Análisis

Javier Arenas Ramírez

Cambiar el futuro

LA Historia nadie la puede ya borrar, pero podemos -y debemos- encauzar el presente y cambiar el futuro". El presidente Zapatero zanjaba así la parte de debate, sobre las malas herencias del pasado, que ha centrado la Cumbre de Lisboa. Se han evidenciado las profundas diferencias sobre relaciones comerciales -pendiente un intenso maratón hasta final de año para renovar acuerdos preferenciales- y los distintos conceptos sobre Derechos Humanos y Democracia aún vigentes. Mugabe, de profesor libertador a dictador, ha formado parte de la foto de familia de la reunión, pero se lleva el rapapolvo especialmente verbalizado por la canciller alemana Angela Merkel. Se han escuchado desde el Sur los lamentos contra los viejos imperios y se ha reconocido, desde el Norte, que el subdesarrollo fue impuesto a África.

Pero en esta cita del reencuentro, medio siglo después de las primeras descolonizaciones, ha quedado claro que sin un continente africano con posibilidades, Europa y el mundo tendrán más riesgos. Y en Andalucía tenemos el punto más cercano de los tan sólo 14 kilómetros que separan (o deberían unir) ambos continentes. Por eso España intensifica el Plan África en desarrollo desde 2006 y Zapatero se compromete a ir más allá de la Cooperación -que se ha triplicado y se mantendrá activa- a otras fases de mayor nivel de asociación. "Hay que ayudar a producir" dice el presidente al avanzar las acciones españolas inmediatas: en educación, en Mali va a ser la primera de 13 escuelas, financiación para nuevas infraestructuras, ofertas de empleo -la primera se formalizará en los próximos días para la recolección de la fresa- y movimientos migratorios. Según Zapatero "cada vez que regulamos la inmigración legal, frenamos el drama de la ilegal".

Pase lo que pase en las negociaciones que quedan abiertas para las próximas semanas, hay ya retos inmediatos para Europa: cumplir con los objetivos del Milenio por el desarrollo y lucha contra la pobreza, comercio justo con apoyo a los productos made in África, potenciar las telecomunicaciones -5.600 millones de euros de las Unión Europea para extensión de internet y móviles- ayudar al suministro energético de un continente con 500 millones de ciudadanos sin luz y una posible "muralla verde" en torno al Sahara para frenar la desertificación. África es el menos contaminante, pero el más sufridor del cambio climático.

Y la tragedia humanitaria de Darfur. En paralelo a la cumbre oficial, mujeres y activistas pro derechos humanos han testificado en Lisboa sobre "el sufrimiento humano" y denuncian que "no es admisible que la comunidad internacional diga que está muy ocupada en Iraq o Afganistán y no actúe ante la muerte de doscientas mil personas y la imposible supervivencia de más de dos millones y medio de refugiados".

Europa ultima, aunque aún no está perfilada, su aportación en la misión humanitaria en Chad.

Una misma mesa y no campos de batalla o de explotación ha sido el escenario de este nuevo diálogo bi-continental, desde la idea de que África tiene posibilidad de acelerar su desarrollo y Europa el deber y el interés de actuar. No desde un sentimiento compasivo y sí constructivo.

Portugal, buena anfitriona de este reencuentro euro-africano se acerca así al cierre de un semestre de eficaz Presidencia. El broche ya está a punto en forma de texto institucional. A pesar de las muchas dificultades de agenda y de las críticas por el efecto sobre el cambio climático, del ir y venir de los aviones presidenciales en pocos días, la diplomacia portuguesa -y Durao Barroso- han logrado que se firme y se feche aquí el Tratado de Lisboa. Será un 13, pero no martes sino jueves, el día de arranque de una nueva Europa, que quiere caminar más de la mano con una nueva África.

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