La vieja fábula de la 'táctica del caracol'

Ni estamos en Bogotá ni la vida es una fábula de realismo mágico. Parece evidente. El agrio desalojo de ayer en el centro okupado en la calle Macarena, conocido por sus inquilinos con el gráfico nombre de Casas Viejas, no se presta en demasía a la poesía, que es el principal elemento con el que Sergio Cabrera, el director de cine colombiano, construyó en los años noventa la película La Estrategia del Caracol, una ficción onírica en la que un grupo de vecinos pobres, liderados por un exiliado español de espíritu ácrata, admirador superlativo de Durruti, burla un violento desalojo judicial mediante el singular procedimiento de desmontar piedra a piedra el inmueble objeto de la disputa para trasladarlo a otro solar, dejando de esta forma sin patrimonio al casero. Lo mismo que los caracoles: irse con la casa a cuestas.

Ayer, en Casas Viejas, los activistas sevillanos del movimiento okupa -así se hacen llamar muchos de ellos- acaso se acordasen de este relato cuando, después de siete meses de larga espera, despertaron por fin a la realidad. Una orden judicial les obligaba a dejar el edificio que de forma irregular venían gestionando durante el último lustro. Tiempo más que suficiente para que, acaso en un descuido imaginativo, alguno de ellos soñara incluso con conseguir cierto derecho de propiedad gracias a lo que los romanos llamaban lex consuetudinaria.

El caso es que, en esta ocasión, ni había fábula ni manera de emular a los antihéroes de la película de Cabrera. Ni siquiera, si hubieran podido desmontar las naves de la Macarena, dicha gesta habría servido para algo más que facilitarle la labor a los propietarios de la manzana, que es una Comunidad familiar de Bienes -constituida por los Hermanos Bordas Marrodán- representada por el despacho del letrado Pedro Rodríguez de la Borbolla.

Los titulares del inmueble, que llevan más de un año con la licencia para construir viviendas en la parte de la manzana que da a la calle Aniceto Sáenz congelada, intentaron en su día ocupar la totalidad de la parcela con viviendas de renta libre, dejando para usos sociales tan sólo los bajos del futuro edificio. Consiguieron un acuerdo verbal e, incluso, alcanzaron un borrador de convenio con el gerente de Urbanismo, Manuel Jesús Marchena. Pero la cosa se paró. La firme oposición de la Oficina del Plan General -que pretendía ubicar en el solar un gran equipamiento social para el Norte del Casco Histórico- hizo que el gobierno municipal cambiase de criterio y, al cabo, aprobase en el texto definitivo del PGOU la ubicación en la mayor parte del solar -que ocupa 1.905 metros cuadrados de superficie- de una dotación de uso "sociocultural". Sin dar más detalles.

Los propietarios, por tanto, sólo podrán levantar viviendas libres en la parte del terreno que comunica las calles Antonio Sáenz y Macarena, que es la zona en la que se habían alojado algunos de los ocupantes irregulares. El resto de la parcela -las antiguas naves, usadas para acoger conciertos, exposiciones y proyecciones de cine; los usos culturales que, según los okupas, justificarían su presencia- quedará por el momento ociosa. Esto es: el Ayuntamiento no podrá utilizarla de inmediato para construir el equipamiento que reclaman los residentes del barrio. Seguirá en manos de los Hermanos Bordas, con los que habrá que llegar a un acuerdo -un convenio de permuta que compense en otra parte de Sevilla el valor de su terreno- o, en su caso, iniciar un expediente formal de expropiación para conseguir la titularidad pública completa del solar. Sólo entonces podrá decirse que el norte del Casco Histórico tendrá el equipamiento incluido en el Plan General. Y ésta, precisamente, es la gran paradoja que ayer resaltaban muchos de los jóvenes desalojados. "Nos echan para hacer un solar".

La mayoría de ellos no son nuevos en estas lides: alguno lleva de okupa más o menos permanente desde los años noventa, cuando en determinadas casas del centro de Sevilla -entre ellas la célebre embajada de la calle Cruz Verde- los squatters empezaron a proliferar con la justificación de luchar contra el abandono de las viviendas viejas y la especulación. Aquí, como siempre, llegaron con cierto retraso. El fenómeno nació en Londres en los años 60, pasando después a Holanda -crackers-, a determinados barrios de Berlín -besetzers- y a otras urbes del Viejo Continente, como Copenhague, donde un antiguo cuartel -Christiania- llegó a tener cientos de inquilinos. En Sevilla, en los últimos años, el precio del metro cuadrado construido en las viejas áreas okupadas ha crecido más de un 30 por ciento anual. Los alquileres se han encarecido casi un 10 por ciento cada año. Como resultado, las casas encantadas -el nombre que les da el propio movimiento- han ido disminuyendo al tiempo que la rehabilitación de edificios antiguos crecía. Cada vez quedan menos espacios por okupar, lo que cuestiona el lema del colectivo: "Un desalojo, una nueva okupación". Y menos motivos. Sobre todo teniendo en cuenta cierto precedente de Berlín, donde muchos de los antiguos rebeldes terminaron convirtiéndose en ilustres propietarios, o en inquilinos de lujo, tras acordar con el ayuntamiento la rehabilitación de las viejas casas en ruinas. El caracol dejó de moverse.

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