EL PERSONAJE

"Cuando te pones el traje eres un torero más"

  • Eva Florencia. Novillera y pintora

Se llama Eva Bianchini y, aunque nació en Florencia, su pasión singular por la Fiesta de los toros la trajo a España con 18 años. Fue novillera durante una década, y la primera extranjera que pisó el coso de la Maestranza. Hace algo más de un año colgó la muleta, cansada de la falta de oportunidades.

¿Es verdad que huyó para ser torera?

Con 17 años huí de Florencia con mi mochila y me planté en Sevilla. Como puede imaginar, mis padres me vinieron a buscar.

Les daría un buen susto.

Intenté que me enviaran a España por las buenas. Como dijeron que no, trabajé para ahorrar y a los dos días de cumplir la mayoría de edad estaba otra vez aquí.

Lo suyo es vocación.

Vi la foto de un torero dando un pase de pecho y sentí algo diferente. La guardé en mi diario y me decía : ¡Esto no puede ser, esto es una barbarie! Pero volvía a mirarla.

¿Qué hizo al llegar a Sevilla?

Empecé a entrenar en la escuela taurina.

¿Cómo la recibieron?

Imagínese, ¡una italiana diciendo que quería ser torera! Pensaron que no tenía ni idea de lo que hacía.

Pero la admitieron.

Estuve en la escuela tres meses. Tenía prisa por aprender, porque había empezado tarde. Me hice amiga de unos ganaderos y cuando iban a tentar me avisaban.

¿Qué ganaderos?

Los Buendía. Como no tenía coche ni carné, cogí una bicicleta para ir hasta su finca, que está casi en Morón de la Frontera.

Llegaría molida.

Estaba fuerte, porque entrenaba. ¡Fue un número, cuando me vieron aparecer pedaleando!

¿Y la dejaron tentar?

Me puse delante de la becerra, que antes había tentado José Luis Parada, y me llevé un revolcón. Tres meses de entrenamiento no dan para mucho.

¿Salió de allí por pies?

Qué va. Volví a intentarlo, revolcón tras revolcón.

Testarudez no le falta.

Junto con Parada estaba su banderillero, el Vinagre, que luego fue mi maestro. Vio que tenía ganas, y empezó a avisarme de los tentaderos.

Y allí que iba con su bicicleta.

En bicicleta, en autobús o en autoestop, como podía. A veces me hacía kilómetros andando. Y así fue como empecé.

¿No le daba miedo?

Eran más las ganas. El Vinagre me ofreció que fuera a entrenar a Higuera, al campo, que es donde se aprende. Allí me preparé.

¿Dónde debutó?

En Higuera de la Sierra, en el otoño del 98. No tenía ni apoderado, hasta que conocí a Gregorio Conejo cuando toreé en El Alamillo y le corté un rabo a un novillo de Manolo González. La gente se volcó.

¿La vieron torear sus padres?

Mis padres, sí. Mis hermanas, no. ¡Una de ellas es vegetariana!

¿Y qué le dice ella?

No hablamos del tema. Cuando anuncié en Italia que quería ser torera me llamaron de todo, incluso asesina.

Allí no lo entienden.

Aquí se mata a los toros, ésa es la regla. Existen para eso.

¿Se queda con alguno en especial?

El primer novillo no se olvida: es como el primer beso. También recuerdo a un toro de La Muela, que fue muy dulce y me dio confianza, y a alguno que he matado en el campo.

¿Nunca quiso indultar a un animal?

Habré matado ochenta novillos y novillos-toros, como mucho. Me hubiera encantado encontrar uno que se mereciera el indulto.

¿Merecerlo?

Un toro tiene que ser muy bueno para que le perdones la vida. Creo que el indulto debe ser una de las sensaciones más bonitas.

Sobre todo para el toro.

¡Y para el matador! Significa que estás a la altura. Lo perdonas y le dejas que vuelva al campo… ¡Se me ponen los vellos de punta! Cuando matas te entregas mucho. Te vuelcas encima del toro y vas por derecho. Es como cuando un pintor hace un buen cuadro: requiere su firma.

¿Le fue bien con su apoderado?

Gregorio Conejo me echó una mano mientras pudo. Pero no conocía este mundo, ni sabía que está tan corrompido. Al debutar con caballos me quedé sola.

¿Por qué?

Tienes que costear una cuadrilla de cinco personas, el mozo de espadas, la furgoneta, los viajes… Los gastos se disparan.

¿Qué hizo entonces?

Seguí cuatro años más sola y toreé siete novilladas, haciéndolo todo yo: buscando la cuadrilla y la furgoneta, hablando con los alcaldes, ganaderos… Demasiado esfuerzo. A las toreras no nos dan tantas oportunidades como a los chicos. Todo el mundo tiene una mala tarde. Si es un chaval se le consiente, pero si es una mujer, la mandan a fregar.

Ellos siempre lo intentan.

Hay tan pocas mujeres toreando…

¿Se ha sentido rechazada?

Cuando te pones el traje eres un torero más. Pero, a veces, estás sola entre cincuenta hombres y no saben bien cómo tratarte. El mundo de los toros es muy cerrado.

¿Qué cosas cambiaría?

Entre otras cosas, castigaría a los empresarios que aceptan dinero de los novilleros y a los novilleros que les pagan. Eso está mal.

¿Por qué lo dejó?

Nunca he sentido que no podía ponerme delante de un toro. Estoy preparada física y psicológicamente, pero no puedo poner dinero por torear.

Eso lo entiende cualquiera.

He llegado a ir a una plaza de primera a decirle al empresario: “Por favor, póngame en el cartel, que estoy preparada”. Pero él qué sabe, si no te ha visto...

¿Le apenó la decisión?

Todavía me escuece. Los toros son una filosofía de vida y no hay nada que los pueda sustituir. Parece que tocas las estrellas con la punta de los dedos.

¿Volvería?

Llevo año y medio sin tocar una muleta. Cuando cicatrice la herida, puede ser que vuelva.

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