POR montera

Mariló Montero

Árbol de caramelos

LAS casas las construyen con el mimo de sus propias manos, como las de un alfarero sentado ante el torno donde ha de moldear un grumo de barro húmedo para darle cuerpo de jarrón que cobijará bellas flores. Los Xhosa, una de las tribus más fascinantes de Sudáfrica, por una razón que desconozco pero que me produce una insondable curiosidad, construyen sus casas en forma de abrazo: redondas. Quiero pensar que es porque lo redondo envuelve lo que pretendes, lo que deseas que no se escape; a tu pareja, a tus hijos, a tu madre, a tu padre, a tus amigos, a tus hermanos, a todo lo tuyo. Me encanta dejarme llevar por los misterios y quizá por ello no pregunté como es posible que utilizando para la construcción ladrillos rectangulares consigan, sin enfoscar, una circunferencia perfecta. Como tejado confeccionan con brezo un cono que muchos adornan por su vértice con algunas plantas variadas. Los colores que eligen para decorar las fachadas son los pasteles; así pues, cuando observas desde lo más alto de una colina el valle donde habitan los Xhosa, te da la impresión de que a un niño se le han derramado las gominolas de colores sobre el césped de Umtata. Umtata o Mthatha, como se le ha renombrado hace poco, es un pueblo de la provincia Oriental del Cabo, donde nació Nelson Mandela. Él habla, también, el idioma más fascinante que yo haya escuchado al estar compuesto por consonantes que suenan como clics.

La vida de sus habitantes discurre entre los placeres ausentes del tiempo. Desde los continuos senderos empedrados adivinas su biografía: la "mama" (mamá) labora en su hogar, el "baba" (papá) busca el alimento, el "bhuti" (joven) cuida del ganado y los niños revolotean por las laderas o se sientan a los bordes del camino para observar lo que por él pasea. En esa vida apacible, abrigada por un clima sereno, sólo un motivo tuerce sus juegos en ansiedad; el paso de un coche de hombres blancos ante los que saltan como vivaces lagartijas para pedirles caramelos. Después de haber surcado cientos de kilómetros, de haber entrado en escuelas, hogares, de haber parado en las carreteras para descubrir su cultura, llegas a adorar su forma de vida con el deseo de que evolucione sin intoxicaciones externas. No sienten codicia o ambición. La pregunta que me hice fue inevitable: ¿quién fue el primer hombre blanco que se detuvo para regalar dulces a los niños? ¿Quién fue el primer niño que corrió a su casa para contarle a su mama que un hombre blanco le regaló caramelos? Esa historia que tuvo un inicio anónimo sobrevive tras ignotas generaciones. Nada he de objetar a un gesto solidario o inocente si no fuera por la zozobra que se les genera. Es preferible darles la semilla de un árbol de caramelos para que crezca entre el valle de gominolas respetando su integridad.

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