El valor artístico de una opción

  • Fausto Velázquez celebra a la artista mexicana Frida Kahlo como una forma de concebir la existencia en una exposición que alberga la Sala Apeadero del Ayuntamiento de Sevilla

El éloge se convirtió en la Francia del siglo XVIII en poco menos que un género literario. Fue el precedente de las necrológicas o los obituarios de hoy. En la época, sin embargo, tuvo otro significado: frente al sermón fúnebre de las iglesias o al obligado panegírico del rey fallecido, el éloge era un homenaje civil, escrito para una comunidad laica basada en la razón. En aquel siglo, llamado de las luces, muchos europeos compartían una lengua, el francés, y un afán, establecer un modo de vida libre de dogmas, despotismos y supersticiones. Contaban para ello con canales de comunicación eficaces aunque a veces clandestinos. Estas notas dan idea del valor del éloge: poblaba la memoria civil con la contribución del fallecido a un mundo, el de las ideas, que iba surgiendo en Europa.

En nuestro tiempo, algunos autores han recurrido al éloge no para narrar la vida de escritores, pensadores, artistas, políticos o activistas, sino para enfatizar los aspectos decisivos de su biografía, los que por sí mismos podían identificarlos, como el New Deal identifica a Franklin D. Roosevelt o la lucha por los Derechos Civiles, a Martin Luther King.

Isaiah Berlin (Impresiones personales) y Hannah Arendt (Hombres en tiempos de oscuridad) son dos autores que han cultivado el éloge. Sus textos interesan porque muestran a la vez el perfil del individuo estudiado, el horizonte de la cultura en la que vivió y los valores por los que los autores de los textos destacan su figura.

Algo de esto hay en el trabajo de Fausto Velázquez (La Algaba, Sevilla, 1950) en torno a Frida Kahlo. No hay, lógicamente, una relación de hechos relevantes, como en el éloge, pero sí un valioso gesto: un autor que elige. Velázquez no traza un perfil ensayístico o literario de Frida Kahlo, pero al elegirla, al señalarla, ya la propone como figura de valor que concita en torno suyo posibilidades de pensamiento y formas diversas de sensibilidad. Al menos desde Marcel Duchamp sabemos qué importancia tiene la elección en el arte.

No es la primera vez que Velázquez hace este tipo de elecciones. Recuerdo su dibujo y su grabado de Virginia Woolf, un modo de apostar por una cultura menos hipócrita, una sociedad plural y una vida individual más libre. Pero la figura de Frida Kahlo llega más lejos. Su vida como decidida superación del dolor, su reflexión en torno a la interculturalidad, su negativa a ser encasillada en movimiento artístico alguno, su modo de entender y elaborar la identidad de género, su culto al afecto y la firmeza de sus convicciones políticas son otras tantas notas que van más allá de la biografía y se convierten en una manera de entender la existencia. Kahlo aparece como alguien capaz de organizar la vida como invención, de no volver la cara, no ya ante la frustración, sino ante cualquier requerimiento que pudiera ser valioso aunque responder a él supusiera alterar radicalmente las cosas. En tal sentido, la elección de Kahlo no es sólo una apuesta por unos valores determinados (por importantes que sean), sino por un modo de concebir la existencia.

Hay algo más: Frida Kahlo es también un icono de masas. Warhol nunca retrató a Marilyn Monroe, serigrafió un plano de uno de sus filmes, a raíz de su muerte, nunca aclarada. Era un modo de señalar la precariedad del ídolo de masas, la confluencia entre sensualidad y muerte, la indiferencia general hacia la que hasta su fallecimiento era un sex-symbol. De este modo, Warhol lanzaba sobre nuestra cultura un cúmulo de preguntas de difícil respuesta. Velázquez hace algo parecido aunque invirtiendo los términos. Buena parte de la producción artística de Kahlo consiste en autorretratos en los que con frecuencia se desfigura, rozando a veces la caricatura. Velázquez la lleva a los valores tradicionales de la pintura. Hay en esta operación una fusión entre ironía y ternura fértil aunque difícil de interpretar.

Desde el punto de vista formal, la exposición tiene indudables valores. Destacan dos piezas, enfrentadas entre sí: construidas con una densa gama de grises, la mirada atenta descubre el esforzado trabajo del color que multiplica los matices de la severa superficie. Además del uso del color, la obra expuesta interesa por el modo de entender el ornamento (otro modo de dialogar con la obra de Kahlo) y la injerencia que suponen Las tres Fridas, respuesta a un conocido cuadro de la artista. Si algo hay que objetar es el local elegido. La espléndida bóveda no llega a compensar los inconvenientes: un espacio tan reducido (aun para un gabinete de cuadros) no deja respirar a las piezas, que piden además un texto explicativo. La iluminación individualizada tampoco es la mejor para la obra. No se entiende muy bien la elección de este local cuando al Ayuntamiento de Sevilla no le faltan salas.

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