La vitalidad de una joven compañía

Hace apenas dos años que el Centro Coreográfico de Galicia comenzó su ilusionada aventura bajo el amparo de la Consejería de Cultura de la región. Su objetivo es el desarrollo integral de la danza en todos sus aspectos, incluido lógicamente el de la producción. Así pues, lo que anoche pudimos ver en el Teatro Central es uno de los primeros frutos de dicho organismo: Kiosco das almas perdidas.

La pieza ha sido dirigida y coreografiada por Roberto Olivan, un artista ya conocido en este teatro porque, entre otras cosas, bailó (y coreografió) con la compañía belga Rosas, después de formarse en la P.A.R.T.S., la escuela que dirige su directora Anne Teresa de Keersmaeker.

De ese bagaje ha recogido Oliván un modo de trabajar en grupo lleno de energía y de vitalidad. Una energía a la que contribuye también la juventud y el entusiasmo de la decena de interpretes que la protagonizan.

Pero el kiosco que ha creado Oliván tiene en su interior un sinfín de chucherías diferentes que constituyen su atractivo y, al mismo tiempo, su punto más débil. La mayoría de los materiales que lo componen son de buena o muy buena calidad: las filmaciones de películas americanas antiguas, algunos solos -como el de la mujer de blanco-, los dibujos animados, etcétera. El problema, si se puede considerar como tal, es que hay demasiados lenguajes; una acumulación que no llega a constituir un todo a pesar de que el título ya nos avise, en pocas palabras, de que cada alma tiene su propio "armario". Uno de los mejores elementos conductores es, sin duda, la música, interpretada y cantada en directo por Mercedes Peón (con el acordeón de Xosé Luis Romero) y salpicada de emotivas reminiscencias folklóricas de la región gallega.

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