Relatos de verano

Jorge Duarte

Apacible almuerzo en el chiringuito (II)

Quizá me haya extralimitado, señor. Le ruego que me disculpe.

-Para nada, hombre -respondí, desconcertado por la curiosa casualidad de la alusión a las tres estrellas Michelin-. Bueno, ¿cómo arreglamos lo de la carne?

-Muy sencillo. Tendrá que ser usted un poco menos tiquismiquis a la hora de elegir el punto de la carne. ¿Qué le parece si se decide entre muy hecha, al punto o poco hecha? No creo que sea tan difícil elegir entre tres opciones bien diferenciadas, señor -y, para mi sorpresa, se puso a canturrear una popular canción-: "Tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres y ninguna era buena…"

-De acuerdo, tráigalo poco hecho, pero deje de cantar, me está destrozando los oídos.

-Eso no ha sido muy amable de su parte, señor -dijo, con la expresión toda arrugada-. Pertenecí a un coro de joven y no cantaba nada mal. Ahora me deja en la duda de si me lo decían por adularme o si, por el contrario…

-Oiga -le interrumpí, harto de escucharle-, sólo era una broma. Corra a telefonear a sus amigos del coro y pídales perdón por haber dudado de ellos. Pero a mí déjeme en paz.

-¿Entonces…, era una broma? -respondió, con cara de alivio-. Le ruego que me perdone. Por un momento creí…

-¿Me puede decir -le corté- qué es lo que le he hecho para que me martirice de esta forma? ¿Por qué no se limita a servir sin tanta palabrería? Ni la verdulera de mi barrio en cocaína es tan locuaz. ¡Qué horror, Dios mío!

-Tiene razón, hablo más de la cuenta... -dijo, con expresión de pucherito-. No suelo comportarme así, señor. Le confieso que estoy algo trastornado. No debería contarle esto, pero esta misma mañana me han puesto de patitas en la calle. Ha sido tan… tan…horrible…

-Pero… no comprendo… Si le han despedido… ¿por qué todavía sigue aquí?

-El jefe me ha dicho que despedido estoy, pero que si no es mucho pedir siga viniendo hasta el lunes. Este fin de semana el restaurante está a reventar y no dispone de suficiente personal. Por lo visto no olvidará el detalle… -soltó una especie de sollozo, más ridículo que lastimero.

-Si no es mucha indiscreción, ¿por qué le ha despedido? Parece usted un buen profesional.

-Es indiscreción, y mucha, pero se lo diré de todos modos. Resulta que me he venido acostando de un tiempo a esta parte con el novio de mi jefe. Ayer por la noche nos sorprendió en su propia casa y en su propia cama. Para colmo, llevaba puesto su pijama preferido, bebía la ginebra más cara de su mueble bar y fumaba uno de sus cohíbas. Así de sencillo y escabroso.

-No cabe duda de que la noche le estaba resultando barata. ¿Los preservativos eran suyos… al menos?

-Por lo visto -repuso, visiblemente dolido-, escoge usted cualquier momento para bromear, sin importarle los sentimientos ajenos.

-No se ponga así, hombre -dije, empezando a compadecerme de aquel curioso sujeto-. Sólo pretendía animarle un poco.

-Entonces… ¿cómo dijo que quería la carne…?

-Poco hecha, sin más -simplifiqué la cuestión para no liarla.

Al rato, el maître me trajo la cerveza que le había pedido. Estaba bien fría. Mientras la saboreaba, contemplaba, ensimismado, el horizonte. La brisa acariciaba mi rostro y la temperatura era muy agradable. Todo estaba resultando tan perfecto (excepto por la murga del maître) que hasta me parecía oír la sinfonía pastoral de Beethoven flotando en el ambiente. Justo cuando empezaba a tararearla, observé que por la puerta del restaurante entraba un matrimonio acompañado de una piara de niños. El hombre, de unos cincuenta años de edad, cuerpo atlético, pelo canoso y atuendo de golfista nuevo rico, caminaba unos pasos por delante de su esposa. Hablaba por el móvil en tono displicente y con la voz muy levantada, como si necesitara anunciar su llegada a todos y cada uno de los circunstantes. La mujer, muy enjuta y con el sufrimiento y el cansancio subidos a su rostro, empujaba un carrito de bebé y seguía la estela del marido sin apartar la vista del recién nacido, quien berreaba a pleno pulmón.

Los niños, sin contar al bebé, eran tres, de edades comprendidas entre los siete y once años aproximadamente. Revoloteaban alrededor de la madre mientras discutían con vehemencia por un balón, que botaba ruidosamente uno de ellos. Ésta, cada vez más encendida, reñía a sus hijos a cada momento, pero sus gritos no provocaban el menor efecto sobre ellos, como si fueran sordos. La bulliciosa familia se dirigió, en tropel, hacia la mesa que le indicó el maître. Tras mover de forma caótica sillas de un lado a otro, con el consiguiente rechinar de patas, modificar caprichosa y repetidamente la orientación de la mesa, encargar cojines elevadores y sillas de comedor infantiles y probar todos los posibles emplazamientos del carrito de bebé, todo ello con gran aparatosidad, lograron, al fin, acomodarse.

Los tres niños se levantaron de súbito, como si se hubiesen sentado sobre brasas, y se pusieron a corretear por todo el restaurante entre chillidos y risas estridentes. Dos de ellos se pasaban, ágil y velozmente, el balón de fútbol, que perseguía el hermano pequeño con gran voracidad, pero por más que se afanaba en darle alcance no lograba siquiera rozarlo con el pie, lo que lo irritaba in crescendo, para regocijo de aquéllos.

Los progenitores de aquellas ricuras, lejos de recriminarles por su más que incordiante conducta, iniciaron una acalorada discusión entre ellos sobre quién debía coger al bebé y calmarlo, pues no dejaba de llorar.

Las conversaciones que emanaban de las distintas mesas del chiringuito, hasta entonces mantenidas en voz baja, fueron elevándose de volumen unas sobre otras, en clara competición por la supervivencia, hasta que se formó una algarabía difícil de soportar. Los niños improvisaron una portería en uno de los extremos de un ancho pasillo que dividía el restaurante en dos mitades. Sus camisetas y zapatos hacían de postes. Regateaban y chutaban con el mismo desparpajo que si estuvieran en el patio de su colegio.

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