Fe con subtítulos en las Tres Mil

  • Un día histórico. Una abarrotada iglesia de Jesús Obrero acogió la bendición de las primeras imágenes de la Pasión, Cristo y la Virgen, con que cuenta el Polígono Sur

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LA iglesia la tuvo que diseñar un admirador de Le Corbusier. Es el único signo de modernidad. Con reminiscencias nórdicas entre gentes del sur. La zona del altar da a los Colorados y los Amarillos. La posterior, a los Verdes y los Marrones. Colores del tablero de parchís de las Tres Mil Viviendas que desde ayer ya tienen imágenes titulares.

La iglesia de Jesús Obrero se llenó. "Hoy somos multitud y no estamos en un entierro", se congratuló uno de los concelebrantes, Francisco Ortiz, provincial de los Salesianos. El párroco, José González, convalece en un hospital de una reciente operación a corazón abierto. Las Tres Mil tienen el encanto de lo abigarrado. Aquí la sociología no se estudia, se vive. Gente con atuendo de domingo y de mercadillo. Nadie se quería perder la bendición de las imágenes de Nuestro Padre Jesús de la Bendición en el Santo Encuentro y Santa María de la Esperanza en su Soledad.

Dos imágenes de las que es autor Juan Antonio Blanco (Sevilla, 1970), autor del misterio de la hermandad de Torreblanca, de las Borriquitas de Cantillana y Badolatosa o del misterio de la Resurrección de La Rinconada. El cura le invitó al final de la misa a que subiera al altar para recibir el aplauso de la feligresía.

Fue una jornada muy especial. Lo primero que hizo Francisco Ortiz, el sacerdote, fue apagar su móvil para que los demás lo imitaran y no se perdieran detalle de la ceremonia. De la lectura del Deuteronomio, el libro que le prestaron a Zapatero en Washington, de la carta de San Pablo a los Romanos. Los mismos romanos, curiosamente, que obligan a Jesús a continuar con la cruz a cuestas en la cuarta estación del Viacrucis que reconstruye el imaginero.

La bendición de las imágenes es el primer paso para la conversión del grupo de devotos Sal y Luz en agrupación parroquial Bendición y Soledad. En la puerta se repartían solicitudes de ingreso. Sólo se pedía una cuota mensual de dos euros, una fotocopia del dni y el volante de bautismo. Una iglesia del siglo XXI. Las oraciones y los salmos aparecían proyectados en una pantalla a la izquierda del Crucificado del altar. Fe con subtítulos. Estética de cine de verano en estos días de invierno. Estaciones hermanadas en el primer domingo de Cuaresma.

"Las imágenes no salvan", explicaba el sacerdote. "No vale llevar una medalla y hacer sufrir a tu familia, hacer sufrir a tu gente". Al provincial salesiano le acompañaron don Ramón, vicepárroco de esta iglesia del Polígono Sur, y Manuel Muñoz, rondeño de cuna, que estuvo dos años de formador, testigo del infarto del cura párroco, y en la actualidad está destinado en Algeciras. Y cuatro monaguillos y tres acólitos.

Paco Cruz rezó el Padrenuestro con una saeta que ponía los vellos de punta. El sueño de estos hermanos es llegar un día a la Catedral, como ya lo hacen muchos costaleros. El Polígono es cantera de costales. "El miércoles tengo ensayo con el Valle y el viernes con las Siete Palabras", se escuchaba en plena misa en un encuentro de costaleros. El que hablaba trabaja de albañil. El que escuchaba, de vigilante. Jesús Obrero hasta en sus costaleros.

La ceremonia contó con un coro de voces infantiles. David tocaba la guitarra. Virginia Artacho, religiosa filipense, hizo el guión de la misa. Cada uno tenía su cometido. Y a todos se lo agradeció Santiago Mosquera, 33 años, que habló en nombre de Luz y Sal. Este carnicero con sala de despiece en Mercasevilla invitó a los feligreses a una cervecita que la lluvia se encargaría de deslucir.

El altar se transformó en escenario para acoger al centenar largo de componentes de la agrupación musical Santa Cecilia, que presentó su nuevo disco. Abrieron todas las puertas para descomprimir el gentío. El Polígono tenía cura -Jesús Maeztu, comisionado galardonado con la medalla de Andalucía- y ya tiene al Cristo y la Virgen. "A nuestro barrio le faltaba eso", decía el oficiante, "imágenes a las que llorarles o cantarles". Obra de un escultor con taller en Mairena del Aljarafe que fue alumno de Jesús Santos Calero, hijo de Sebastián Santos, con calle en el Polígono Sur.

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