Alternativas más que consolidadas

  • El encuentro del Alamillo aboga por otras formas de vida con propuestas muy exitosas entre el públicol XVI encuentro de alternativas Entorno del Cortijo del Alamillo. Hasta el domingo día 6 de abril. De 11:00 a 22:00

Tras 16 ediciones, el Encuentro de Alternativas sigue proponiendo, según explicaba Bea, una artesana madrileña afincada en la Sierra de Huelva y componente de la Asociación Bardal, organizadora de la iniciativa, "que se puede vivir de forma diferente a la mayoría de la gente". Eso sí, el éxito de público del encuentro es una de las claves de la supervivencia de este encuentro. ¿También de su forma de vida?

"Podríamos vivir del trueque", apunta Bea, que nunca olvida la frase que escribió su compañera de asociación, Martha Selva, fallecida el año pasado: "Existe la utopía". Con una meditación de estética oriental, en memoria de Martha, "una gran luchadora", comenzaba este encuentro.

La comitiva atravesó, al son de una campanita, la zona de divulgación, en el que distintas asociaciones, desde Ecologistas en Acción a Asanda (contra el maltrato de animales y los toros) exponían sus reivindicaciones y proyectos. Como el de Todos con África, que construye un orfanato en Senegal, según explicaba Papis, de Dakar. Junto a ellos, el stand de la Permacultura promovía esta técnica de diseño para la creación de asentamientos humanos sostenibles, un programa de bioregiones y centros como Caña Dulce (Coín) o Jardines de la Urralera, en Fuenteheridos, dirigido por Basilio, un inglés afincado en nuestra tierra. Las actividades de la zona se complementan con las charlas y proyecciones audiovisuales en el Cortijo.

Más allá están los artesanos, con unos cien puestos con una variedad inimaginable de productos. Es, además, comentaba Bea, "uno de los últimos encuentros de artesanos que quedan, ya que en los demás participan comerciantes que compran las artesanías en el tercer mundo, que son quienes se enriquecen".

Javi, que viene de Cabra (Córdoba) para vender colgantes con figuras de animales hechas de vidrio y estaño, está de acuerdo. "Sólo conozco otras así en Valencia o en Cabra, allá por mayo. Además, esto es magnífico. Habría que venir aunque no vendiera". Él lo ha hecho, como muchos otros, en furgoneta, donde duerme. "Pero hay una zona de acampada estupenda", añade. Además de un comedor, una guardería... Y un espíritu comunitario. Según explica Bea, los artesanos deben dedicar dos horas para la vigilancia, la cocina o impartir talleres.

El buen rollito se respira: niños que parecen salidos de un documental de Woodstock jugando en el césped, algún porrito que circula, gente que se saluda... "Es un lugar de encuentro", dice Macarena, una malagueña de las que viene todos los años.

Y lo hacen de muchas partes. Val, un brasileño de Bahía que vive en Alájar, vende pendientes de 15 a 100 euros. Un inglés, una francesa y un alemán representan a Portugal. El alemán, Werner, con su puesto Symbolion, donde vende piedras y sedas con textos orientales, forma también parte de los vendedores de objetos "espirituales", caso de los atrapasueños, redes hechas con ramas y plumas, filtros para sueños que cuestan de 10 a 15 euros. O las pantallas relajantes, hechas con cristales, arena, colores y una burbuja de aire, "elementos en equilibrio que te relajan, como un fueguito", de 15 a 40 euros.

La zona gastronómica es también de una gran variedad, aunque limitada, dentro de la selección de participantes que ha realizado la organización, a lo vegetariano. Así, el puesto Pata Negra ofrece paellas, cous cous y falafel, todos vegetales. "Es que suelo traer carne de cerdo mechada, pero aquí no puedo", decía el dueño, que dudaba aún en poner los platos a 4 ó a 4,5 euros.

De Murcia han traído galletas y tartas hechas con harina integral y "totalmente caseras", a 1,70 euros el chupito de licor y la galleta. Hay vino biológico de la Alpujarra a un euro el vaso y hamburguesas vegetales, con su guarnición, a 4 euros. Pizzas vegetarianas, crepes dulces a 3 y 4 euros... Y es que, inevitablemente, siempre está ahí el vil metal: un encurtidor -excepción en la amabilidad general- se niega hablar si no se le paga. "¿Qué saco yo si no?".

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