La ciudad y los días

carlos / colón

Albert 'Shane' Rivera

LOS populistas están demostrando su precoz madurez como partido achacando a una guerra contra ellos las denuncias de la prensa y de sus opositores políticos, la petición de explicaciones sobre sus dineros o el cumplimiento de las obligaciones fiscales. Los del PP y el PSOE hablaban de "causa general", y los sindicatos de "persecución", cuando se denunciaba, investigaba, juzgaba o condenaba sus chanchullos. Lo mismo hacía IU cuando le tocaba. Los populistas, como son más radicales, hablan de "guerra". Lo dijo Monedero: "Nos han declarado una guerra". Los ciudadanos asisten a este espectáculo con un cierto asombro, un poquito de escándalo, no poca rechifla, su mijita de indignación y una peligrosa desafección política que podría echarlos en brazos de los populistas, como si fueran lugareños de Tombstone contemplando el tiroteo en el OK Corral o ciudadanos de Chicago el día de San Valentín de 1929.

No es que ni yo ni mis sensatos lectores creamos que nuestros políticos guardan algún parecido con pistoleros, sheriffs, cuatreros o gánsteres, naturalmente, pero sí que la lucha iniciada hace ya años para incriminar a sus contrincantes -o aprovechar las investigaciones policiales y judiciales contra ellos- y la estrategia de culpar a la prensa, los otros partidos, el Gobierno, la Policía y los jueces de acosarlos, especialmente durante los períodos electorales, ha dado como resultado la general desmoralización que, de momento, está rentabilizando el populismo (ya también salpicado) y, en menor medida, Ciudadanos.

Según la última encuesta, los populistas ganarían (aunque curiosamente la valoración de Pablo Iglesias II se hunde) y Ciudadanos se convertiría en cuarta fuerza política. Lo primero, en lo que a las mayorías no ideologizadas se refiere, sería el voto de castigo emocional e irreflexivo, el cabreo de quien escupe al cielo ignorando que después el salivazo caerá sobre él. Lo segundo sería el voto de castigo reflexivo, es decir, el que a la vez que penaliza el penoso espectáculo de corrupción abre un horizonte de futuro posible, razonado y razonable.

En este escenario, y continuando con la broma, Albert Rivera (el único líder positivamente valorado) sería Shane o Ransom Stoddard, el hombre sin pasado turbio que surge de las praderas o aparece en Shinbone para poner las cosas en orden sin que le puedan sacar trapos sucios o que el fisco y la justicia se le echen encima.

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