La ciudad y los días

carlos / colón

Abrir es acoger

PUERTAS abiertas, puertas abiertas! Carmena cuelga una pancarta en el Ayuntamiento de Madrid dando la bienvenida a los inmigrantes. IU presenta una querella criminal contra Rajoy por presuntos delitos de lesa humanidad, acusándole de suscribir el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía. Las ONG denuncian una y otra vez el cierre de fronteras para frenar la inmigración y el mal trato a los inmigrantes. El Papa pide que Europa "abra sus puertas y sus corazones" a los inmigrantes y viaja hoy a Lesbos "para expresar cercanía y solidaridad". ¿Quién no puede de estar de acuerdo con ellos (salvo con la estúpida querella criminal de los camaradas de IU, claro)?

El problema es que puertas abiertas quiere decir responsabilidades asumidas. Económicas: ¿estamos dispuestos a que se aumenten los impuestos para poder atender dignamente a cientos de miles de inmigrantes? Sociales: ¿podemos y queremos integrarlos aunque no acepten nuestras normas de convivencia y valores constitucionales? Laborales: ¿podemos garantizarles que no sean explotados inhumanamente (lean Sobrevivir al matadero de Daniel Verdú en El País de anteayer) ya sea legal o ilegalmente? Porque esto no es telerrealidad, sino la realidad con toda su carga de responsabilidades. Abrir las puertas sin garantizar los derechos de quienes entren por ellas y sin asumir los sacrificios que esto conlleva es, en el mejor de los casos, una grave irresponsabilidad; y en el peor, un repulsivo ejercicio de hipocresía.

El caso más doloroso es el de los niños. Alemania contabiliza unos 5.000 menores refugiados desaparecidos. Desde el pasado mes de enero la Oficina Europea de Policía viene avisando de que han podido desaparecer 10.000 niños y adolescentes nada más entrar en Europa. Esta semana se publicaba que familias rumanas de Madrid venden o alquilan sus hijos a mafias para delinquir o mendigar por las calles de la capital. Añadiendo detalles tan escalofriantes como la pervivencia de la práctica medieval de la mutilación para que así sean más "rentables" al excitar la compasión. Oliver Twist contaba la explotación de niños delincuentes y Víctor Hugo recreó en El hombre que ríe las mutilaciones practicadas por los "robaniños". Y antes estuvieron el lazarillo de Tormes o los Rinconete y Cortadillo cervantinos. Pero eran otros tiempos y ahora estamos en 2016. Puertas abiertas, sí. Pero no a la explotación y al retorno de barbaries pasadas.

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