Desde mi córner

Luis Carlos Peris

El Betis, víctima propiciatoria

Choca que desde lugares donde han ocurrido sucesos peores se clame por un castigo ejemplar al club sevillano

FUNESTO Sábado de Pasión para el Real Betis Balompié, esa institución tan maltratada desde fuera como mal defendida desde dentro. La noche que el equipo mejor jugaba del curso hubo de cruzarse con el desapego habitual del árbitro y con la barbarie de un presunto seguidor que ha contribuido a que se abra un linchamiento y a que lo que resta de campeonato sea aún más calvario de lo esperado. Y es que mucho nos tememos que el Betis vaya a ser la cabeza, cómoda cabeza, de turco para que se queden tranquilos todos los fariseos que claman justicia y que lo hacen desde lugares donde obraron antes igual con toda impunidad.

Lo del sábado fue una barbaridad pero clama al cielo la que se está montando desde Bilbao para que el peso de la justicia recaiga sobre el Betis, rival directo del Athletic para la supervivencia liguera. Cuando en San Mamés silban las bolas de acero junto a las orejas de todos los porteros cuando se ubican en la portería Norte y lugar donde hace cuarenta años dejaron casi tuerto a un árbitro sin que el gran club bilbaíno fuese castigado, digo que desde un lugar como la Catedral se clama justicia contra el Betis, no contra el cafre que hirió a Armando, no, contra el Betis, a ver si al Betis le dan de una puñetera vez el tiro de gracia y el descenso queda prácticamente decidido.

Hay que masacrar al Betis por mucho que el Betis, y su gente más auténtica, detuviesen en el acto al autor de la barbarie. Y ha de pagar el Betis por lo mismo que otros muchos clubes no pagaron un céntimo. Y lo peor de todo es que hay que aguantar que personajes como Etxeberria declaren que "no es la primera vez que pasa en este campo". Claro que no es la primera vez, pero ocurre que cada vez que pasó, el Betis pagó bien cara la salvajada de turno. En cambio, San Mamés, el Bernabéu, el Camp Nou, Mestalla y el que esté libre de pecado que tire la piedra vieron cómo por lo mismo o parecido, los anfitriones se fueron de rositas en la más absoluta impunidad.

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