manuel campo vidal

Un 'show' político interminable

Menos mal que Felipe VI fue a Davos. Había que enseñar otra España y el Rey contó la modernidad y el atractivo del país. Necesitados estábamos de dar otra imagen siquiera por un rato. La presencia internacional española ha ido a menos en los mandatos de Rajoy. Pero desde septiembre no hay tregua en los medios foráneos con el monotema de Cataluña: primero con la violación de la ley española y la catalana en el Parlament; sobre todo con las desgraciadas imágenes de la intervención policial del 1-O; más tarde con la declaración de ida y vuelta de la república catalana el 8 de octubre y después el 27; sumemos la posterior fuga de Puigdemont y su circo... Cuando ya aburría, apareció la sátira de Tabarnia y los medios internacionales comprendieron que no había una Cataluña sino dos. Gente que, rizando el rizo, quiere independizarse de la Cataluña independentista. Y como fin de etapa, que no de carrera, el show sobre la sesión de investidura prevista para mañana en el Parlament con todas sus incógnitas presenciales, judiciales e institucionales. Máxima tensión incluso entre sectores del Estado. Afloraron contradicciones entre Gobierno y otros organismos. Inédito.

Pero por si decayera el interés, el Ministerio del Interior, anima la función: "Hay un gran despliegue policial para que Puigdemont no entre ni en un maletero", dijo Zoido. Riesgo de ridículo multiplicado. Ni programando el desatino se llegaría tan lejos. Normal que la opinión pública se muestre hastiada de un asunto interminable e irresoluble.

Lo grave de lo que pasa en Cataluña no es sólo lo que sucede allí, sino lo que sirve para tapar. Irene Montero afirma que las oportunas discrepancias entre Gobierno y Consejo de Estado se programaron para despistarnos de las confesiones de Ricardo Costa que destapó la corrupción sin paliativos del PP en Valencia. Mal año para los populares este que empieza. Los juicios contra las tramas de financiación ilegal en Madrid, Valencia y Baleares ya no pueden demorarse más y los máximos acusados cantan incluso sin pactos con la Fiscalía, sólo con la esperanza de alguna indulgencia. La militancia se inquieta y, para calmarla, Rajoy anuncia que volverá a ser candidato. Son declaraciones analgésicas pero que aliviarán si las encuestas, las expectativas, acompañan. No es lo que ahora sucede. Pero hay mucho trecho hasta las elecciones y Rajoy es un acreditado resistente. Esta vez, sin embargo, puede ser la última. Su entorno más fiel confía en que, si percibe que su presencia perjudica, se apartará. Y no a un lado como Artur Mas. En el registro de la propiedad de Santa Pola aún le guardan su plaza, por si decidiera volver.

Entretanto, la economía da muestras de recuperación aunque el FMI regatee unas décimas en sus previsiones por entender que Cataluña lastrará el avance. De momento, la factura se paga sólo en Barcelona, donde se han anulado congresos con el impacto consecuente. Son 2.000 empleos perdidos hasta ahora en la hostelería con nubarrones para el próximo otoño, cuando se calcula que se dejará sentir más el impacto de la salida de empresas y el menor flujo de inversión exterior. Veremos. Son previsiones.

Y a Barcelona acudirá el Rey el 26 de febrero -la primera vez después de la manifestación tras los atentados de agosto- para inaugurar el Mobile World Congres. Para eso y para apuntalarlo, porque no está claro que continúe, sobre todo si el show político no cesa. Ya se perdió la Agencia Europea del Medicamento, que escapaba de la inestabilidad de Londres, y se puede perder aún más. Ada Colau se lo huele y lanza una campaña para recuperar la marca Barcelona tan tocada por el procés. Todo pasa factura. Pero, al margen de las respetables ideas políticas, la pasión por el show es incontenible. Compartida.

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