Feria sin tratos

  • Caben acuerdos en la Feria, con las casetas de ganado en el 'soberao' de los recuerdos

AFIRMAS o preguntas?, me interpela, perspicaz, la bruja, porque le he cambiado el tercio de la conversación sobre si resultaría a propósito la ocurrencia de poner aire acondicionado en los vagones del tren o, quizás mejor, una instalación de tubitos y aspersores como manera refinada de procurar un microclima. Ella misma se da cuenta de su disparatada iniciativa, no ya porque los remanentes, si acaso, dan para sobrevivir pero ni por asomo para inversiones, sino también por lo poco infernales que resultarían las vueltas y la trastocada identidad de un tren tan pinturero. Así que entra al trapo convencida: "Anda que no hay tratos en la Feria". Casi sin dejarme acabar la retahíla de los permisos feriales de Alfonso X El Sabio, de la iniciativa de Narciso Bonaplata y José María de Ybarra -sevillanos de Barcelona y Bilbao- a mediados del XIX, y de los tratos de ganado, ambientados con manzanilla, cantes y bailes, con que animar quisieron la penuria de la Sevilla de entonces. O sea, viene a decir la bruja, que esta Feria posmoderna no es que haya desmedido el acompañamiento festivo y alegre de los tratos de ganado -haciendo principal lo que fue accesorio en sus orígenes- sino que ha adornado los acuerdos aprovechando la Feria como excusa. No me queda otra, entonces, que hacerle un guiño sobre la naturaleza de los tratos, perdidas las casetas de ganado en el soberao de los recuerdos. "Tú sabrás, bruja experimentada, bastante de tratos, que incluso habrás mediado, y vete a saber con qué comisiones, en la nigromancia de vender almas al diablo. Y a saber, a saber también los tratos carnales que te habrás marcado, si no con Satanás, temible por sus diabólicas maneras, con su embaucador y elegante lugarteniente Mefistófeles". Pero sigue despachándome con atisbos de displicencia, sobrada como parece en materia de tratos. Y me recomienda un ejercicio: ver por debajo de lo que se mira, leer entre líneas, asomarse con discreción a las trastiendas y hasta pasar revista a las galerías fotográficas que dan cuenta de recepciones, encuentros, visitas y homenajes. De modo que, incluso sin que el trato resulte una intención expresa, sí que puede encauzarse o refrendarse con la desinhibida predisposición de la fiesta. Atención también -señala la bruja para completar el ejercicio- a las formas del protocolo y las pericias del dejarse ver casi con el don de la ubicuidad. Y, mirándome a los ojos, la bruja prepara el hechizo: "Si tales tratos te parecen menores, ya sabes a cambio de qué vendió su alma Fausto y descuida que yo medio para que tengas mejor final".

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