Calle Rioja

Sócrates, el camarón del fútbol

  • Recuerdos de buen fútbol. La muerte prematura del antiguo cerebro de la selección canarinha aviva la nostalgia de un equipo que embrujó a Sevilla en el Mundial 82

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DESDE que tengo uso de razón balompédica, Italia siempre juega cada doce años la final del Mundial de Fútbol, perdiéndola y ganándola alternativamente. Así a lo largo de casi cuarenta años. La perdió contra Brasil en México 70; la ganó a Alemania en España 82; volvió a perderla contra Brasil en los penalties (la única final sin goles de la historia) en Estados Unidos 94 y la ganó a Francia en Alemania 2006 el día que Zidane se cortó la coleta con un cabezazo a Materazzi. La venganza italiana se sirve en plato frío y estuvo doce años esperando, su calendario natural, para resarcirse del 4-1 que en el México posolímpico le infligió el Brasil mágico de Pelé, Gerson, Tostao y Rivelino.

Sevilla fue la sede de la selección brasileña que vino al Mundial 82. Yo creo que ni siquiera en la Exposición Universal que la ciudad organizó diez años después hubo tal identificación con un visitante como esa ósmosis que se produjo en aquella cita balompédica.

La muerte de Sócrates ha reavivado aquella memoria en la que Sevilla fue una ciudad más de Brasil, trasunto de Recife, Sao Paulo, Minas Gerais o Pernambuco. Sócrates era Camarón en el campo y Zico, Paco de Lucía. Con unos acompañantes excelsos como Junior o Toninho Cerezo. Sevilla recibió a miles de brasileños. Ni en el Carranza se vieron tantas camisetas amarillas. La presencia de los entonces tricampeones del mundo mitigó la rabia por la mediocre actuación de la selección española. Alemania había ganado su Mundial en 1974, Argentina hizo lo propio en 1978 (ese año Kempes fue Pichichi en la Liga española), pero España empató con Honduras y perdió con Irlanda del Norte.

Brasil se encuadró en un grupo con Nueva Zelanda, Escocia y la Unión Soviética a la que todavía no le había llegado la Perestroika. Cada sevillano tendrá un recuerdo de aquellos ganadores morales del Mundial, aunque se encontraron en el camino con una Italia que en la primera fase empató todos sus partidos y fue creciendo para llevarse el título en aquella final con los saltos de Pertini frente a la Alemania de Rummenigge.

En cierta forma eso compensaba al aficionado sevillano de la injusta eliminación de Francia por parte de los germanos en unas semifinales de infarto disputadas en el Sánchez Pizjuán. Francia y Brasil, las dos mejores orquestas que uno ha visto en un Mundial (yo no había nacido cuando Hungría deslumbró al mundo), dejaron una huella indeleble en la ciudad de Sevilla, tan brasileña como francesa, o napoleónica, que diría el bueno de Manuel Moreno Alonso, a quien esto del fútbol le suena a sánscrito o a filatelia.

Vi a Brasil en el Benito Villamarín derrotar 4-1 a los escoceses, el mismo marcador de la final de México 70 con el gol honorífico del italiano Bonisegna. Fue una exhibición impresionante de Sócrates. Recuerdo la algarabía de faldas y gaitas, la sintonía de la torcida, que acompañaba con ritmos de samba el juego de su equipo. Y la fiesta final, las dos aficiones y los anfitriones, recorriendo la Palmera, el Paseo de Colón y el acabose en el patio de San Laureano. Cuatro mundiales después, el campeonato de Francia 98 arrancó con un Brasil-Escocia y en recuerdo de aquella tarde de junio del 82, el mes triunfal de Rafael Escuredo, mi tía Encarni me trajo de Edimburgo una bufanda alusiva a ese encuentro inaugural.

Los lugares en los que vi aquellos partidos de Brasil ya no existen. Ya no existe el bar Lumumba en la calle Baños, cuyo dueño se hacía acompañar siempre de un perro lazarillo; ahora es un San Marco. Tampoco está el bar de la Cafetería América, donde colocaron un televisor gigante por el que pasaban algunas señorías cuando el Parlamento andaluz tenía como sede la antigua iglesia de San Hermenegildo. Sí está el piso de la calle Galera en el que vivía de alquiler aquellos años, con Pepita de espléndida vecina, la madre de Isabel y Daniel Lebrato, y otro hermano más pequeño que hacía ciclismo de montaña por las escaleras del bloque.

En esa casa vi algunos partidos, hasta que llegó Joel, un joven norteamericano pecoso que llegó a Sevilla como escala de un recorrido por varios países del Mediterráneo. Era muy amable, muy simpático, no hablaba una palabra de español y el tiempo que estuvo en casa se cargó la plancha, la lavadora y el televisor. Un chico presocrático.

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