Todo lo que siempre supo sobre sexo

Em2. Director: Álvaro Lavín. Autores: Franca Rame, Dario y Jacopo Fo. Adaptación del texto: Julio Salvatierra. Diseño de espacio sonoro y musical: Anxo Graña. Diseño de iluminación: Afonso Castro. Intérprete: Mercedes Castro. Lugar: Teatro Quintero. Fecha: Viernes 5 de octubre. Aforo: Dos tercios.

La adicción del Teatro Quintero al formato del monólogo comienza a dar sus frutos, sobre todo cuando, como aquí, se sube una actriz con recursos al escenario, la gallega Mercedes Castro, y no algún cómico o estrella mediática. Y aunque esperáramos algo más del texto que Franca Rame, Dario Fo y el hijo de ambos, Jacopo, cocinaron a partir del libro de este último -El Zen o el arte de follar-, se hace evidente que Mercedes Castro sale airosa del difícil lance de estar una hora ininterrumpida en la soledad del escenario. Y esto quizás sea así precisamente porque muchos de los pasajes de Tengamos el sexo en paz no son del todo divertidos -otros, como el de la búsqueda del clítoris, el del fingimiento femenino o el que trata de los exhibicionistas con gabardina, poco o nada originales-, y acaben reclamando a la actriz más como cuerpo y voz singulares que como portadora de un texto suculento. De modo que el acento gallego de Castro, su dicción perfecta y el buen uso de su madurez física le otorgan un plus de autenticidad que equilibra el espectáculo y lo empuja hacia arriba en las escenas de mayor carga interpretativa.

Aunque todo comience con Adán y Eva -uno de esos sketches donde la actriz brilla más que el texto-, y se quiera implicar en él a jóvenes y mayores, Tengamos el sexo en paz tiene a su interlocutor más válido en el público femenino con edad suficiente para recordar un mundo de absoluto silencio y secretismo en torno al sexo (la educación sexual puede que siga en pañales, desde luego no la familiaridad con la mostración de genitales y prácticas sexuales). Es ese grupo, sin duda, el que se lo pasa mejor, y el que más puede identificarse con las cuitas de la protagonista, a la que en demasiadas ocasiones se envolvía en una excesiva cantidad de cortinillas musicales y efectos de sonido descriptivos, subrayándose una comicidad que la propia Mercedes Castro lograba mediante las artes más depuradas de su oficio.

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