La ciudad y los días

carlos / colón

Cambien o privaticen

LES recordaba ayer, a propósito de la polémica sobre Canal Nou y la viabilidad económica, cumplimiento de sus fines y utilidad de las televisiones públicas, unas palabras pronunciadas hace 34 años: la prensa de empresa, independiente de partidos, organizaciones sindicales y libres de cualquier influencia estatal, es lo que más se acerca al ideal de libertad de expresión. Y concluía afirmando que siguen siendo ciertas hoy, no sólo referidas a la prensa escrita, que tan difíciles momentos atraviesa (un abrazo a los compañeros de El Correo de Andalucía), sino a las cadenas de televisión desde la ruptura del monopolio de TVE en 1990.

¿Cuántas cadenas privadas, generalistas o temáticas, españolas o extranjeras, de izquierdas o de derechas, podemos captar hoy en plan Currito, es decir, dándole al botoncito? Tantas como para poder confeccionarnos una programación a la carta. En la realidad creada desde el año 90 y reforzada por el apagón analógico de 2010, TVE tenía que haber cambiado radicalmente su raro modelo franquista (una televisión pública políticamente manipulada por una dictadura, pero programada y gestionada como una televisión privada y comercial) para asumir las competencias propias de un servicio público: información objetiva, difusión cultural (teatro, cine, documentales, conciertos, apoyo al cine español, series basadas en textos de prestigio, etc.). Pero hizo y sigue haciendo lo contrario: ser una competidora desleal de las privadas con una programación que incumple su carácter público.

Las televisiones autonómicas calcaron el desquiciado modelo de la TVE franquista y posfranquista; combinaron la manipulación política y las plantillas monstruosamente infladas con la programación comercial y el incumplimiento de los fines de la televisión pública. A lo que suman la competencia desleal en el mercado publicitario.

Los ciudadanos no pagamos impuestos para que las televisiones públicas sean altavoces del PSOE, el PP, CiU o quien sea; emitan concursos o series horteras; refuercen el "¡viva mi pueblo!" (que en realidad es un "¡Viva mi dueño!": urge que un nuevo Valle-Inclán reescriba El Ruedo Ibérico en versión El Ruedo Autonómico); y reaviven el más casposo y reaccionario casticismo (en tantos casos, como el nuestro, jaleado por el PSOE). Para que sigan haciendo lo que hacen, y al precio al que lo hacen despilfarrando fondos públicos, que se privaticen.

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