RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

Aminatu Haidar

NO tiene que morirse. Y menos en España. No tiene que morirse porque su muerte no llevará a ninguna parte, será sólo una carga menos sobre la espalda enjoyada y despótica de una monarquía absolutista. Da la sensación de que Marruecos sólo está esperando que se muera. Marruecos la expulsó, y en España fue bien recibida. No sabemos bien cómo se autorizó la entrada, cómo se le brindó un amparo que humanamente es justo y es honrado. Hasta donde conocemos, un permiso de residencia es válido para entrar en un país, pero no legitima el movimiento hacia un tercer estado. La interpretación de la ley de extranjería ha sido la más favorable al deportado, y desde la Policía de fronteras, pasando por su inspector jefe, hasta la Comisaría General de Extranjería y Documentación, en Madrid, parece que todos los pasos interpuestos se fueron inclinando hacia la justificación jurídica humanitaria, hacia la solidaridad moral.

Estos días se ha puesto de relieve, sobre el tapete apolillado, confortable y distante de nuestra vida diaria, hasta qué extremo llegan el egoísmo patrio y su ruindad. Todos sabemos que en Marruecos no hay una monarquía parlamentaria. Todos sabemos que en Marruecos no podría publicarse esta columna, que la ostentación y el lujo de su rey vive a expensas de un pueblo sometido en una pervivencia medieval. Todos sabemos que Marruecos, expulsando de esta forma a Aminatu Haidar, ha violado el Pacto Internacional por los Derechos Civiles y Políticos, y encima exige que esta mujer valiente y arriesgada pida perdón al rey. Perdón, ¿por qué? ¿Cómo que perdón? ¿Qué perdón? Debería ser Marruecos quien pidiera perdón, y a quien se le impusiera una sanción de las Naciones Unidas, si de verdad existieran, por esta vulneración continua de los derechos civiles y las libertades públicas, frente a la que España, con demasiada frecuencia y por el interés propio, ha mirado mucho hacia otro lado, como el resto de Europa. Así, tras la deportación forzosa de Marruecos de Aminatu Haidar, ella lleva hoy ya 29 días en huelga de hambre, y podría dejar a dos hijos huérfanos, y una causa pendiente.

Porque ya no es importante si la entrada en España fue afortunada o no, ni si el Ministerio de Interior español tiene un protocolo de actuación fijo para estos casos, o si el Gobierno se equivoca, que parece que sí, desviando la atención hacia la Policía que la admitió. Importa que esta madre, que lo es de un pueblo y de sus hijos, no muera en España ni en ninguna otra parte, para que pueda seguir luchando por los suyos, en una causa noble que éticamente debería ser nuestra. Porque si Aminatu Haidar muere en Lanzarote será una mártir de combustión ligera: en cinco días se dejará ya de hablar de ella, y en Marruecos respirarán un poco más tranquilos.

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