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Poeta que es "más alondra que lechuza"

  • Primicia. El periodista Miguel Veyrat presentó en La Isla de Siltolá 'Diluvio', un poemario que presentó Antonio Rivero Taravillo y en el que explota las posibilidades del lenguaje

Miguel Veyrat, poco antes de 'paladear' su último libro ayer en La Isla de Siltolá. Miguel Veyrat, poco antes de 'paladear' su último libro ayer en La Isla de Siltolá.

Miguel Veyrat, poco antes de 'paladear' su último libro ayer en La Isla de Siltolá. / josé ángel garcía

Se levanta muy temprano para escribir. "Soy más alondra que lechuza". Miguel Veyrat (Valencia, 1938), presentó ayer en la librería La isla de Siltolá su último libro, Diluvio, que edita el sello editorial de esta librería ubicada en San Bernardo, frente a una peña sevillista que esperaba la llegada de la hora del partido.

"No es una poesía disfrutable, accesible". La fiesta viene después, da a entender en su presentación Antonio Rivero Taravillo. Este poeta que se prodiga en los periódicos introdujo al periodista -Veyrat fue corresponsal de Televisión Española en París, Londres y Rabat- que se volcó en la poesía. Poeta tardío, lo llama Rivero Taravillo. Lo admite, aunque dice que "escribo poesía desde niño, pero en medio siglo se cruzó en mi vida el periodismo".

Poeta "tardío", ejerció el periodismo con sus corresponsalías en Londres, París y Rabat

El poema no existe hasta que llega al lector. Miguel Veyrat, el autor, hizo de lector de sus poemas para deleite del auditorio. El arca de la librería se llenó para oír los versos de Diluvio. "Empieza la lluvia de arriba abajo y determinados poetas deciden que llueva de abajo arriba".

Hay poetas a los que el poema les sale al instante, como en una Polaroid, metáfora gráfica de Rivero Taravillo. No es el caso de Veyrat. "Hay poetas, poemas que por su estructura musical van sobre terreno trillado, no es peyorativo ni alabanza. Miguel tiene la virtud de romper lo previsible con la música del poema". Como la piedra que cae en un estanque, figura procedente de la poesía japonesa, el país del último Nobel Mishiguro al que la librería pregona en su escaparate.

La creación del lenguaje está en el sustrato de estos poemas. La herramienta de quien contó a los telespectadores españoles las noticias de un extranjero que todavía resultaba extraño. "Ese lenguaje se modula con el encuentro del hombre primitivo con otro hombre para trabajar, matar a un diplodocus o construir una casa".

Al final, recibió los parabienes del poeta, del filósofo, del periodista, como si entre el público estuvieran sus diferentes yoes, esas caras del diamante que titula en un poema Yo, Tú, Él, Ello. Palabras para el diluvio que viene, como el musical de la Transición. "la primera lágrima, luego viene el diluvio". Con todos sus accidentes. "Cuando el rayo habla, dice oscuridad". "La nube, como el amor, no tiene género". "Qué santidad la del hombre que ante un relámpago no comprende la realidad".

El libro se puede leer como un poema entero y alguien del público dice que también como una oración. Lectura comentada por el propio autor, como se cuenta que leían en los ingenios azucareros de Cuba. Cuenta Veyrat encuentros de vino y rosas con Claudio Rodríguez o Caballero Bonald. Hay en sus páginas visitas a Heidegger, a Hölderlin y mucha Filosofía, a la que llega con tinta de calamar. "Platón es una de mis manías. En los capítulos 6 y 7 de La República condena a la poesía al exilio porque le tenía miedo. Como es pedagogo, le gustaba la tragedia, la épica, invitaba a los niños a imitar las grandes hazañas de los héroes".

Quien se siente más alondra que lechuza evocó los mirlos que le han acompañado en sus diferentes estancias en París, Conil o Cambridge. En la capital francesa vivió en el mismo bloque donde había residido Valery Larbaud, traductor del Ulises de James Joyce al francés.

Poemas sin signos de puntuación "para que uno pedalee solo", con metáfora del carril-bici de Rivero Taravillo. El diluvio proseguía en la lectura de los poemas. "Estamos ya en el corazón del desastre, queridos amigos". La reflexión del autor, con préstamos de Wittgenstein, valdría para tertulias y foros parlamentarios. "No podemos decir lo que no podemos pensar".

"Quedan dos poemas. ¿Los leemos?". El público estaba entregado. Leyó el último, Y los relumbres, deuda con Juan Ramón, "no me deslumbres con relumbres". El poeta voló sobre las nubes, el cielo de la tierra. "No hay más. Lo demás es teología".

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