Un sevillano en Texas

Sexo, otra vez...

  • Considera Eugenio Cazorla que sexo y política son conceptos incompatibles en este país, algo que achaca a la influencia de la religión en todos los estamentos de la sociedad.

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Comentaba yo el pasado febrero en esta sección que sexo y política son conceptos incompatibles en este país y achacaba esto a la poderosa influencia que la religión, disfrazada de moral, ejerce en todos los estamentos de la sociedad. Entonces me refería a cómo las aventuras extramaritales de políticos de todos los colores, descubiertas por la inquisidora prensa, habían dado al trasto con, a veces, prometedoras carreras.

En esto se ha progresado. Hoy día lo que pueda constituir el fin de una vida profesional más o menos brillante puede tener como causa líos de faldas (o pantalones) entre casados. Pero es que no fue sino hasta 1972 que el Tribunal Supremo, en un sonado caso (Eisenstadt versus Baird), revocó una decisión estatal condenando el fornicio ¡entre solteros! 

En febrero, repito, me refería a las desventuras de los políticos. Pero muy recientemente se ha producido un escándalo del mismo tipo que tiene como protagonista no a un político, sino a un general que tiene nombre que parece sacado de la mitología griega: Petraeus. El general Petraeus no es, como la antigua vaca lechera, un general cualquiera. Aparte de ser bien parecido, esbelto, fanático del ejercicio físico, el general muestra a sus sesenta años una envidiable fotogenia. Este supercondecorado militar posee un doctorado por la Universidad de Princeton en Relaciones Internacionales y, por si fuera poco, era, hasta su caída, director de la CIA.

Una (vistosa) amiga de Petraeus, quien recibía amenazas anónimas por e-mail, pidió a un amigo que trabaja en el FBI que investigara el origen de tales amenazas. El investigador, accidentalmente vino a dar de bruces con una correspondencia amorosa entre el general y una señora Broadwell, escritora y precisamente autora de una biografía de dicho general. Tanto el general como la escritora están casados. La dicha escritora, encelada con la amiga de Petraeus, era la que enviaba las amenazas. El FBI confrontó al general con los hechos. Esto ocurrió el verano pasado. Ambos, el FBI y Petraeus, acordaron no desvelar el incidente hasta pasadas las elecciones. Concluidas las mismas el general, compungido al ver que la aventura ponía en entredicho su rígido código de conducta, presentó a Obama su dimisión. Éste, después de dudarlo (el contubernio hacía cuatro meses que estaba terminado), decidió aceptarla.

Mucho ha cambiado el FBI. Hasta su muerte, el legendario J.Edgard Hoover guardaba en un fichero secreto las aventuras extramatrimoniales de John y Robert Kennedy con la no menos legendaria Marilyn Monroe y del mítico (y también asesinado) Reverendo Martin L. King. Pero jamás las dio a la luz. Por otra parte, la prensa era más comedida. Pocos sabían, hasta sus muertes, ni que el presidente Roosevelt padecía de poliomielitis, lo que le impedía mantenerse en pie, ni que el general, y luego presidente, Eisenhower había mantenido relaciones amorosas con su atractiva chófer en Inglaterra durante la segunda guerra mundial.

En cambio, la actitud de la sociedad y, sobre todo, del gobierno vis-a-vis el adulterio no ha cambiado mucho. Muchos estados, entre ellos el de Virginia, donde vive en general y el propio Código de Justicia Militar tipifican el adulterio no ya como una desviación de carácter, sino como un delito.

Siempre la religión por medio. El adulterio se castigaba en el Antiguo Testamento y su persecución en el caso de la mujer adúltera se justificaba como un asalto a la propiedad del marido. La esposa no era sino una parte del caudal de su marido, juntamente con la casa, ganado y aperos de labranza. Además, el adulterio adulteraba la sangre del cornudo, pues la conducta de la adúltera podía potencialmente traer al mundo seres ajenos a la estirpe del marido. En la Inglaterra del siglo XVII el adulterio no era delito. Los peregrinos del Mayflower decidieron castigarlo. The Scarlett Letter (La Letra Escarlata) (1850) la famosa novela de Nathaniel Hawthorne describe cómo la nueva colonia confrontaba estos incidentes. Ya para entonces Mary Latan y James Breton habían sido ahorcados en Massachusetts (1844) por adulterio.

El affair Patraeus no es el único que ha surgido en fechas recientes. En abril el presidente de Best Buy, una extensa cadena de tiendas de productos electrónicos, y, coincidiendo con el asunto del general, otro ejecutivo a punto de tomar posesión del cargo de presidente de Lockheed Martin, la poderosa fabricante de aviones militares, fueron ambos eliminados por haber mantenido relaciones sexuales con subordinadas.

La prensa y gran parte del público han criticado al presidente Obama por haber aceptado la dimisión de Petraeus. Las relaciones ya no existían. Se determinó que el general no había pasado documentos secretos a su amante. Entonces ¿de qué sirve destruir una brillante carrera? El asunto Petraeus es un asunto entre el general y su mujer y de nadie más.

Ya vemos que esto del sexo trae malas consecuencias no ya a los políticos, a cuya clase me reducía yo en mi artículo de febrero, sino a cualquiera que tenga ambición y quiera ser algo en este país.

Así que, como sugería en su día, cuidado con esas braguetas...

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