Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Amar, nutrir, abrigar

EL Tribunal Supremo ha aumentado de dos a diez años de inhabilitación la condena al juez Fernando Ferrín Calamita por un delito de prevaricación por retrasar a posta el expediente de adopción de una menor que había solicitado la compañera sentimental de la madre biológica. El señor Calamita (cuyo apellido es sinónimo no de calamitoso, como aparenta su proceder, sino de imán, brújula e incluso del calamite, un tipo de sapo pequeño con una franja amarilla) frenó adrede el procedimiento de adopción porque a su juicio, y en contra de la ley, las lesbianas no están capacitadas para tener hijos y, en consecuencia, para educarlos, nutrirlos, amarlos y abrigarlos como mandan sus cánones.

La sala de lo Penal precisa que el juez, llevado por la convicción de que el matrimonio homosexual es dañino para los menores, quiso "retrasar al máximo la resolución del asunto, bien con la esperanza de que prosperara el recurso formulado por un partido (el PP) o bien para aburrir". Dejemos aparte el recurso defensivo del PP (que se define por sí mismo) y centrémonos en el segundo. El objetivo de "aburrir" choca de frente con el concepto de la justicia como servicio público y, por si fuera poco, añade un nuevo indicio para explicar la causas del retraso que sufren ciertas causas. ¿Para aburrir? ¿Cuántos jueces intentan algo tan abstracto como aburrir a los pleiteantes? Da miedo pensarlo. El juez Calamita, con su actitud de paladín garbancero, fue convertido en una especie de héroe por las capas más retrógradas de la sociedad, para quienes la potestad de interpretación de la ley incluye su incumplimiento.

El caso de Ferrín Calamita no es aislado, qué va. Más bien se trata de un prejuicio característico del que adolece la justicia española. En 1991 mi buen amigo Juan José Ruiz-Rico, catedrático de Derecho Constitucional y luego, hasta su muerte, magistrado de la Sala de lo Penal del TSJA, publicó un libro, que provocó entonces una gran perturbación, titulado El sexo de sus señorías, que recoge numerosas sentencias en las que afloran los prejuicios sexuales y de género de los encargados de interpretar la ley. ¿Ejemplo?: "El interfecto, de naturaleza enfermiza, homosexual, con práctica de sodomía, teniendo debilitada la lucidez mental, y disminuida su voluntad por la homosexualidad...". La sentencia citada por Ruiz-Rico es ¡de 1946! pero se corresponde con los criterios que sustentan la prevaricación de nuestro Calamita. Y hay muchos más ejemplos que convierten el libro de Ruiz-Rico en una guía para prevenirnos del presente porque que los jueces y los obispos legislen a hurtadillas es una tentación rabiosamente actual.

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