La tribuna

Luis Humberto Clavería Gosálbez

Autobuses ateos y sociedad perpleja

LA anécdota de los llamados autobuses ateos, aparecidos primeramente en Londres y luego imitados en varias ciudades españolas, ha servido para volver a plantear el importante problema de la posición que debe ocupar la religión en el espacio público. La versión española del anuncio, si no recuerdo mal, dice: "Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida". No voy a enjuiciar en este artículo el fondo del cartelito, que contiene una importantísima aseveración formulada con cautela, aseveración de la que se pretende inferir una relajante consecuencia; posiblemente en otro texto me pronunciaré acerca de las probabilidades de verdad de la tesis que se formula y del acierto de la consecuencia extraída, acierto que depende del tipo de vida a la que aluda el anunciante y tal vez de las circunstancias en las que se encuentre.

Ahora sólo entro en una cuestión jurídico-política, que consiste en preguntarnos si son admisibles tales anuncios o si la autoridad debería prohibirlos. Me parece evidente que son admisibles: el Derecho positivo español no parece oponerse a ellos ni es razonable que lo haga, pues se trata de una manifestación más de la libertad de expresión, no concurriendo argumentos que muevan a restringirla. Si bien la adopción de una postura de fe o de increencia respecto de una determinada religión es un acontecimiento estrictamente personal (no tienen fe, ni pueden tenerla, las familias ni los grupos como tales), los contenidos de las confesiones religiosas pretenden divulgarse en público, esto es, predicarse. Y, si los partidarios de una confesión invaden el espacio público predicando, es inmoral e incoherente que no se permita rebatir sus argumentos ni rebatirlos, si bien ello debe tener lugar respetuosamente.

El anuncio en cuestión es, por ello, irreprochable, aunque, como dije, no me pronuncie aquí sobre si es acertado. Y llegamos al punto clave: algunos pastores evangélicos han reaccionado con un anuncio de contenido opuesto, lo cual es igualmente irreprochable; pero un sector de la jerarquía católica española ha reaccionado molestándose porque, a su juicio, se ha utilizado el espacio público para ofender a Dios. Aparte de que no se le ha ofendido en absoluto, sino que se ha cuestionado su existencia (ésta no es una cualidad que integre la perfección), sorprende que se rasguen las vestiduras quienes con naturalidad y desparpajo usan (a mi juicio, legítimamente) calles y plazas para procesiones y actos multitudinarios episcopales y papales proclamando sus convicciones (¿son exactamente tales?) sobre familia, matrimonio, sexualidad y demás asuntos.

Conviene que los queridos pastores católicos reconozcan urgentemente esta incongruencia (no cometida ciertamente por todos ellos, sino por alguno) para evitar que se les acuse de algo mucho peor: que, según su parecer, ellos tienen derecho a comunicar sus contenidos ideológicos a todos los miembros de la comunidad social, católica o no, pero los ateos, agnósticos, evangélicos o budistas sólo pueden dirigirse a sus fieles o seguidores; si esto fuera cierto, se visualizaría algo que mucha gente sospecha: que la Iglesia docente actual, enlazando con Pío XII y sus predecesores e ignorando el paréntesis de Juan XXIII y Pablo VI, convive dolorosamente y de mala gana con la democracia, pues, si la sociedad civil no acata servilmente su doctrina, dicha Iglesia se reputa perseguida, no pudiendo soportar el papel de mero opinante en una comunidad de miembros libres.

Su historia milenaria la mediatiza: o la cátedra o las catacumbas, pero nunca el Areópago, que la desconcierta absolutamente. Sin abdicar un ápice de su doctrina (éste sería otro tema), un garbeíto por las Constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes del silenciado Concilio Vaticano II vendría de perlas al equipo de ese gran escritor y teólogo que ostenta la Jefatura del Estado más pequeño del mundo y que rige los destinos del catolicismo con guante de seda y mano de hierro, más proclive a la preservación de su rebaño que a la conquista de las ovejas perdidas de Israel. En un mundo cada vez más pequeño y globalizado sus opiniones y decisiones provocan frecuentes conflictos con musulmanes, judíos o, sencillamente, con ciudadanos del siglo XXI, debiendo a veces el fino y elegante estadista rectificar lo que el vehemente teólogo profirió iluminado por los espíritus de Giovanni María Mastai-Ferretti y Giuseppe Sarto.

Obviamente Jesucristo tiene poco que ver con todo esto. Y recuerdo que aún no he dicho qué opino del contenido del anuncio pero que me parece estupendo que exista. Añado que yo no lo habría contratado.

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