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Rafael Padilla

Actores secundarios

Auna semana de las elecciones e inmersos en una campaña increíblemente incierta, lo que a estas alturas sí tenemos meridianamente claro es que el debate sobre los asuntos concretos de Andalucía ha vuelto a quedar oscurecido por los grandes temas de la política nacional. En esta ocasión, mucho más que en otras, resulta obvio que la coincidencia de ambas citas electorales, la general y la autonómica, voluntaria y tercamente querida por el PSOE andaluz, nos hurta la legítima confrontación de proyectos sobre el futuro de nuestra tierra.

No se me negará que Zapatero y Rajoy son los grandes protagonistas del momento. A ellos les corresponde el honor de monopolizar la actualidad. Son sus ideas, las medidas que ofertan para el conjunto del Estado, sus actitudes y aptitudes, las que, casi en exclusiva, resultan analizadas, discutidas, criticadas, combatidas o alabadas.

Nadie parece recordar que el próximo 9 de marzo, además de para resolver, como ciudadanos españoles, sobre el color del nuevo Gobierno de España, los andaluces estamos también convocados para determinar quién, cómo y para qué ha de regir el destino inmediato de una Andalucía diríase que encantada de permanecer en segundo plano, cómoda en la inercia del pelotón.

No será, desde luego, por ausencia de problemas. Basta con examinar los principales indicadores para descubrir que, tras décadas de autonomía, aún no hemos sido capaces de quebrar esa maldita tendencia que nos mantiene a la cola. El paro, la carencia de un tejido económico consolidado, la pervivencia de la pobreza, la extrema dependencia de ayudas externas, el dislate de una educación que suspende sistemáticamente todo tipo de evaluaciones, el déficit de infraestructuras, nuestra constante pérdida de competitividad, las incógnitas que amenazan nuestra agricultura, la ignorancia, en fin, sobre el papel que tendríamos que jugar en un mundo globalizado, constituyen, aunque no agotan, el catálogo de las incertidumbres que, hoy y aquí, nos deberían ocupar y preocupar principalmente.

Nada más lejos de la realidad. El 28 de febrero es poco más que un día festivo -otro- en el calendario. Contrastan la solemnidad con la que se conmemora la fecha en la quisimos asumir el derecho y el deber de autogobernarnos y la facilidad con la que continuamos renunciando a tomarnos en serio a nosotros mismos. Más allá de conveniencias partidistas, la costumbre -ya lo es- de solapar convocatorias constituye una vergonzosa falta de respeto al pueblo andaluz, una práctica inadmisible -pero siempre impune- que nos roba la mejor oportunidad para reflexionar sobre lo que somos, para diagnosticar nuestros males, para diseñar, al cabo, lo que podríamos y deberíamos llegar a ser.

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