El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Autoflagelo o 'conspiranoia'

La desastrosa deriva de la economía española se debe tanto a vicios propios como a manejos ajenos al país

ES normal que un creacionista -véase Sarah Palin o un compañero suyo del Tea Party- se oponga frontalmente a un evolucionista en su visión del origen del universo o del hombre: somos libres de abrazar un credo, y de ver la vida de la forma que mayor seguridad nos dé al transitarla; de hecho, no pocos astrofísicos son creyentes, y quizá negar una fuerza creadora original sea un acto de soberbia humana. Abandonando este controvertido huerto, pero al hilo del mismo, cabe recordar que en la comunidad científica, sobre todo entre las ciencias experimentales, hay acuerdos generales, o como mínimo no hay discrepancias radicales en asuntos básicos. En Economía, esto no es así. Particularmente, en la acción de la política sobre la economía, la llamada política económica. Es sin duda la polarización en la forma de la ver las cosas que tienen los economistas -y los que no lo son, también- una de las principales causas de descrédito de la profesión y sus analistas. Unos a otros se llaman ignorantes, malvados, primadonnas, catetos, fascistas, oportunistas, trasnochados o cosas peores. Cuando no sólo las recomendaciones técnicas en pos del mayor bienestar general son irreconciliables, sino que la propia interpretación de lo sucedido es radicalmente distinta, uno se descorazona, o, alternativamente, rechaza a los expertos. Esta semana, de nuevo, hemos tenido ración de polaridad, en la siguiente versión-dilema: ¿Es la agonía española producto de nuestros errores y vicios nacionales, o tiene más que ver con las fuerzas del mercado global libres de regulación y manejadas por unos pocos? ¿Autoflagelo o conspiranoia? Dos circunstancias ilustran esta semana la bipolaridad, tan nuestra.

Uno. Manuel Ballbé y Yaiza Cabedo escriben un artículo en El País que al rato de publicarse era trending topic (con permiso de las novias de Sergio Ramos y la madre del congelador). Vaya por delante que los autores de este boom no son economistas, sino juristas, lo cual, dicho lo dicho, no desmerece ni un poco. El título dice mucho: "El ataque alemán desahucia a España". Podría glosar la pieza brevemente, pero el subtítulo es nítido: "El pánico financiero y la austeridad que impone Alemania le reportan grandes beneficios y favorecen la apuesta de los grandes especuladores contra las deudas soberanas de los países del sur de Europa". La pieza está repleta de datos sobre la ruina financiera de la gran banca alemana y los intermediarios financieros tras la debacle de las subprime -provocada por la desregulación insensata y la inhibición de las instituciones-, y de cómo dicha ruina los movió a crear nuevas fuentes de inestabilidad que, en este caso, les hicieran recuperar lo perdido. La connivencia del Estado alemán con actores clave de las grandes finanzas y los reguladores y altos políticos comunitarios forman parte del escenario. Cabe recordar una cosa: el rescate público de muchos bancos alemanes fue enormemente mayor que los rescates españoles. Para recuperar tal agujero, asumido en segunda instancia por el contribuyente alemán, arruinar a los más díscolos, los golferas mediterráneos, era la forma de ganar mucho dinero . Lean el artículo. Anímense a refutar la solidez de su tesis, como digo, sustentada con datos.

Dos. Dos economistas amigos se niegan a culpar al enemigo exterior tras leer la columna. El problema, aducen, es nuestra debilidad institucional, nuestros engendros políticos oligárquicos, la instrumentalidad también política de nuestras cajas de ahorro (otro recordatorio: los landesbanken alemanes, o sea, sus cajas, fueron salvadas también a lo bestia de sus enormes pasivos), la desastrosa ley del suelo de Aznar, los oligopolios energéticos hispanos, nuestro pobre nivel educativo. En general, ¿quién no estaría de acuerdo?

Coda. Es lamentable ignorar variables importantes en cualquier análisis. Tenemos, para ser creíbles, que criticarnos a nosotros, pero también a nuestras circunstancias. Lo de dentro y lo de fuera. Y defenderse institucionalmente de quien no importamos más que por el riesgo que le causamos o el árnica que le damos: Alemania.

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