Rogelio Velasco

Los Brics y el papel de las palabras

El orden económico de la posguerra está anticuado y habría que acelerar su reforma, pero la iniciativa de los Brics aspira a construir unas estructuras equivocadas que no mejorarán las cosas

DURANTE la década pasada, un reducido grupo de países de gran tamaño y elevado crecimiento comenzaron a mantener reuniones informales configurándose, paulatinamente, como portavoces de un supuesto nuevo orden económico internacional. En el mundo mediático, para que una idea o una política se hagan populares, pocas cosas resultan tan importantes como darles un nombre que tenga gancho. En el mundo anglosajón esto suele traducirse en un acrónimo. El entonces economista-jefe de Goldman Sachs creó el acrónimo BRICS para referirse a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

Sonaba bien y, aparentemente, algunos hechos los unían: gran tamaño, fuerte crecimiento, no occidentales y en vías de desarrollo. El economista de Goldman no aportaba ningún análisis que reforzara esas aparentes coincidencias. Pero el acrónimo tuvo éxito.

Una mirada algo más penetrante nos permite, por el contrario, observar las profundas diferencias existentes entre sus miembros. La economía china es 20 veces mayor que la sudafricana. La rusa, brasileña y sudafricana son, básicamente, exportadoras de materias primas mientras que las dos restantes las importan. Algunas de esas economías ya cuentan con sectores industriales capaces de fabricar bienes de calidad; otras no producen nada que sea exportable.

Es cierto que comparten algunas características, pero no son precisamente las que explican positivamente el crecimiento. Son países con el reparto de riqueza más desigual del mundo. La corrupción está generalizada: desde el emergente Brasil, en donde varios ministros del Gobierno de Lula están en la cárcel, a los principales mandatarios chinos que poseen enormes riquezas fuera del país, a los oligarcas rusos bien conectados con el poder político o los miembros del ANC en Sudáfrica, que han sustituido en la apropiación de los recursos públicos a los antiguos líderes del apartheid. Malas credenciales para empezar nada nuevo.

¿Qué intenciones y qué sentido tiene la creación de ese grupo a pesar de todas las diferencias? Con el 45% de la población y el 20% de la riqueza mundial, los Brics quieren hacer valer su voz en el mundo. El orden establecido prima la hegemonía de los países vencedores de la II Guerra Mundial. La contestación a ese orden, la creación de un nuevo sur-sur, es el nexo de unión entre ellos.

Sin embargo, la retórica desmiente en buena medida esas intenciones y, en cualquier caso, la retórica es inútil si no es secundada por hechos concretos.

La retórica que utiliza Rusia -el principal impulsor del grupo- en sus comunicados recuerdan más al lenguaje de la guerra fría que al deseo de crear un nuevo orden más equilibrado, porque junto al deseo de un orden más justo se entreven cuestiones relacionadas con la actual guerra en Siria o con el régimen de Corea del Norte. Se critica al Banco Mundial y al FMI no por lo que hacen, sino por ser instituciones creadas por países occidentales y no controladas por ellos.

Más allá de la retórica, pocas decisiones concretas se han adoptado en la última reunión. Brasil y China han firmado un acuerdo para realizar comercio entre ambos con sus propias monedas, por valor de 30.000 millones de dólares al año. Pero más allá de este acuerdo nada se ha decidido respecto de lo demás. Establecer un secretariado permanente, la sede en alguna ciudad, dotar de una infraestructura organizativa al club, etcétera.

Pero es la creación de un nuevo banco de desarrollo lo que ha frustrado el avance de la pasada reunión. No ha habido acuerdo sobre las cantidades a desembolsar para dotar al banco de capital. Tampoco existe una visión única sobre los objetivos de la institución. China desea que los recursos se presten para aumentar el comercio internacional. India pretende que los excedentes de los países superavitarios se reciclen en inversiones en países en desarrollo.

Además de la creación del banco, que tendría el perfil de un banco de desarrollo como el Banco Mundial o el BID, los Brics plantean también la creación de un mecanismo de reservas de divisas para ayudar a países con dificultades transitorias en la balanza de pagos o para estabilizar economías durante periodos de crisis. Es decir, la misma función principal que lleva a cabo el FMI desde su creación.

Ninguna de estas iniciativas ha cuajado en acuerdos concretos durante la reunión de la pasada semana en Durban. Aun llegando a un acuerdo, los promotores deberían pensar no sólo en los recursos a aportar o en la sede de la institución. Lo realmente complicado es definir la gobernanza de la institución y, en particular, cómo actuar si las cosas van mal.

La experiencia de la UE durante la actual crisis es reveladora. El tránsito a la moneda única se hizo sin contemplar los mecanismos de actuación para cuando las cosas se pusieran feas. Las consecuencias las estamos viendo.

¿Estarán dispuestos los socios Brics a condonar deudas en grandes cantidades a los países a los que les presten ayuda? Es la práctica habitual de los actuales organismos internacionales. Éste y otro tipo de ayudas tendrían que explicárselo a sus ciudadanos, tratándose de países que, en el mejor de los casos, tienen una renta per cápita equivalente a la tercera parte de la española.

El orden económico de la posguerra está anticuado y habría que acelerar su reforma. Estos países -y otros no occidentales- deberían tener mayor peso en la toma de decisiones. Pero la iniciativa de los Brics pretende construir unas estructuras equivocadas que en poco o en nada mejorarían el actual estado de cosas a nivel internacional y con unos recursos que todavía necesitan para ayudarse a sí mismos más que para ayudar a los demás, durante muchos años.

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