Visto y oído

Francisco Andrés Gallardo

Babelandia

LA 1 tiene nostalgia de aquel programa que comenzó de puntillas y acabó siendo el gran fenómeno de la pantalla tras Gran Hermano, Operación Triunfo. Tras haber exprimido impunemente aquel proyecto musical, cuyo cadáver recogió Telecinco para resucitarlo, en TVE echan de menos sacar partido a una cantera, tras haberla pifiado con la academia de humoristas. Hijos de Babel es un concurso de talentos más, de esos que van a atascar la parrilla, pero con el añadido lacrimoso de las historias tristes que laten tras las vidas de sus concursantes, los inmigrantes seleccionados. Hijos de Babel es una colección de sellos. Además de una posible voluntad de integración hacia la población que nos llega, y de atraer audiencia nueva y fresca, el espacio rebusca en el sentimentalismo de las penurias y la distancia, como la pareja de hermanos cubanos reunidos para la ocasión. Y de guinda evocadora, Bisbal.

Otro de los objetivos de los nuevos programas de talentos es buscar un filón al estilo del británico Paul Potts, el pavarotti vendedor de móviles de Got Talent. El primer finalista que apareció en la gala, Costel, un albañil rumano, llegó hasta interpretar la misma aria que hizo popular a Potts y a sus castings, con dos figurantes con arneses a modo de hadas volantes. No estamos ante una coincidencia, claro, sino ante un afán de repetir suerte. Con el público español todo es posible, ya que existen varios millones de paisanos, más varios millones de espectadores inmigrantes, dispuestos a entregarse por la causa de un reality de ídolos por pulir. Hijos de Babel es en verdad una reiteración, no aporta nada nuevo, y tampoco despertó interés en su primera entrega, pese a la salita de estar, la tailandesa sonriente y a Aaron, el togoleño con pinta de Ray Charles. A Antonio Garrido, demasiado cariacontecido, se le contagió la monotonía de la gala.

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