Pascual riesco chueca. Profesor de la escuela superior de ingeniería de la hispalense

"Hay un sobreamueblamiento de las calles y una tugurización de las azoteas"

  • Ingeniero, doctor por la Universidad de Yale, profesor de Mecánica de Fluidos, estudioso de la toponimia y el paisaje, experto en gestión del agua... la curiosidad del entrevistado no tiene límites.

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El domicilio de Pascual Riesco Chueca (Badajoz, 1960) es un piso amplio y luminoso, con las paredes forradas de libros y sin apenas muebles. El único objeto que llama la atención es la cabeza senatorial en bronce de su abuelo materno, el también ingeniero Ángel Chueca Sainz , pionero en estructuras metálicas e impulsor de la automoción en España. Pascual Riesco es una de esas personas en las que se unen inteligencia y fuerza de voluntad. Ingeniero Industrial por Sevilla (consiguió el Premios Maestranza y el Primer Premio Nacional Fin de Carrera), beca Fulbright, doctor por Yale... Como profesional ha trabajado en temas relacionados con la gestión del agua y, actualmente, enseña en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Sevilla. Sin embargo, Riesco no responde al tópico del ingeniero endiosado e incapaz de salir de su burbuja tecnológica y, prueba de ello, son las asignaturas que imparte: Mecánica de Fluidos; Estética de la Ingeniería Civil; Contexto Científico de la Sostenibilidad Metodología e Historia de la Ingeniería Civil. Su gran pasión es el estudio del paisaje y de la toponimia. De carácter afable y sumamente educado, su conversación es seductora y estimulante. Se puede decir que estamos ante un sabio, otro más de los que permanecen ocultos en esta ciudad.

-Da clases de Estética de la Ingeniería Civil, algo que parece una contradicción. Visto lo visto por la geografía hispana, da la sensación de que muchos ingenieros contemporáneos no tienen un sentido de la belleza muy acusado.

-Bueno... sí existen cosas que podemos considerar exquisitas, como el Puente de la Barqueta, que es una obra muy delicada, con una gran finura de presencia... hay obras que el público tarda en apreciar. Pero es verdad que el caldo de cultivo de la experiencia estética se cultiva colectivamente; hacen falta muchas miradas, mucha conversación. Piense en la Semana Santa, que consiguió subir su nivel estético gracias en gran parte a que ha tenido muchos apasionados. Ha habido mucha negociación, mucha deliberación. Cualquier cosita, cualquier estreno, una candelería de cola, por ejemplo, provoca una discusión. Donde hay fervor colectivo va subiendo el nivel. Sin embargo, en torno a la obra civil no ha habido mucho interés, el público no sigue a los ingenieros, por lo que es un campo que está estéticamente frío.

-¿Existen iniciativas interesantes para aumentar la estética de la ingeniería?

-Para mí, lo más alentador está en la conexión ingeniería y paisaje, por un lado, y entre ingeniería y bellas artes, por el otro. Ahí están los intentos de crear redes de carreteras paisajísticas o de hermosear infraestructuras de nueva creación, como la autovía Jerez-Los Barrios, a la que se le dio un tratamiento esmerado. La obra de ingeniería civil no debería presentarse desnuda, debería tener plena conciencia de que pertenece al mundo de la cultura y al paisaje.

-La red viaria contemporánea ha generado una pequeña tipología, muy conocida por los alcaldes, que se llama rotonda, gracias a la cual se han perpetrado todo tipo de fechorías estéticas.

-Las rotondas son paradójicas, porque por un lado están instaladas en el paisaje de la banalidad, de la repetición, pero también aspiran a crear lugares únicos, a hacer legible la ciudad y hacerte saber que estás en un lugar distinto a la rotonda anterior. Tiene usted razón en la crítica y sería necesario seguir trabajando en la elevación del gusto. El problema es que si el gusto es muy democrático pero no es sometido a procesos de deliberación más afinados, se terminan haciendo cosas de dudosa calidad. Se supone que las rotondas deberían ir mejorando por prueba y error.

-Es usted un optimista.

-[Risas] Bueno, relativo...

-Uno de sus principales campos de estudio es el paisaje. ¿Cómo llega a este lugar un profesor de Mecánica de Fluidos?

-En gran medida porque sufrí mucho, y sigo sufriendo, con la destrucción de paisajes queridos a los que dejé de ir porque lo pasaba mal.

-¿Qué paisajes?

-El entorno de Salamanca, los alrededores de Sevilla... Eran sitios que para mí tenían una carga muy fuerte, que los había paseado con mi padre, y regresar a ellos me resultaba muy difícil. Sin embargo, he ido cambiando y he ido aprendiendo a disfrutar en los huecos. Me ha animado mucho el saber que se puede construir, producir un paisaje. Sólo hace falta una voluntad colectiva y dejar obrar a la naturaleza. Es la solución para lugares como los pueblos andaluces o los entornos de las ciudades medias, que están muy deteriorados.

-¿Y qué podemos hacer para intentar arreglar algo el deterioro del paisaje urbano y natural español que se ha producido en los últimos sesenta años?

-La clave está en introducir matices, tejidos de calidad en esos paisajes deteriorados y esperar que agarren. Hablo de pequeñas áreas esmeradas, enclaves armoniosos que sirvan de ejemplo que pueda cundir. Por ejemplo, hace un tiempo, el patio de nuestro departamento de la Escuela de Ingeniería era un lugar lleno de colillas y papeles, pero en el momento que empezamos a llenarlo de macetas, como un patio andaluz, la gente empezó a cuidarlo mucho más. Lo cuidado se cuida. El mismo personaje que en España es vandálico, cuando va a Suiza y ve lo limpio que está todo se contiene mucho más. Hay un proceso de persuasión social a partir de lo bien hecho.

-¿Y cómo hacemos esos implantes de calidad? Hablemos, por ejemplo, de donde estamos ahora mismo: el barrio de Los Remedios.

-Creo que hay que ir aprovechando los huecos y darle calidad. Aquí, en calles como Virgen del Valle, se está ya generando edificación de segunda generación, se están tirando edificios y construyendo otros nuevos en los que deberíamos esmerarnos. Por supuesto es muy importante la vegetación y, sobre todo, darle variedad. En Sevilla se ha tendido mucho a la monotonía y hay una afición desmedida por los naranjos. Se podrían plantar otras especies como durillos, madroños...

-¿Y Triana? El barrio que tenemos al lado.

-Es curioso, pero Triana, un barrio que consideramos histórico, tiene un caserío mucho más nuevo que algunas zonas de ciudades que consideramos de la ultramodernidad, como Nueva York o Boston.

-Nuestra ciudad ha sufrido recientemente una alteración importante de su paisaje con la construcción de Torre Sevilla. Usted ha escrito algunos artículos sobre este asunto, uno de los cuales tituló como El patio y la atalaya. ¿Qué quería decir?

-Me daba la sensación de que la Torre era un elemento que creaba asimetrías de miradas. El que está arriba, el que tiene recursos para estar en el hotel o en las oficinas, dispone de una supervisión general de la ciudad de la que carece el que está abajo. Digamos que hay una privatización de la mirada.

-¿Al igual que las torres señoriales como la de Feria (Badajoz), desde la que el señor controlaba todas sus posesiones?

-Sí, ese principio icónico es el que hará que, dentro de unos años, veamos a la Torre Pelli como un monumento a los tiempos del pelotazo, porque representa la unión de políticos, banqueros, constructores, etc., que se ponen de acuerdo para vaciar lo que, en principio, había nacido con una función social, como es una caja de ahorros. Sin embargo, ahora observo con un poco más de simpatía a este edificio, porque veo que está bien acabado y los alrededores están bien resueltos.

-En un artículo reciente, Juan Ruesga aseguraba algo así como que la ciudad debería de tener un cuerpo de paseantes que detectasen los problemas urbanos para solucionarlos. Precisamente, usted es autor de un artículo que se titula Sinsabores del paseante urbano. Notas para un censo de disonancias callejeras.

-A mí me interesaba hacer censos de disonancias, ver lo que estaba pasando. Por ejemplo, lo que llamo la tugurización de las azoteas. Estos lugares se han convertido en zonas de acumulación de plásticos, de chambaos... También detecto en Sevilla un sobreamueblamiento de la calle: bombos de basura, enormes sombrillas, alfombras en las terrazas, esas calefacciones de ahora, desplegables que salen de las tiendas... Es una sensación asfixiante. También he escrito sobre la arquitectura textil, la aparición de todos estos pabelloncitos y avances que le van saliendo a los bares para que la gente fume, pero que son muy desfiguradores de la calle. Es la derrota de la arquitectura. Es curioso, estamos convencidos de que la exquisitez de Sevilla es, en parte, arquitectónica, y después dejamos que esa arquitectura conviva con la más absoluta infraarquitectura, con esos plásticos diseñados en centros comerciales.

-A la gente en Sevilla le gusta estar en el exterior.

-Hay una evolución paradójica: por un lado la gente quiere estar en el exterior, pero también quiere tener todas las comodidades del interior. Para eso lo mejor es volver a la arquitectura, que es capaz de concebir espacios hermosos, acristalados... Pero esa especie de simulacro de estar en el exterior, pero metido entre lonas y ventanas de ala de mosca, con luces potentísimas...

-De la ciudad se ha criticado también el fachadismo, es decir, la rehabilitación de edificios transformando radicalmente el interior pero manteniendo intacta su fachada.

-Sí, hay una dominación de la apariencia, pero una apariencia consumida con prisas, que ni siquiera está presentada con detenimiento. Si el de Sevilla fuese un fachadismo de calidad estaríamos en otra situación. Aquí se trata de ofrecer unas pautas más o menos reconocibles que crean una sensación muy epidérmica que permiten olvidar los problemas de fondo. Es como una anestesia estética para la ciudad, como decir que no pasa nada, que estamos manteniendo nuestro espíritu, pero por debajo se está minando todo, está desapareciendo la ciudad. Esto forma parte de una cultura del no-mirar. No hay paciencia para mirar, apenas se dirige la vista hacia arriba, vamos rápidos y hemos sustituido los placeres del paseo por los de la gastronomía.

-Dentro de la enorme variedad de sus intereses, usted también ha sido un estudioso de la toponimia.

-Sí, en general me interesa todo lo que hace hablar a lo que está mudo. Cuando paseaba de niño en bicicleta por los campos de Salamanca y veía que zonas que eran para mí prácticamente iguales se llamaban de forma diferente, me producía bastante vértigo. ¿Cómo podía ser que la lengua hubiese sido capaz de tomar posesión y percibir matices en esa indistinción en la que el ojo no distingue límites? Llevo muchos años preguntándole a la gente vieja en los pueblos y he conseguido acumular una enorme base de datos a la que le voy dando salida. Sobre todo he estudiado la toponimia de la zona entre Salamanca y Zamora, de donde era mi padre.

-¿Cuál es el origen de la toponimia? ¿Desde cuando empieza el hombre a preocuparse por el nombre de los lugares?

-Desde siempre, porque es una preocupación que responde al terror a lo no justificado. Como dicen los lingüistas, es el miedo a la arbitrariedad del signo. Incluso los campesinos más humildes intentan razonar por qué se llaman los sitios de una determinada manera, aunque muchas veces no aciertan. Crean narrativas, oralidad, sobre el pie que les da un nombre enigmático. Mi interés por la toponimia también se debe al estudio del paisaje. Al fin y al cabo, la toponimia es el modo que tiene la población de hacer su propia cartografía, su paisaje mental. Los nombres articulan el terreno de lo familiar. Sabemos que cada hombre maneja unos quinientos topónimos que forman su escenario, una especie de ruedo geográfico-linguístico donde se siente más o menos en el centro de un mundo.

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