Las oscuras raíces de la razón

Las oscuras relaciones entre razón y pasión. Ese es el hilo conductor de una muestra que reúne parte de tres grandes series: Los desastres de la Guerra (Goya), la Suite Vollard (Picasso) y las ilustraciones de Dalí para la edicion que hizo Skira, en plena exaltación surrealista, de Los Cantos de Maldoror.

La Capilla de Colón, en la Cartuja, se ha acondicionado para exponer estas obras, particularmente delicadas. Se garantiza así la continuidad de exposiciones de dibujo u obra gráfica. La instalación del recinto, además, resulta cómoda para el espectador y hace justicia a la obra.

Los desastres de la guerra señalan el desconcierto de alguien que apostó por las convicciones ilustradas y se vio sorprendido por las mayores muestras de barbarie. Fue el escándalo que recorrió Europa. El liberalismo venía acompañado de la violencia: primero, el Terror en Francia y después, en toda Europa, la guerra. Goya, además, no aceptó el consuelo que otros románticos hallaron en el heroísmo de la resistencia contra Napoleón. Para él, en eso lo acompañará más tarde Tolstoi, nadie se libra: la guerra empuja a cometer los peores excesos y a justificarlos. De ahí que Los desastres, a diferencia de Los fusilamientos del 3 de mayo, no salven a nadie: del horror no quedan sino los cadáveres que se arrojan de cualquier modo a la fosa, y el enigmático último grabado (Nada, ello dirá) cuyo amarga desesperanza no supo ver, según la leyenda, cierto obispo de Granada.

Frente a los trabajos de Goya se han instalado los de Dalí. Los Cantos de Maldoror es una de esas obras en las que ya asoma el malestar de la modernidad. El establecimiento no ya del régimen liberal sino de la sociedad capitalista, con toda su racionalidad jurídica y económica, tiene la contrapartida del florecimiento del fondo animal que hay en el hombre. Poe lo sugirió en su célebre calle Morgue. Lautréamont lo interioriza: reconoce en sí mismo esa presencia oscura de la naturaleza que nos acerca o nos asimila a lo zoológico por debajo de nuestra orgullosa razón. Las exaltaciones de Lautréamont no tendrán verdadera fortuna crítica, significativamente, hasta los años que siguieron a la I Guerra Mundial. Después se convirtió en autor de culto para los surrealistas. Las ilustraciones de Dalí, excelentes desde el punto de vista formal, hacen sobrada justicia al texto al que además incorpora su singular interpretación del Angelus de Millet.

Entre ambas series, las piezas de la Suite Vollard ofrecen un descanso. El nítido dibujo de Picasso, en sus años clásicos, sirve de vehículo al entusiasmo que despertó en él (al filo de los cincuenta) la joven Marie-Therèse Walter. El estudio del escultor, uno de los temas de la serie, es un homenaje a su cuerpo. Otra parte de la Suite se refiere al Minotauro. El hombre-fiera conecta más con las demás obras expuestas, pero Picasso lo trata casi con ternura, en contraste con la obra de Dalí.

La muestra alcanza ese difícil tono en el que el arte deja de ser tal. Porque, con independencia de su valor formal, la exposición transmite una idea inquietante: que ninguna razón merece tal nombre si no es consciente del terreno pasional en el que nace y crece. Una verdad que ya estableció un pensador solitario, Baruch Spinoza, y que aún nos resistimos a aceptar.

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