la ciudad y los días

Señor, ten compasión de ti

Carlos Colón | Actualizado 03.04.2012 - 01:00
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QUÉ difícil me resulta verte, Señor del Gran Poder, sin sentir a la vez la tentación de Gestas y la fe de Dimas. Especialmente cuando la vida pesa tanto como la cruz que, aun quitada, sigue venciendo tu fuerte espalda y haciendo tan agónico tu andar. Que es sin ella, pero aplastado por su peso, cuando más te pareces a quienes acuden a verte agobiados por invisibles cruces que sólo tú conoces. ¿Por qué no se las quitas, Señor? ¿Por qué enferman quienes te piden salud, mueren quienes te piden vivir, sufren quienes te piden consuelo y pierden a los suyos quienes te suplican por ellos? ¿Por qué sufren los niños? ¿Cuál es y dónde está ese gran poder tuyo? ¿No eres tú el Mesías? Pues entonces, ¿por qué no te salvas y nos salvas a nosotros?

¿Eres el Señor, poderoso aun cautivo, que vimos la noche del Viernes de Dolores cuando se rasgó la roja cortina para mostrar al Santo de los Santos de Sevilla, a Dios mismo hecho hombre, al Templo en forma humana? ¿O eres la sombra grandiosa y temible en que te convertiste al abandonar la luz de tu camarín para iniciar tu descenso? Eclipse total de la ternura de tus ojos, gigante sin rostro, silueta pavorosa, Dios incognoscible. ¿Quién eras, Señor del Gran Poder, cuando descendías como una oscuridad aún más densa que la oscuridad en que vivimos?

Tocaste el suelo y te vaciaste a ti mismo para hacerte semejante a los hombres. Se encendieron las luces. Volvió la ternura a tus ojos y la compasión a tu rostro. Sobresalía tu figura protectora entre los devotos como un padre bueno rodeado por sus hijos, conmovidos por las contrapuestas sensaciones de sentirse acogidos y desvalidos, oídos e ignorados, salvados y perdidos, eternos y finitos. Entonces respondió la fe de Dimas a la tentación de Gestas: ¿es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?

Así nos postramos algunos, Señor, ante ti: entre Gestas y Dimas. Como si lo intuyera y quisiera avisarnos, antes de tu descenso tu Hermano Mayor leyó las palabras de Mateo en las que anuncias tus padecimientos y Pedro, llevándote aparte, te dijo: "Señor, ten compasión de ti". Pero no la tuviste. Ni de ti, ni de nosotros. "Apártate de mí, Satanás -le contestaste-. Quien quiera venir tras de mí, que tome su cruz y me siga".

Lo portentoso es que la gente coge sus cruces y te sigue. A veces como Gestas, diciéndote que si eres Dios te salves y los salves. A veces como Dimas, consolados por sufrir tus mismos dolores y morir tu misma muerte. A veces como Pedro, pidiéndote que tengas piedad de ti y de ellos, y negándote cuando la vida ahoga. Así te siguen los tuyos, Señor. Como si no esperan nada. Como si lo esperan todo.
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