La Rotonda

rogelio rodríguez

Indigesta esperanza

Los secesionistas han perdido la batalla frente a la legalidad, pero no la guerra

Apesar de los pesares, de tantas y tan continuas muestras de inoperancia política y abdicación de competencias, sorprende la candidez con la que el Gobierno y los partidos constitucionalistas, salvo Ciudadanos, saludan el inicio de la nueva legislatura en Cataluña, duodécima desde la instauración de la democracia. Asombra el optimismo expresado desde la misma Moncloa sobre el supuesto respeto a la ley que ejercerá el recién constituido Parlament y desconcierta que políticos curtidos en trincheras y cuajados de experiencia -caso, entre otros, de Rubalcaba- afirmen que la vía unilateral para la independencia está cerrada y que no volverán a producirse hechos tan deplorables como los ocurridos los días 6 y 7 de septiembre en la antigua Fortaleza de la Ciudadela, hoy sede de la Cámara catalana. Así reza el refrán: "Queda para majadero quien se fía de ligero".

Hasta el historiador romano Cayo Suetonio Tranquilo habría perdido el sosiego ante tamaño ensueño. Torpe teatralidad en un escenario sin motivos para creer que los que ayer se levantaron contra el estado de derecho hoy acaten la Constitución, honren las instituciones y obren por la concordia y el progreso. Los secesionistas tienen dos escaños menos que en la pasada legislatura, pero 58 más que en 1999, y, como denuncia Inés Arrimadas, sólo ella, "la nueva etapa comienza como terminó la anterior", y con un presidente del Parlament, Roger Torrent, que trabajará por la independencia. Es probable que Torrent endulce, de forma estratégica, la cismática gestión de su antecesora, Carme Forcadell, pero ¿qué garantías puede ofrecer a estas alturas un independentista más o menos conciliador? Torrent se amamantó en el separatismo y atetará la escisión en la institución que preside. Para eso lo han elegido los separatistas, con el beneplácito de las formaciones de Ada Colau y Pablo Iglesias, cabezas del fariseísmo equidistante.

El panorama no puede ser más insólito y patético: cuatro de los líderes independentistas en prisión preventiva y un único candidato a la presidencia de la Generalitat, Carles Puigdemont, que se dio a la fuga, que lleva dos meses y medio recluido en el estrambótico régimen de Bruselas, que será detenido en cuanto regrese y que, para colmo de esperpentos, pretende ser reelegido de forma telemática. Puro anecdotario hilarante, entretenido si se quiere, en el suma y sigue del soberanismo a través del adoctrinamiento en las aulas, la manipulación informativa, la opresión al contrario y el uso partidista o corrupto de las instituciones. PDeCAT, ERC y CUP se repelen en origen, pero su unión es más sólida que la que ofrece el constitucionalismo. Han perdido la batalla frente a la legalidad, pero no la guerra. La tregua que piden está forzada por la Justicia. Tienen una meta común y carecen de escrúpulos.

Las razones para la esperanza que, a bote pronto, argumentan populares y socialistas resultan tan indigestas como su remarcada heterogeneidad en asuntos de Estado. Unos y otros se muestran incapaces de concretar un proyecto fiable para España. He ahí la más grave cuestión.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios