Una parte de nuestra historia

El hispanismo francés ha contribuido de forma decisiva a forjar nuestra visión de la Historia de España y desprendernos de complejos de inferioridad al estudiar la aportación hispana a la civilización europea. Hemos comprendido la coyuntura económica de la generación del Quijote con Pierre Vilar, las fronteras de la heterodoxia religiosa en el maestro Marcel Bataillon o los perfiles de la Ilustración de la mano de Jean Sarrailh. En el campo de la arqueología y la historia antigua las deudas se remontan más atrás. Sin embargo nunca se había hecho un homenaje, siquiera parcial, a esta caudalosa corriente de nuestra cultura académica. Nunca antes de que Eliseo Serrano y Ricardo García Cárcel concibieran la feliz idea de reunir en Zaragoza a un grupo de historiadores hispanistas pertenecientes a la generación de la posguerra que tienen en común su raíz española. No se trata, por tanto, de un censo completo del hispanismo activo, lo que daría para un voluminoso diccionario de personalidades con participación de todas las artes, sino de una serie de reflexiones de hispanistas franceses que nacieron en España y emigraron a Francia por razones políticas o económicas, antes y después de la Guerra Civil.

La experiencia del exilio es la que aporta unidad al libro y entreteje los testimonios aquí reunidos, entre sí y con la historia que vivieron. La llamada de la vocación nace, en la mayoría de ellos, del amor por las palabras escuchadas en familia y de la curiosidad por conocer ese país irredento que se dibujaba en las conversaciones de los mayores, aquellos que sí habían vivido la guerra. Desde la filología, aconsejados por personalidades de la talla del mencionado Bataillon, Noël Salomon o Aristide Rumeau, casi todos dieron el paso al estudio de cultura y la civilización españolas, aunque cada uno dejara atrás un itinerario diferente narrado con fidelidad, viveza y gotas de humor en este volumen.

Con apenas cinco años Augustin Redondo cruzó los Pirineos a pie, junto a su madre, que llevaba en brazos al hermano pequeño. Miseria y sufrimientos de toda clase bajo el régimen de Vichy, hasta que el padre, internado en el campo de concentración de Colom-Béchard, pudo reunirse con el resto de la familia, adoptar la nacionalidad francesa y, de este modo, labrar un futuro para sus hijos. François López nació en Rabat, capital del Protectorado francés, donde estaba destinado su padre. La Segunda Guerra Mundial transcurrió en un pequeño pueblo, Oujda, desde donde sintonizaba Radio Sevilla y reconoció, por vez primera, que la lengua que le susurraba su madre tenía letra de cuplé y olor a los guisos andaluces que preparaba su abuela. Los recuerdos de Bartolomé Bennassar o de Joseph Pérez comienzan, sin embargo, en Francia. Hijos de familias que emigraron al país vecino antes de la Guerra buscando mejores oportunidades, encontraron en el liceo francés la vía de integración en la sociedad.

Herederos de esta doble tradición, española por familia y francesa por la educación jacobina y republicana, todos ellos se inician en los años cincuenta en un hispanismo que había nacido, como reconoce Pérez, muy ligado a la generación del 98. Castilla, por su dinamismo, por su pujanza, centró sus investigaciones, pero no como un fin en sí mismo, sino como medio de comprender la España del Siglo de Oro, el Imperio y la Historia de Europa.

La pérdida de España en la memoria familiar, se transformó, metabolizada por la experiencia del exilio y reconciliada por la conciencia de la doble identidad asumida, en un reencuentro con la tierra de los antepasados y lo que es más importante, en una devolución de esa España vertebrada en el yo íntimo, al resto de los españoles. De este modo la Historia de España que hoy estudiamos sería otra sin el hispanismo francés, y éste, a su vez, forma parte ya de nuestra historia.

Ricardo García Cárcel y Eliseo Serrano Martín (eds.). Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2009, 322 páginas. 18 euros.

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