Un sitio en el que quedarse

  • Antonio García Villarán se reinventa en su nuevo poemario, 'Imperio curvo', un viaje hacia territorios con "más luz" y de "una mayor lírica".

Imperio curvo. Antonio García Villarán. Obertura de Claudia Ruiz Cívico y cierre de Alejandro Simón Partal. Ilustraciones del autor. Cangrejo Pistolero Ediciones. Sevilla, 2014. 70 páginas. 18 euros.

Antonio García Villarán se doctoró en Bellas Artes, pero las inquietudes de este creador impidieron que se limitara a las especialidades de su titulación, la pintura y la escultura. El fundador, junto con Nuria Mezquita, del sello Cangrejo Pistolero en el que aparecen sus poemarios, y director del Festival de Perfopoesía de Sevilla, no tiene reparos en cruzar de una a otra disciplina. "Soy editor, escribo, hago pintura, escultura, recito. No canto porque tengo una voz horrible, pero lo haría", bromea este autor que también imparte clases de dibujo o enseña cómo elaborar libros de artista. Esa versatilidad provoca, a menudo, el recelo de un entorno que parece sentirse más cómodo con las etiquetas. "Toda mi vida me han preguntado: ¿Tú qué eres, pintor, o poeta? ¿Eres escritor, haces ensayos de arte? Y la verdad es que yo soy todo eso porque siempre lo he hecho", asegura el autor. Con esa historia profesional sinuosa e inesperada, resulta natural que García Villarán se haya decidido por un título como Imperio curvo parasu regreso a las librerías cinco años después de Nocaut, un viaje "que no tiene nada que ver con la rectitud, con lo inerte, que es algo vivo igual que mi experiencia".

"Ni vendí mi alma al diablo / ni pagué caras mis certezas. / Ahogarme en los océanos / fue un acto de contagiosa belleza", afirma García Villarán en unos de los primeros versos de un poemario que "no tiene nada que ver" con lo que firmaba ayudado del disfraz de su personaje, El Cangrejo Pistolero. "Son poemas más de luz, que del mundo canalla, de oscuridad, de bar. Hay una evolución más lírica. Sigue estando el surrealismo, el dadá, pero no tiene nada que ver con Nocaut", apunta.

La obra se estructura en tres partes que se acompañan de una Obertura a cargo de Claudia Ruiz Cívico y un Cierre de Alejandro Simón Partal. Alrededores, el primer tramo, "es como la maleza, lo que hay fuera del imperio, que son cosas pequeñas, potentes, algunas oscuras", analiza García Villarán. Imperio curvo, la segunda parte, "sería mi autorretrato, mirando a mi musa, Claudia, y contándole a ella desde mi infancia hasta pensamientos que tengo". Cúpulas, el tercer capítulo, representaría "lo más elevado del imperio. La cúpula es el cerebro, las sensaciones, el sueño. Los poemas de este fragmento son cuentos surrealistas, y me han venido muchos por sueños. Es un campo que me atrae mucho: que cierres los ojos y sigas viendo imágenes también forma parte de la realidad". Es éste el tramo en el que brilla el García Villarán más alucinado y febril de otros tiempos, que en piezas como Señora Menta provoca un inquietante desasosiego en el lector.

Un trabajo en el que emerge, sobre las imágenes rotundas que logra García Villarán -"intuí que respirar alquitrán / era un acto / de vida"-, un sedimento de reflexión, "mucha filosofía. Sobre todo en la última parte, el libro va mucho al mundo de los sueños, al mundo de lo imposible, de lo que tenemos por dentro más que por fuera, pero en el conjunto hay mucha lección filosófica, cosas que he ido aprendiendo a través de la experiencia en la vida. Eso está volcado ahí: no me di cuenta cuando lo escribía pero sí cuando releía los textos. Cuando he tenido que recitarlos, en los ensayos, he comprobado que historias que para mí son cotidianas tienen mucho que ver con la filosofía".

Cotidiano es también el modo en que desfilan por las páginas de Imperio curvo las referencias a películas o cuadros. París, Texas; El pueblo de los malditos,El séptimo sello, "las espigadas niñas de Schiele" o "la madame verde de Kitchner"forman parte del imaginario de la propuesta. No hay impostura en ello, sino un reconocimiento a la educación sentimental que ha recibido gracias a aquellas obras. "Me muevo en torno a la cultura desde siempre, y yo escribo sobre lo que está más cerca de mí. Mi trabajo es la cultura, es hacer cultura, consumirla, vivir para ella. A mí lo que me gusta son las películas, escribir libros y editarlos, dibujar... Y mis referencias son las que son. En un poema hablo de viajar dentro de una escultura de Rodin, o menciono a cineastas como Bergman porque mi realidad es esa, como para otros es el fútbol", explica.

Recoge la mirada de este García Villarán que se sabe más maduro -Simón Partal sostiene en el Cierre de Imperio curvo que es éste un libro de "espanto sereno"- un cómputo de fracasos y desengaños, pero también el inusual orgullo de un superviviente. "Fracasé mil veces, ¿y qué?", se pregunta en uno de los pasajes; para decir más adelante que "ya no me importa / que sigan cerrándome puertas. / Aprendí a fabricarlas". En el libro, expone su creador, se cuentan "lecciones de vida, pero mirando en positivo. Igual que Nocaut era muy tremendista, no había esperanza, en éste he resurgido del fango y aunque hay sombras he aprendido a salir adelante. Las cosas que he emprendido de manera independiente no me han desilusionado, pero cuando me he puesto a llamar a puertas ahí sí ha habido desencanto", admite.

García Villarán le encuentra "cada vez más sentido a escribir, ilustrar y editar, a todo el proceso de hacerme mi propio libro", y concibe su Imperiocurvo "más que como un libro en sí, como una obra completa, por eso tiene una obertura y un cierre, como una ópera". El autor está tan satisfecho con el resultado y el proceso vital que le ha llevado hasta allí que, confiesa, "ahora mismo no sé cómo reinventarme. Por ahora, éste me parece un sitio bonito para quedarme: el Imperio curvo, me gusta".

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