El Rey asistió al funeral en memoria de su tío Pedro

  • El Monarca, con la memoria reciente de su respaldo institucional a la transición, recibió el calor del pueblo de Villamanrique, que tantas veces visitó de incógnito

Ha tenido que morirse su tío, don Pedro de Orleans y Braganza, para que la gente se entere de lo mucho que a su sobrino, el rey Juan Carlos I, le gustaba venir a Villamanrique. Ayer no estuvo de incógnito, como tantas veces en las que los vecinos se lo imaginaban por estos pagos al divisar algún helicóptero o ver movimiento de vehículos de la Guardia Civil. Apenas 36 horas después de la fiesta por su cumpleaños, de ese homenaje en el que quiso recordarle a la España dormida y a la gritona que aquí hubo una transición, el Rey institucional se convertía en íntimo y familiar.

Como en el funeral del 28 de diciembre, la ceremonia la ofició el cardenal de Sevilla, Monseñor Amigo Vallejo, que fue saludando uno a uno a todos los asistentes y se fundió en un abrazo emotivo, sentido, con el jefe del Estado. Por la puerta trasera, entraban a la iglesia los componentes del coro San Felipe Neri. En la puerta lo esperaban los representantes de las diferentes instituciones: Juan José López Garzón, delegado del Gobierno; Isaías Pérez Saldaña, consejero de Agricultura de la Junta, en representación de Chaves, que por la tarde acompañaría al príncipe Felipe a la inauguración en Jaén del teatro Infanta Leonor. Al Ejército lo representaba Virgilio Sañudo, general jefe de la Fuerza Terrestre y de anfitrión hacía las veces José Solís de la Rosa, alcalde de la villa.

Los grupos llegaban por separado: las infantas Pilar y Margarita, hermanas del Rey, seguidas del doctor Zurita, esposo de la segunda, y de los duques de Calabria. Entraba Alfonso Guajardo-Fajardo, teniente de hermano mayor de la Maestranza, con toda la junta de gobierno de la corporación, en la cuna del torero Pascual Márquez, el que hizo el paseíllo con Alberti en la plaza de toros de Pontevedra y cuyo funeral es objeto de unas bellísimas páginas de la novela de Alfonso Grosso Florido Mayo. Llegaban los trabajadores de Palacio; un grupo de señoras reconocidas como las cocineras. Este don Pedro de Braganza al que siempre recuerdan paseando a caballo por el pueblo, repartiendo caramelos a los niños camino de su finca, fue una especie de igualador de clases, para quien valía tanto una guardesa como un marqués, un gañán que un capitán general.

El Rey se llevó la mano derecha a la altura del corazón para expresar el afecto que siente por esta gente. "Cuando era príncipe, venía mucho con nosotros al Rocío", dice Mauro, propietario de la venta del mismo nombre que está junto a la finca Gato, que era propiedad de don Pedro de Braganza. Como en el funeral, tampoco se permitió la entrada de los medios a la iglesia. Enterrado con la bandera de Brasil, hubiera parecido hasta normal que Monseñor Amigo leyera la carta de Sao Pauloa los Corinthians. De regreso a Palacio, al final de la misa, el Rey se acercó a la valla y rompió el protocolo. Hizo de Simón el hombre más dichoso de Villamanrique. Este joven de 20 años, en silla de ruedas, ha vivido siempre en la casa más próxima al Palacio de don Pedro y doña Esperanza. El Rey se le acercó, lo saludó "y me dijo que no cogiera frío". Ana García, 25 años, estudiante de Aparejadores, aprovechó el acercamiento para hacerle una foto, con real sonrisa, en su móvil. Ana Díaz, su madre, conoce muy bien a esa familia. "Mi abuelo fue administrador de la casa de don Pedro; él y mi padre eran muy amigos de la madre del Rey, doña María de las Mercedes". Conserva las fotos de una visita a Estoril, "tenía yo 12 años", a una recepción en la casa de don Juan de Borbón, el padre del Rey, el concuñado del emperador de Brasil. "Don Pedro y don Juan eran los dos del año 13", decía Antonio Burgos a la salida de Casa Tomás, que ayer hervía de recuerdos y habladurías.

El Rey no se separó de la hermana de don Pedro. "Es condesa de París y se llama María Teresa, aquí todos la conocen por Teté", dice una vecina. Ana Díaz saluda a las nietas de don Pedro. "Son hijas de Alfonso, que está en Brasil. Una estudia en Madrid y otra en Sevilla". Hoy, en la misma iglesia de la Magdalena, tendrá lugar la toma de posesión de la nueva junta de gobierno de la hermandad de Villamanrique. A esta Magdalena proustiana vino el rey Juan Carlos en busca de su tiempo perdido, de aquellas escapadas furtivas, cuando la transición era ciencia-ficción y contubernio de Múnich. Las nietas de don Pedro son como las muchachas en flor y la condesa de París, en su dolor y su dignidad, trasladaba al ambiente ese esplendor de un Guermantes sureño. Para recordar a aquel inédito emperador que venía del Brasil en barco porque a su esposa, la infanta marismeña, en su pánico a los aviones sólo le gustaba ver volar a las garzas de Doñana.

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