo mejor va siendo hora de poder mirarla de otra forma, con menos moralina.

-¿No corre el riesgo esta mirada de parecerse al relativismo?

-Hombre, tampoco es cuestión de sublimar nada. No vamos a dejar de llamar crimen al crimen, ni propaganda a la propaganda, que por cierto es un invento de la Revolución Francesa. Danton, Marat y Robespierre demostraron una capacidad única de puesta en escena para convencer a todos de que el mundo había cambiado. Pero si algo nos enseña la Revolución Francesa es a analizar mucho mejor la realidad que vivimos. Hoy pensamos que el control ideológico y la manipulación de las personas son fenómenos recientes, pero en la Revolución ya se llevaban a la práctica ampliamente. El régimen del terror es algo que subyace de forma perenne en la sociedad y que de vez en cuando se manifiesta cambiando las tornas. Piensa en el pueblo urbano de la Francia del siglo XVIII, que sufría mucho más que la gente del ámbito rural y que por lo tanto era muy pragmático: mientras haya un trozo de pan, todo estaba bien para ellos. La clase media, monárquica y harta de los impuestos, lo tuvo fácil para calentar a las masas. Pero, además, que un determinado acontecimiento pase a ser considerado catastrófico o todo lo contrario tiene mucho que ver con el azar. En esto habría que tener en cuenta el estudio de las mentalidades. Un hombre del siglo XXI no ve el mundo como lo veía otro del siglo XVIII. Por más que supongamos lo contrario.

-Que diría Foucault.

-Foucault aportó mucho. Lo que pasa es que cuando pisó la realidad en el 68 patinó a base de bien. Pero su pensamiento sigue siendo válido para romper prejuicios. El problema es que ya no tenemos a Foucault, sino a las relecturas de quienes han quitado de su obra lo que les ha parecido bien, con lo que al final tenemos a un Foucault canónico y ortodoxo. Pues no, mire usted: lo único que Foucault hacía era invitar a discutir.

-La vertu tue tiene un cierto aire de carnaval. ¿La Revolución Francesa es la prueba de que la Ilustración y el terror son inseparables, tal vez intercambiables?

-No, los revolucionarios franceses pensaban que a la virtud debía acompañarle siempre una cierta ejemplaridad, como sucede con la ley. De ahí sale la guillotina, que nace con la intención de humanizar la muerte: de matarte a hachazos o dejarte colgado para que te coman los pájaros a la limpieza y rapidez de la guillotina hay una evolución humanitaria notable. Sin virtud no hay ley, y la ejemplaridad nos dice que sin castigo tampoco. El problema es la cantidad. Ahí es donde surge el escándalo, cuando los guillotinados empiezan a parecer demasiados. Además, mientras la guillotina iba haciendo lo suyo, el poder empezaba a corromperse. La base social de la Revolución Francesa es muy ambigua. Se corresponde con el terrateniente medio rentista que está harto de impuestos. A este terrateniente, el pueblo le da igual. Lo que quiere es modernizarse de alguna forma pero sin dejar de pensar como un hombre del Antiguo Régimen. Él es el revolucionario.

-¿Y qué hay de la libertad, la igualdad y la fraternidad?

-La libertad reivindicada era la de mercado. La igualdad se entendía como el derecho a que me protejan y a mí y luego a cada cual, según lo suyo. Hubo grandes avances, como la abolición de la esclavitud y los derechos de la mujer, pero no se llevaron a cabo hasta mucho más tarde. A ver, es que la Revolución Francesa fue una revolución liberal, no proletaria. Su base es moralista: los reyes eran malísimos y había que echarlos.

-De ahí el puritanismo.

-Exacto.

-Por cierto, ¿comparte la idea de que en el arte contemporáneo abunda cierta presunción de agitación de conciencias a cambio del apego a la moral y las buenas costumbres?

-Absolutamente. Al cien por cien. Lo que se vende hoy como vanguardia es arte oficial. Las prácticas más abiertas están en las afueras, en la heterodoxia. Hoy se han impuesto la apariencia y el discurso sobre el poder financiado por el poder, con lo cual esto es un circo.

-¿Y no se inventó esto también en la Revolución Francesa?

-No, no creo. Entonces había más riesgo porque estaba la guillotina. Hoy el riesgo es que te den un premio. Lo políticamente correcto vende. No hay artista que no se diga de izquierdas, según los clichés más elementales, ni deje de hacerse el agitador delante de la prensa. El chiste fácil siempre es reaccionario. Hoy se reprime el deseo del individuo, que es lo verdaderamente revolucionario, a mayor gloria de la corrección política. Aquí todo el mundo va a lo que va. Convertir la patera en un bodegón me parece detestable.

-¿Perdura hoy, muy a pesar de lo logrado en la Nueva Figuración, la idea de que el humor es un intruso devaluador en el arte?

-El humor es revolucionario. Freud lo sabía. Pero lo es el humor bueno. Pretender hacer humor metiéndote con el secretario de Hacienda es ridículo. Esto está en manos de unos estirados que piensan que cuanto más tufo a naftalina despida la cosa y cuanto más difícil de entender sea más importante es. Se trata de remover el charco para simular que es profundo. Y luego están las modas. Hace muchos años te encontrabas por todas partes citas del Anti-Edipo de Deleuze. Pues bien, una vez me lié la manta a la cabeza y comprobé que todas las citas que fui capaz de encontrar eran anteriores a la página 64. Ahora a muchos les ha dado por Zizek, que de estética habla todo. Siempre hay un gracioso que saca una teoría de contexto, la aplica al arte y a partir de ahí hay que tragar. Y al final, el arte, para bien o para mal, termina siendo un monumento al turismo.

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