Los pioneros y la participación femenina

El primer andaluz que participó en unos Juegos Olímpicos, Leopoldo Sainz de la Maza, se apuntó a la cita porque pasaba por Amberes y, quizás, no tenía otra cosa mejor que hacer. Puede parecer exagerado, pero no es broma, pues en aquella época quienes participaban eran nobles y aristócratas con mucho tiempo libre que, en sus vacaciones, disfrutaban de su afición a deportes como el polo. El primer conde de la Maza acudió a los Juegos de Amberes (1920) y París (1924) y participó junto a otros aristócratas españoles gracias al patrocinio de Gonzalo de Figueroa y Torres, conde de Mejorada del Campo y marqués de Villamejor, pues no existía aún el Comité Olímpico Español. Según apunta el investigador de la Fundación Andalucía Olímpica José Díaz, los deportistas ni siquiera representaban a su país, sino que acudían por libre. Sainz de la Maza consiguió la plata y un cuarto puesto, lo que lo convierten en uno de los andaluces olímpicos más brillantes. Pero las circunstancias eran muy distintas. El noble, militar, político y hombre de negocios practicaba en el Club Puerta del Hierro de Madrid y también era aficionado a la caza, el esquí, la hípica y el tenis. Pocos podrían prepararse como él y pocos, por tanto, podían ir a unos Juegos.

De esa época, sólo está registrado otro andaluz, el gaditano José Pinillos Santolín, que se formó en el Club Natación de Barcelona y acudió a los Juegos de París en 1924. De hecho, el primer andaluz que portó la bandera nacional en unos Juegos fue otro aristócrata, el duque de Arión, Gonzalo Fernández de Córdoba y Larios. El regatista, que participó en 1960 en los Juegos de Roma, se crió en la finca El Cobre de Algeciras, hasta donde llegó con su madre tras fallecer su padre, oficial de la Armada, en el hundimiento del Crucero Baleares en 1938. En aguas andaluzas aprende a navegar y su primer éxito lo consigue en 1957, medalla de plata en el Campeonato Nacional. Tras los Juegos, su carrera despega y vuelve a ser olímpico en 1968, en Montreal, donde compite junto al también malagueño Félix Gancedo, y en Múnich en 1972. Hoy vive retirado en la provincia de Toledo. El malagueño acudió a la convocatoria de Roma en 1960 junto con tres sevillanos de más humilde cuna: los remeros Enrique Castelló, José Antonio Sahuquillo y Joaquín Real, que sustituyó al timonel Luis de la Torre, que formaba equipo con los anteriores pero que se tuvo que retirar porque había crecido lo suficiente para no cumplir ya con su función. Real, sin embargo, tuvo que llevar saquitos en el bote para llegar a los 50 kilos de peso. Los tres remeros, que siguen disfrutando de su pasión en las aguas del Guadalquivir, donde fundaron un club de veteranos, todavía se ruborizan cuando recuerdan cómo las nórdicas, totalmente desnudas, compartían sin pudor las duchas con los hombres en Roma, mientras ellos no se atrevían a quitarse el bañador. Entonces las mujeres eran minoría en los Juegos y hubo que esperar 16 años más para que una andaluza pisara una villa olímpica. Fue la sevillana, nacida en Alcalá de Guadaíra, Elisa Isabel Cabello Oliveros. Su afición por la gimnasia artística comenzó en su etapa escolar y participó con 20 años en los Juegos de Montreal de 1976, donde obtuvo una modesta posición. No obstante, un año antes había sido oro en el Campeonato de España individual y no fue el único metal que acarició. Tras Montreal se retiró de la práctica activa como gimnasta y se incorporó a funciones técnicas como entrenadora y juez. En los últimos años ha ejercido como docente en un colegio madrileño.

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