Alfombra de paja para una agonía

AUNQUE sólo fuese porque acaba en El Rinconcillo, la calle Gerona tendría sitio de obligado cumplimiento en estos rincones con encanto que tanta incidencia tienen en esta gran celebración que es la Semana Santa de Sevilla. Sólo por eso merecería un lugar de privilegio, pero es que estamos ante una calle con historia y, si las piedras hablaran, Gerona merecería un caudaloso río de tinta que desembocaría en los adentros de esta Jerusalén por siete días en que se nos ha convertido la ciudad.

Gerona se llama así desde 1845 y fue rotulada de esta manera en homenaje al heroico sitio que dicha capital catalana soportó en la Guerra de la Independencia. Anteriormente, la calle se llamó Calderería de Santa Catalina desde su arranque en San Juan de la Palma hasta la confluencia con Doña María Coronel; desde ahí a su remate en Santa Catalina se llamaba Sardinas, nombre que se haría general en toda la calle desde el inicio del Siglo XIX hasta que el Consistorio de la ciudad decidió ponerle el nombre actual de Gerona. La calle es bastante rectilínea y era toda estrecha como es en su final hasta que fueron derribados los conventos de Dueñas y de San Felipe Neri que propiciaron el ensanche que perdura en su comienzo.

Pero no sólo de movimientos urbanistas vive el hombre y esta calle que tanta solera le aporta a la Semana Santa tiene una carga de literatura muy a tener en cuenta. Por ejemplo, la truculenta historia de la agonía de un ilustre vecino, el torero Varelito. Cogido por el toro Bombito, de Guadalest, en una tarde de Feria de 1922, la del 21 de abril, el diestro Manuel Varé Varelito, apareció la septicemia y la herida derivó a mortal de necesidad a través de una agonía tan larga como dolorosa que culminó el 13 de mayo. Y para mitigar el suplicio del infortunado torero sevillano, la calle Gerona fue alfombrada de arena y de paja para que el ruido de los carruajes llegase mitigado al lecho donde Varelito se moría a chorros. Otro vecino de lustre en calle Gerona fue el aristócrata y poeta Baltasar de Alcázar, miembro de este linaje y que tenía la casa solariega en la esquina con Sor Ángela, donde posteriormente viviría también Fernando Villalón.

Quizá el vecino más distinguido de esta calle fuese Juan Ramón Jiménez. Cuando el Nobel moguereño se vino a Sevilla a estudiar Derecho se domicilió en una casa de la calle Gerona y de ello queda constancia en algunas de sus obras. Por ejemplo en Viajes y sueños escribe Juan Ramón: "Yo pintando, escribiendo y diciendo a mi familia que estudiaba en la Universidad". Otra prueba la tenemos en Por el cristal amarillo, donde dice: "Cuando yo estaba en Sevilla, en el limbo de los pintores, calle de Gerona..." Y hasta vislumbra el autor de Platero y yo que quizá coincidiera con el vecino de la paralela Dueñas Antonio Machado, nueve años mayor, por las calles del barrio.

Y ya que estamos con los vecinos literatos conviene destacar que en el número 24 existe un hotelito muy recoleto e intimista, el Don Pedro, donde el gran Manuel Mantero fijaba su residencia cuando se venía a Sevilla, mayormente por Semana Santa desde su exilio voluntario en la estadounidense Georgia. Y se venía a este hotel de calle Gerona huyendo del martirio que para él significaba tener que dar clase de Lengua Española en la Universidad de Athens en Jueves Santo.

Pero entremos de lleno en lo que puede ser el buque insignia de la calle Gerona, El Rinconcillo. Fundado en 1670, se trata de la taberna más antigua de Sevilla, templo para el buen beber y mejor comer que se hace tabernáculo de capillitas y que tiene a ese pregonero de pregoneros que fue, es y será Antonio Rodríguez Buzón como parroquiano honoris causa. Las servilletas de este establecimiento fueron pliegos de gloria para el verso semanasantero que el quincallero ursaonense paría con una feracidad impresionante y todavía sin igualar.

El Rinconcillo fue sancta sanctorum de la bohemia sevillana, de esa bohemia que con el tiempo fue derivando a ranciedumbre, y como sus puertas eran las últimas en cerrarse, si es que se cerraban, de la ciudad fue garito donde convergía lo mejor de cada casa. Antonio Burgos, en su Guía secreta de Sevilla, escribió que "antiguamente estaba abierto toda la madrugada para una institución noctámbula llamada eufemísticamente 'Las tres P' (periodistas, putas y policías)".

Sí que sigue siendo El Rinconcillo reino de los coroneles, esos vasos de tinto abundante de Valdepeñas que la clientela consume a cualquier hora de cualquier día del año. Ya se han atemperado las costumbres y viene a este rincón como balcón de privilegio donde ver la Cena y la Exaltación bajo el trueno de la saeta de Pepe Peregil ahora y de Rocío Vega Farfán, la gran Niña de la Alfalfa, con anterioridad. Esta tarde, cuando se haya sobrepasado en muy poco las cinco en todos los relojes de Santa Catalina, la voz de Pepe Peregil atronará los espacios para piropear a la Virgen de las Lágrimas como el domingo hiciera con la del Subterráneo.

Con la puerta a Gerona y una ventana a Santa Catalina, era excepcional ver salir el monumental paso de los Caballos desde dicho lugar, inmejorable primera fila de barrera donde contemplar el milagro que significaba ver aparecer el gran barco de la Exaltación por la puerta del tristemente abandonado templo. Un templo que es como un llanto amargo de la Sevilla en la que todo vale. ¿Para cuándo la rehabilitación definitiva de ese templo gótico-mudéjar de tanta solera en la Iglesia de Sevilla y en su Semana Santa? Lleva más de un lustro abandonado y seguro que va para largo.

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