Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Calle Imagen

PARECE mentira, pero la calle Imagen sí tiene quien le escriba. A mí, que soy de letras, siempre me ha parecido una de las tantas tropelías cometidas contra el paisaje urbano que la sufrida ciudad, que puede con todo, a duras penas ha podido asimilar. Si pudiera quitar alguna vía del callejero, ésta seguro estaría entre las primeras candidatas, con su sus feos soportales y portales sombríos, sus veladores cutres, su doble fila y hasta su boca de entrada al aparcamiento fantasma. Uno ve desde la Encarnación a lo lejos la torre de la parroquia de San Pedro, semioculta detrás de los grandes edificios, y no puede por menos que compadecerse de ella, con lo bien que estaría despejada, sola en su iglesia, escoltando a la plaza antigua del Cristo de Burgos.

Me temo que mi opinión, sin embargo, no es tan mayoritaria como pensaba. Es más, si nos atenemos a las últimas informaciones, opiniones y entrevistas publicadas en los últimos días por este mismo periódico, diría que es hasta minoritaria. Y no crean que los que han hablado son filósofos posmodernos, politólogos de Podemos o asesores de Monteseirín. Al contrario, gente del prestigio de Juan Ruesga (al que leo aquí con interés cada semana) o José Antonio Carbajal, han ponderado las virtudes de la calle Imagen, su contribución con el ensanche a la mejora del eje este-oeste de la ciudad, e incluso la calidad de sus edificios, incluido el más reciente del colegio de arquitectos, por lo visto un prodigio de la arquitectura racionalista.

Hasta la Gerencia de Urbanismo de Zoido se ha apuntado a la fiesta con una nueva catalogación que implica mayor protección, haciendo más visible si cabe la complacencia oficial, no importa la ideología.

La discusión no es si los edificios están bien construidos o el espacio ha sido bien resuelto por los técnicos intervinientes. Doctores tiene la Iglesia. Lo que me disgusta de estos posicionamientos favorables a actuaciones, digamos, arriesgadas, es lo que tienen de justificación implícita de la destrucción del patrimonio histórico, de la desconfiguración del alma de la ciudad en aras de una pretendida modernidad que, me perdonen, yo no acabo de ver. Aunque contemplando las últimas intervenciones que se hacen y permiten unos y otros (ahí el edificio de la calle Santander) a lo mejor hasta tienen razón, y los equivocados somos nosotros.

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