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Rafael / Padilla

Automatización

MÁS allá de los conflictos inmediatos, quizá el mayor reto que nos plantea el futuro es el auge de la automatización. El fenómeno parece imparable: la digitalización y la robotización están empezando a cobrarse millones de víctimas en el ámbito laboral, sin que sepamos, hasta el momento, cómo resolver un horizonte en el que múltiples negocios y ocupaciones han dejado o van a dejar de ser necesarios.

Las empresas son cada vez económicamente más grandes y globales y, al tiempo, por el aumento de la eficiencia, más pequeñas en número de trabajadores. No se trata, por otra parte, de un síntoma propio de determinados sectores: esa reducción de la intervención humana se aprecia prácticamente en todos. Si a esto añadimos la incorporación de la mujer al mercado laboral y la propia incidencia de la deslocalización, el resultado es que cada día hay menos trabajo disponible y los aspirantes a trabajar son más. Tenemos, pues, que reaccionar, y pronto, frente un desastre próximo y en apariencia irresoluble.

Ejemplos los hay a cientos: la fotografía, los servicios de correos o el periodismo son algunos de los más visibles. Pero, junto a ellos, los avances tecnológicos amenazan a la gran mayoría de empleos actuales. Es cierto que en el pasado vivimos coyunturas teóricamente parecidas; pero hoy, por la rotunda generalización del problema, ya no cabe reubicar, como entonces, enormes masas de desempleados. Tampoco, refugiarse en un neoludismo infantil en sus planteamientos (el progreso no se puede detener) y descabellado en sus propósitos (no es posible la destrucción total y voluntaria de los hallazgos obtenidos).

Dicen los expertos que la solución pasa por la especialización, por aprender nuevas habilidades acordes con los tiempos. Eso, además de impulsar la innovación, garantizaría, afirman, un cierto nivel de adaptación. Añadan que hay trabajos de muy difícil, por ahora, automatización: todos aquéllos de bajo nivel en el sector servicios que exigen flexibilidad, así como todos los que requieren destrezas sociales (educadores, cuidadores, artistas, etc.).

Con todo, la receta no me convence: no será posible crear nuevas empresas y nuevos empleos a un ritmo lo suficientemente rápido como para resituar a los desplazados por la automatización omnipresente que, sin pausa y sin remedio, nos llega. Hay, claro, algunas otras alternativas; pero de ellas, y de sus rompedoras ideas, me ocuparé el próximo domingo.

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