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  • Centenario. El siglo de Nervión es el hilo conductor de la intrahistoria del barrio de la Viña contado por el doctor Antonio Ojeda, hijo, esposo y padre del barrio.

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Hay muchos sevillanos que por los Carnavales conocen el barrio de la Viña de Cádiz y pese a haber puesto muchas veces los pies en el de Sevilla ignoran que su ciudad tiene un barrio con el mismo nombre. Para deshacer ese entuerto, Antonio Ojeda Moreno, hijo del barrio, médico de muchos de sus vecinos, hijo del propietario de la panadería La Modelo, se ha puesto a enhebrar recuerdos en una novela coral titulada Mi barrio de la Viña, que ayer se presentó en presencia de muchos de sus protagonistas.

Cien años del barrio de Nervión y cincuenta del matrimonio de Antonio y Pepi, su esposa, a la que le dedica el libro, como a su abuelo Antonio, sus padres y sus tres hijos. "Al final, volvemos al principio. Porque la infancia sigue siendo esa patria ideal", escribe Antonio García Barbeito en el zaguán del libro. Mucho antes de que se hiciera en Sevilla el carril-bici, los neorrealistas italianos, apunta Eduardo Jordá en el prólogo, "supieron reinterpretar los mitos griegos contando la historia de un ladrón de bicicletas". Y con selecta nevería como mandan los cánones, la sesión doble se completa con el campeón de España de halterofilia (Agustín Ávila), hijo del barrio, levantado a hombros por sus vecinos en una escena, dice Jordá, "que debería haber aparecido en La Strada de Fellini".

Uvas lairenes, mollares, moscateles, perrunas, luengas, doncellas. Modalidad de las delicias de las huertas de viñedos a las que el barrio le debe su nombre. Sobre terrenos de algunas de aquellas huertas se construyeron el hotel y el colegio Portaceli. Dos escenarios de la Sevilla que se asoma al mundo mediante la educación y el mundo que se asoma a Sevilla a través del turismo.

El libro se presentó ayer en la Fundación Cruzcampo. El templete de la Cruz del Campo, muy próximo al barrio de referencia, es una obra de estilo mudéjar que data de 1482. El barrio de la Calzada es el espejo urbano del de la Viña: aquél debe su nombre, cuenta Ojeda, a la Calzada Romana que enlazaba con la Vía Augusta que desde Cádiz recorría toda la península. El arrabal de la Calzada se forma junto al monasterio de San Benito. Un hito del Martes Santo del que pocos lugareños saben que fue monasterio filial de Santo Domingo de Silos.

La Exposición Iberoamericana de 1929 propició el auge en los barrios de la Calzada y de la Viña, favorecido por las cesiones en 1910-1911 (germen del centenario) de terrenos por parte del Marqués de Nervión. Alguno de los nuevos edificios llevará la firma del propio Aníbal González, muerto el mismo 29 y arquitecto autor del primer plano urbanístico del barrio de Nervión.

Cada vez que un viajero coge un tren en la estación de Santa Justa, un cliente adquiere un artículo en El Corte Inglés o en Nervión Plaza o un turista se aloja en el hotel Los Lebreros está haciendo uso de la revalorizada milla de oro de la ciudad, su segundo centro. Un barrio de gente luchadora, Ojeda recuerda que el eje principal, la calle Juan de Zoyas, debía su nombre a un guerrero sevillano del siglo XVI. Cuando la halterofilia era casi un estado del alma.

No prosperó la plaza de toros La Monumental, sueño fallido del torero Joselito. Pero sí salieron adelante otras empresas: la única fábrica de latas de Sevilla o la carpintería Casana, "la mayor del barrio y quizás de la ciudad", dice Ojeda. Da cuenta del campo de frontón del antiguo estadio de Nervión donde jugaron dos buenos amigos, el torero Pepe Luis Vázquez y el futbolista Juan Arza, dos nervionenses de postín.

En el auge de la Exposición Iberoamericana y el proceso de industrialización, llegan a la zona familias de otros barrios populares y de pueblos limítrofes. El libro se convierte en autobiografía cuando el autor evoca el colegio donde estudiaron su sobrina Rocío y su hijo Raúl o la relación del médico con uno de sus pacientes, Jacinto Arjona, "único abogado del barrio", hermano de Luis Arjona, que fue hermano mayor de San Benito, inquilinos de una de las primeras viviendas unifamiliares en una zona que vivió la transición de las casas de vecinos a la recalificación urbanística.

El libro se lee como una novela. "El mundo entero cabe en una docena de calles", escribe Jordá. Por ellas se pasea con un fonendo y una brújula este médico émulo de Julio Verne.

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