Una diana en el paraíso

  • Estupor en la pedanía de Barbate ante la amenaza terrorista en el día en que los establecimientos turísticos volvían a la actividad tras dos meses de 'hibernación'

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Zahara de los Atunes se desperezaba ayer de su periodo de hibernación a primera hora. Era el primer día de trabajo para hoteles y restaurantes desde noviembre. Fue entonces cuando les sacudió la noticia. "¿Nosotros? Pero si somos cuatro gatos y en ese cuartel apenas vive gente...", exclamaba extrañada la mujer que regenta Casa Cristóbal.

Del mismo modo, por la radio, se enteraban en el acuartelamiento. Y fue un mazazo. A media tarde, los guardias lo disimulaban: "No podemos hacer declaraciones, comprendedlo", decía con extrema amabilidad uno de los agentes destinados allí, pero con un rictus todavía nervioso en el rostro. El cuartel se encuentra en un paraíso. A través de la reja que lo delimita se pueden observar retazos de vida cotidiana. Un perro setter muy bien cuidado, un caballo de recreo, varios quads y una coqueta casita de plástico, como de cuento, para que jueguen los niños. En el pueblo hablan de ellos con cariño. "Si son chavales de aquí. A uno de ellos le encanta criar canarios. ¿Cómo iban a querer hacerles daño?", dicen aplicando lógica a la ilógica asesina.

Lo que se vivió dentro de la casa cuartel en las primeras horas de la mañana se puede deducir por la conversación que mantuvieron con la diputada Olga González: "Estaban hechos polvo porque es un sitio tranquilo y todo el mundo busca esa tranquilidad".

Zahara apenas cuenta con 600 vecinos durante el invierno, pero todo se transforma en verano. El hotel Antonio lleva abierto en Atlanterra desde los años 80. "La gran eclosión -cuenta el hijo del fundador- fue a mediados de los 90. Hasta entonces era un lugar que tenía turismo, pero nada exagerado. Pablo Carbonell y el Gran Wyoming lo popularizaron en aquella época entre gente de Madrid, que descubrió el paraíso". Lo es. Tras las cañas que ocultan las viejas casitas del acuartelamiento se descubre una de las playas salvajes más bellas del litoral andaluz, con una sangre salvaje que mantiene pese a que en verano la población se multiplica hasta llenar las calles y calles de apartamentos vacíos que ayer emitían un silencio de pueblo abandonado. Ni un bar abierto, decenas de modernos comercios con las rejas echadas. Sólo se mantienen los necesarios para los del lugar: un estanco, el mercado, un pequeño bar...

Miguel Fillol, funcionario del ayuntamiento de la pedanía y uno de los líderes del movimiento que reivindica la independencia de Zahara de su matriz, Barbate, que se encuentra a nueve kilómetros, manifestaba que "nos ha cogido todo esto con cierto temor y asombro. No entendemos cómo esta banda de asesinos se acuerda de nuestro pueblo".

Y es que en el pueblo se acuerdan de la alerta originada el pasado verano cuando fueron detenidos durante 24 horas cuatro jóvenes vascos. "Todo el mundo decía que eran de ETA; los cogieron aquí, a la entrada. Pero luego cruzaron los datos con la Ertzaintza y, al parecer, no tenían nada que ver con ETA y los soltaron", cuentan en Casa Cristóbal, donde también narran los agobios cuando "Mayor Oreja viene a comer, rodeado de un montón de escoltas y preguntando por todos los clientes". El ex ministro, como otros muchos políticos, es un asiduo de Zahara.

Juan tiene 77 años y recuerda el cuartel desde siempre. "No ha sido nunca otra cosa. Yo lo recuerdo desde que era chico, así que fíjate si tendrá años la casita. Cuando yo era niño allí había carabineros que montaban guardia por la playa con unos capachos que a mí me llamaban mucho la atención".

Volvemos al cuartel para figurarnos el paraje con los ojos de Juan niño, hace 70 años. Lo eliminamos todo. Eliminamos la valla, los hoteles, las urbanizaciones. El pueblecito de pescadores estaría a unos 700 metros. El mar rompería más allá del bosque de cañaverales sobre las rocas. No mucho más allá, en la carretera que duerme sobre la ladera del monte del Retín, virgen gracias a la protección militar, el ganado retinto pasta a unos pocos metros de la orilla. Algunas reses se aventuran en la arena. Y allí estarían los carabineros con su capachos. Y allí estaría la casita que hoy sigue en pie, en cuyas tejas se ve el paso del tiempo, con zonas embaduranadas de pintura plástica que delata la existencia de antiguas goteras.

Un hombre de mediana edad llega con una furgoneta cargada de bolsas de basura a los contenedores de reciclaje que hay junto al acuartelamiento. Selecciona los lugares donde echa los desperdicios. Se entera por nosotros del motivo de que haya cámaras de televisión rodeando el hogar de los guardias. "No me lo puedo creer". "¿Por qué'". "Soy de Deusto, de Bilbao. Hui de allí porque no aguantaba todo ese fundamentalismo: el religioso, el cultural, el social, el político... Era asfixiante. Viajé a Sierra Leona y allí fui feliz hasta que estalló la guerra. Fui a Guatemala y estalló otra. Encontré este lugar que es tan tranquilo... ¿y también están aquí? ¿No hay tranquilidad en ningún sitio?".

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