Visto y Oído

francisco andrés gallardo

Compostela

Las primeras escenas de lucha, con unos pequeños actores que no estuvieron a la altura, desmerecen el resto del primer capítulo de El final del camino. La primera impresión de la serie de TVE no había sido buena, pero el trabajo en escena y narración mejoró con los minutos, agradando en una aprovechada posproducción e interesando con las tramas de los personajes históricos. Las limitaciones presupuestarias se solventan en este caso con evidente esfuerzo. La serie producida por el grupo gallego Voz (precisamente los fallos de sonido y voces se notaron en los primeros compases de la ficción) apela al gusto por las historias y tópicos medievales y con cierto repunte a lo Juego de Tronos retoma el buen recuerdo de Isabel. De hecho una reina, la interpretada por Cristina Castaño, bien alejada de su rol en La que se avecina, fue la que sorprendió más a una audiencia que ha dado su oportunidad al noble empeño de La 1. Además de alguna lección de Historia la ficción pretende entretener sin más, con escenas de espadas y moros malotes que son mejorables (algo así le pasó a Toledo, que produjo Boomerang). Un actor andaluz, Juan Fernández, se echa a las espaldas el principal papel de intriga, como obispo compostelano, mientras que la estampa del granadino Antonio Velázquez, principal intérprete 'mosquetero' de las aventuras, no termina de convencer en lo interpretativo.

El final del camino no es la serie de prestigio que herede a Isabel o a El Ministerio del Tiempo pero precisamente sigue el camino con el que la ficción televisiva española persigue la evolución del público exigente de los nuevos tiempos. Esa es la intención de Pulsaciones. Emilio Aragón, que era un médico modélico, construye para Antena 3 un médico protagonista, el trasplantado, oscuro y desasosegante. Lástima que con tanta promoción supiéramos de antemano el meollo de una historia, sobre la memoria del corazón, que seguro que está repleta de más sorpresas, claroscuros, giros y dobleces.

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