Visto y oído

Antonio / Sempere

Banalidades

EN el escenario del plató se veía a una chica en porretas, como se decía antes, en porretas. Y un friki, autodenominado como tal, de nombre Emilio, que había comparecido en el programa disfrazado de Star Wars, cantaba algo así como El mosquito vacilón. Y la chica se contoneaba una y otra vez, y él cantaba haciendo bueno a los candidatos de El semáforo. Y Juan y Medio, qué se le va a hacer, ponía cara de estupor, tratando de que el trago se pasara lo más rápido posible. Aunque aquello, poco importa ya a estas alturas advertir que se hallaba en el horario protegido infantil, se alargaba y alargaba puesto que de lo que se trata es de eso, de cubrir como sea la larguísima tarde en la que caen cuarenta grados.

Después llegaron las noticias. Me decanté por las de Pedro Piqueras. Y el juicio de Nanysex por aquí, y el juicio de Nanysex por allá. Muchos delincuentes. Mucha degradación física y mental. Escoria de todos los colores. Sucesos en ristre capaces de dejar al espectador sin resuello. Y muchísima caradura por parte de los editores, incrustando los avances de unas informaciones dentro del desarrollo de otras, como diciendo "todavía hay más y mejor".

Me pregunto con qué cara, con qué actitud, con qué cuerpo se sentarán en sus mesas, frente al portátil, con los aires acondicionados puestos al máximo, los responsables de semejantes escaletas. La del programa magacín más banal, y la del desinformativo más risible. Seguramente desempeñarán su labor como si nada, sin dar ninguna importancia a lo que hacen, con el piloto automático puesto. Olvidándolo al minuto siguiente de atravesar la puerta del lugar de trabajo. Cabría recordar que, afortunadamente, existe otra televisión. Cabría recordarlo a quienes la hacen, y a quienes la miramos. Existe.

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