Daniel pineda novo. Escritor y folclorista

"Rafael de León lo pasó muy mal con la Piquer, porque era una mujer muy temperamental"

  • Discípulo dilecto de Santiago Montoto, ha realizado algunas aportaciones importantes a la historia de la música popular andaluza, especialmente en el ámbito de la copla y las folclóricas

Daniel Pineda Novo (Coria del Río, 1942) nos espera en el Círculo Mercantil de la calle Sierpes. Allí empieza a dar rienda suelta a su verbo torrencial, explicando las pinturas de Martínez de León que adornan el salón de lectura, saludando a diestro y siniestro. Es difícil contenerlo. Hacemos una pregunta y él nos propina una respuesta-racimo, un gran fractal que se abre en decenas de nombres, anécdotas, coplas. Discípulo incondicional de Santiago Montoto, del que habla con veneración, ha realizado aportaciones importantes a la historia de la música popular andaluza, especialmente a la vinculada a la copla y a las folclóricas, a las que rescató del pozo en el que habían sido enterradas durante los años de la Transición. Doctor en Filosofía y Letras, durante sus años de estudiante fue íntimo de la ex mujer de Felipe González, Carmen Romero. "Yo ayudé a Carmen, cuyo padre era militar, para que no tuviese problemas con los grises durante las primeras huelgas universitarias". Sus intereses vitales se reflejan en una amplísima bibliografía en la que se incluye poesía, ensayo literario, arte, historia y biografía y estudios sobre personajes como Rafael de León, Demófilo, El Gallo, Manuel Pavón, La Macarrona y un larguísimo etcétera.

-Demófilo, Alejandro Guichot, Luis Montoto... En Sevilla hubo una gran generación de folcloristas que luego dio origen a la escuela de antropólogos andaluces.

-También me gustaría destacar a Juan Antonio Torres Salvador, Micrófilo, porque entonces los antropólogos se ponían pseudónimos. En los tiempos contemporáneos hemos tenido a don José Alcina Franch y a su discípulo Isidoro Moreno. Yo he tenido mucha amistad con Salvador Rodríguez Becerra, que fue otro gran antropólogo y con el que colaboré muchísimo en la Fundación Machado, en cuya revista publiqué las cartas de Demófilo con Luis Montoto.

-Precisamente, usted fue discípulo intelectual y vital de su hijo, Santiago Montoto. ¿Cómo lo conoció?

-Yo leía siempre sus artículos en el Abc y, cuando publiqué mi primer librillo, La poesía popular andaluza en el siglo XX, me fui a La Punta del Diamante, lugar al que don Santiago acudía todos los días, me presenté y me invitó a café. Como me dijo Antonio Burgos: "Todos los escritores pasábamos por allí, pero tú te quedaste con él". Íbamos diariamente a ver a la Virgen de los Reyes y, a veces, Joaquín Romero Murube, que se venía a tomar café con nosotros. También Enrique Vila, padre de Enriqueta Vila, que sabía mucho de toros y firmaba con el pseudónimo Guzmán de Alfarache. La amistad creció y él me decía: "Si la gente te pregunta, tú di que eres mi sobrino". Éramos tan cercanos que, cuando escribí la historia del Condado de Cantillana, le pedí un prólogo y don Santiago se negó en un principio porque creía que la gente iba a pensar que el libro me lo había escrito él.

-¿Cómo era?

-Muy sencillo y hondamente sevillano. Tenía un poco de recelo con la Sevilla de su época, porque creía que no se había portado bien con él. Solía repetir una copla: "Sevilla de mis amores/ la tierra donde nací/ para todos fuiste madre/ y madrastra para mí".

-Mucha gente ha perdido la memoria de La Punta del Diamante, un bar mítico de la Sevilla antigua. ¿Cómo eran sus tertulias allí?

-La tertulia que teníamos en La Punta del Diamante era curiosa, porque los dos únicos literatos que asistíamos éramos don Santiago y yo. También iba un sombrerero de la calle Francos, un director general de la Telefónica jubilado y un coronel retirado. De vez en cuando, se pasaban Romero Murube, Vila e, incluso, Dámaso Alonso. Guardo una carta de don Santiago en la que dice: "Hijo, no sé en qué día vivo, pero no faltes hoy, porque viene el gran poeta Jorge Guillén".

-Demos un salto en el tiempo. En 1983 usted publicó el libro Las folclóricas, que contribuyó notablemente a la valoración de estas artistas y de la copla, muy denostadas por la progresía del momento.

-Yo le llamo canción andaluza, como ya la definía Cansino Assens. Me llamaron dos periodistas vinculados a Canal Sur para que hiciese un libro de tono crítico que vinculase a las folclóricas con el franquismo... Lo de identificar a las folclóricas con una determinada ideología era una simplicidad, porque cada una tenía la suya. Marifé de Triana me dijo una vez: "Si Felipe González me invita a la bodeguilla como hace con Ana Belén, yo estoy también dispuesta a ir, pero no me llama". Lo cierto es que aproveché la ocasión para reivindicar el género. El libro se presentó en Los Lebreros, que era de Rumasa y lo habían expropiado dos días antes, y fue un auténtico bombazo. Lleva ya cuatro ediciones y se sigue vendiendo.

-¿Y cuál es a su entender la gran dama de la copla?

-Marifé de Triana, una mujer honesta, hecha a sí misma y que dignificó el género. Era muy culta, porque su marido era el rapsoda José María Calvo. Ya viuda me llamaba y me comentaba que estaba leyendo a Tagore y a Juan Ramón Jiménez... ¿Qué folclórica hace eso? Como gran señora destacaría a Juanita Reina.

-Actualmente no hay ninguna gran figura, nadie que apasione al gran público. ¿Está condenada a muerte la canción andaluza?

-No, como decía Rafael de León, está en una somnolencia. Cuando llegaron los Beatles, don Rafael también decía: "Ha llegado una dictadura anglosajona". En esa época a la juventud dejó de gustarle el género, pero después renació con Rocío Jurado y la Pantoja. Son las dos últimas grandes figuras de la tonadilla. Pero para que salga otra Lola Flores pasarán muchos años. Pasa lo mismo con los hombres, tardará bastante para que volvamos a ver a un Farinas, a un Príncipe Gitano, a un Valderrama, a un Miguel de Molina... Era gente extraordinaria que llevó la canción por todo el mundo... Doña Concha Piquer tuvo un éxito tremendo en Estados Unidos...

-Muchos que se mofan del género soñarían con llenar teatros en Nueva York como hacían estos artistas...

-Sí, son incapaces de llenar en Nueva York como hizo Rocío Jurado.

-Ya ha salido el nombre del poeta y letrista Rafael de León, sobre el que usted ha investigado y escrito. Por motivos personales yo recuerdo de mi infancia a Anita, su hermana, una señora muy divertida.

-Anita era como Rafael en mujer. Yo comía algunas veces con ella y me dio fotos y muchas cosas para el libro. Rafael la llamaba Anita Julio Verne, porque era una señora muy curiosa. Tenía una criada que se llamaba Celeste, que era de Higuera de la Sierra.

-¿Conoció usted personalmente a Rafael de León?

-Sí, en 1982. Yo había ido a Madrid a hacer un programa en TVE sobre la saeta con Javierre y Antoñita Moreno. Me había propuesto entrevistarlo, porque estaba escribiendo el libro sobre las folclóricas. Aquella noche íbamos a ir al teatro a ver a Lina Morgan en Vaya par de gemelas y, previamente, a las seis, me había citado Rafael de León en su piso de la calle Maiquez. Desde el primer momento todo fue estupendamente. A las siete y media llamó Antoñita Moreno para decir que nos teníamos que ir al teatro, pero él dijo que yo me quedaba a cenar y que luego me llevaría su chófer al hotel. Me regaló una foto suya con Pastora Imperio y un libreto hecho por él, Quintero y Quiroga. Me dijo que lo había pasado muy mal trabajando con Concha Piquer, porque era una mujer con mucho temperamento. La figura de Rafael siempre me ha interesado mucho. Creo que, junto a Quintero y Quiroga, son figuras esenciales en el género.

-La valoración de León como poeta ha sido dispar, pero ahora está más reconocido que hace unos años.

-Tres días después de morir, ese periodista tan agrio, Haro Tecglen, publicó un artículo en El País diciendo que, además de homosexual, era un "vil imitador de Lorca". Don Antonio de León, el hermano, escribió una carta de respuesta que nunca fue publicada. Sin embargo, Alfonso Paso escribió una columna destacando que Rafael de León había sido un gran impulsor de la cultura popular española, un creador de estrellas como Cocha Piquer... Rafael de León fue un gran poeta que, como decía Antonio Murciano, está incluido en la generación del 27, en la línea neopopularista de Lorca, Alberti, Villalón... Estoy muy satisfecho de mi libro Rafael de León, un hombre de copla (Almuzara). En la guerra estuvo detenido en Barcelona por monárquico y derechista debido a la denuncia de un mal actor de la compañía de doña Fernanda Ladrón de Guevara, madre de Amparito Rivelles. Salvador Valverde, con quien compuso María de la O, le llevaba a la Modelo de Barcelona leche condensada y papel para escribir.

-¿Cómo era el reparto de funciones del mítico trío Quintero, León y Quiroga?

-Quintero era el encargado de darle cuerpo dramático a la obra, León aportaba la parte lírica y poética y Quiroga la parte musical. La primera vez que trabajaron juntos fue con el espectáculo Ropa tendida, en 1942. Lo hicieron para Concha Piquer y lo pagó el torero Antonio Márquez, que entonces era amante de la artista, porque no se podía casar con ella debido a su matrimonio con una cubana. Por eso, Rafael de León le escribió a Concha Piquer El romance de la otra: "Yo soy la otra, la otra,/y a nada tengo derecho,/porque no llevo un anillo,/con una fecha por dentro".

-Usted es un autor prolífico. Como prueba, ahí está su amplia obra en la que toca poesía, ensayo, biografía... Ahora, me comentan que está trabajando en un libro sobre Manuel Machado.

-Sí, quiero reivindicar a Manuel Machado y ponerlo en su sitio. Su sobrina Leonor Machado, de 92 años, me dijo: "Daniel, quítale a tío Manolo la losa que tiene encima". A Machado le cogió el 18 de julio en Burgos, iba a coger el ferrocarril para Madrid, pero, como era muy presumido, se demoró peinándose y arreglándose y perdió el último tren que iba para la República. Le tocó quedarse en el Movimiento Nacional de Franco. Quiero reivindicar que era un liberal y que, en 1931, firmó la letra del himno republicano en Madrid.

-Bueno, pero en su apoyo al bando nacional también tuvo que pesar algo su mujer...

-Eulalia era católica, apostólica y romana, hasta tal punto que al año siguiente de morir Manuel Machado se metió a monja en el Cottolengo, uno de los conventos más duros y volcados con los que no tienen nada. Manuel era un hombre muy mujeriego y, aunque suene duro decirlo, creo que se casó con Eulalia, que era su prima, por piedad. La boda fue en San Juan de la Palma y en el libro voy a publicar el expediente canónico en el que se pide a Roma la dispensa.

-No me imagino a Manuel Machado casándose con una mosquita muerta por simple piedad. Debió haber algo más.

-Lo cierto es que Cante hondo está dedicado a Eulalia. Él fue un buen marido y ella lo cuidó hasta última hora. Se lo perdonaba todo. Fue una mujer enfermera.

-Durante muchos años, por motivos más políticos que literarios, fue considerado un poeta menor.

-Lo cierto es que, al principio, Manuel tuvo más éxito y era más conocido que Antonio, quien empezó a tomar notoriedad con la publicación de Soledades.

-Ahora es un poeta leído e, incluso, ha influido más que Antonio en algunos autores actuales.

-Es que él fue el que introdujo el simbolismo y la poesía francesa de esa época en España. Ha influenciado mucho en Rafael Montesinos, Fernando Ortiz, Tortajada, Benítez Reyes, Jacobo Cortines...

-¿Y qué piensa de que apareciese en la famosa lista de la Cátedra de la Memoria Histórica de la Complutense para depurarlo del callejero de Madrid?

-Una barbaridad.

-Manuel Machado hizo gala de un andalucismo castizo y cosmopolita.

-Sí, él fue más andaluz que su hermano Antonio porque tuvo la suerte de estudiar el bachillerato en el Instituto San Isidoro de Sevilla -cuyo expediente yo encontré- y la licenciatura en Filosofía y Letras en la Hispalense. Después marchó a Madrid donde Rodríguez Marín, que era muy amigo de su padre, Demófilo, lo colocó en la Biblioteca Nacional. Manuel era muy sevillano y le gustaba irse de juerga a los cafés cantantes. Era un gran flamencólogo y cuando publicó Cante hondo vendió 5.000 ejemplares en un día. En ese libro encontramos soleares, solearillas, malagueñas, peteneras... o sea, todos los cantes que su padre, Demófilo, había recopilado.

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