La tribuna

manuel Bustos Rodríguez

Andalucía, posibilidades y carencias

ANDALUCÍA es, sin lugar a dudas, una de las regiones más bellas y variadas de España. Su clima, en general moderado, el legado histórico y la personalidad integradora de sus gentes, refuerzan todavía más su atractivo, por encima del tópico oportuno. Sin embargo, cuando se analizan lo que llamaríamos sus constantes vitales, medibles en términos numéricos, uno no deja de percibir el fuerte contraste que existe entre lo referido y las cifras correspondientes a los ámbitos de lo social, económico y educativo, por su carácter demoledor. ¿Cómo, nos preguntamos, una comunidad con tantos elementos a su favor, puede competir tan mal con otras regiones con peores condiciones de partida? Es más, ¿cómo puede situarse en los últimos puestos del ranking, no sólo de España, sino incluso de la propia Europa comunitaria? Intentaré explicar algunas causas de este contraste.

Existe como telón de fondo, qué duda cabe, una cuestión casi antropológica. El clima benigno, con frecuencia caluroso, de la mayor parte de la región, invita al goce de la vida en la calle. El andaluz medio disfruta, también en los momentos duros de la crisis, saliendo fuera, en el encuentro con la familia y los amigos, redondeándolo con una pródiga degustación de sabores, tan variada como su propio entorno geográfico. Ello le otorga esa personalidad -rasgo identitario, diríamos hoy-, que lejos de caracterizarse por el repliegue sobre sí misma, se abre a la integración del forastero en sus propias costumbres. La idea de que, en Andalucía, nadie se siente extraño, no es un simple tópico. En una España de identidades excluyentes, es este un valor impagable.

Sin embargo, ese mismo goce, tal disfrute de la vida en el exterior, se impone frecuentemente a la laboriosidad callada y enclaustrada del día a día. Hay, por así decirlo, una cierta negligencia en el trabajo constante y exigente, que a veces se convierte en desdén, como si la entrega pudiera obstaculizar el necesario y generoso goce de la vida. Esos europeos del Norte que se pasan la vida trabajando y apenas disfrutan... No es difícil entender que este punto de vista, con su cortedad de miras, pueda sugerir actitudes de insolidaridad, individualistas, que en nada favorecen al conjunto. Se habla, creo que con bastante acierto, del carácter individualista del andaluz.

A su lado, está muy arraigada también una actitud, a caballo entre el estoicismo y el pesimismo antropológico, que propende a considerar que la vida, como los hombres, cumplen unos ciclos invariables. Por tanto, que a los momentos buenos suceden inexorablemente los momentos malos, de manera que asimismo, miméticamente, en el comportamiento humano, todo se repite como si cumpliese un pesado hado. ¿De qué manera se traduce esto en la vida pública? Mediante la escasa valoración o el desdén hacia quien hace de ella preocupación y, a veces también, oficio. Son por eso frecuentes en nuestra tierra, expresiones asintiendo que todos son lo mismo cuando se presenta la ocasión, todos roban o buscan el quítate tú para que me ponga yo. De esta forma, se tiende a la inercia, al inmovilismo, a la falta de impulso, a una despreocupación acerca de la importancia de ese compromiso público y de la necesidad de escoger a quienes puedan reunir mejores virtudes o preparación para ejercer cargos o responsabilidades.

Ello nos lleva a otra actitud que no debemos olvidar: la proclividad a echar balones fuera, haciendo culpables a los demás o al pasado de mis desgracias, soslayando mis propias responsabilidades en ellas; en definitiva, al victimismo como estrategia, hoy tan de moda en nuestro país. Existe, pues, una tendencia enfermiza a esperar del Poder, del Estado, de las instituciones o de los nuevos señoritos de turno la solución de mis problemas o la obtención de lo que considero, a veces un tanto gratuitamente, mis derechos.

Llegamos así a la utilización de lo público en favor propio o de los amigos, familiares -incluso en tiempos tan despreciativos con la familia- o correligionarios. O, lo que es igual, al cáncer del clientelismo y el favoritismo, tan extendidos en nuestra Comunidad. Los representantes públicos se convierten en una especie de virreyes o padrinos, reflejo de una sociedad que ha hecho de tales vicios incívicos regla de vida, sustrayéndolos a todo alcance moral. Se compran así voluntades a cambio de hacer la vista gorda o de otorgar prebendas.

Son cuatro elementos fundamentales que reducen o malogran las inmensas posibilidades de Andalucía, hasta convertirla en cuna de la picaresca, en una especie de niña mimada o dependiente, incapacitándola para asumir por sí misma los retos de su propio desarrollo y modernización. En definitiva, para sacar de sí y de su gente toda la riqueza que lleva dentro, y a desplegar todas sus grandes posibilidades adormecidas.

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