Visto y oído

Antonio / Sempere

Afortunados

REENCUENTRO a Alejandro Amenábar en la fiesta que organiza la revista GQ para premiar a los Hombres del Año. Alejandro acude a entregar a Eduardo Noriega el galardón a mejor actor. Hay mucha gente de los medios vinculados al corazón. Tampoco falta el hombre de negro de Caiga quien caiga, Eugeni Alemany, a quien le toca bailar con la más fea. "Vete al circo, payaso, que aquí estamos trabajando", le suelta algún plumilla desde la cátedra que debe ejercer en alguna revista del ramo.

En medio de un sarao como éste, la sensatez de un Amenábar siempre es de agradecer. Permitan que comparta una pequeña anécdota que cuenta en un corrillo. Hace pocos días, yendo Alejandro en el vagón que le trasladaba al aeropuerto, un señor anónimo se dirigió a él y le preguntó, casi a bocajarro, mirándolo fijamente, y con sentimientos de admiración y sana envidia entremezclados: "¿Sabe usted lo afortunado que es?". A lo que el cineasta contestó muy serio: "Claro que lo sé. Claro que lo sé y lo disfruto".

Ahí está la clave. El secreto de la felicidad no está en haber conseguido lo que él ha logrado, y ya es logro que se le abran todas las puertas a las que desee llamar. La clave estriba en ser consciente de ese privilegio. En saberse afortunado cada mañana al despertarse por ser quien es y tener lo que tiene. En saber disfrutarlo. En seguir siendo buena persona. Acudiendo a entregar un premio a su amigo Eduardo en un sarao que ni le va ni le viene. Derramando sentido común incluso en un contexto poco dado a las profundidades. La actitud de Amenábar es ejemplar si se compara con los comportamientos de algunas de las presuntas estrellas que acaparan las parrillas de los canales de nuestras desdichas.

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