El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Cameron de la isla británica

El Reino Unido se ha puesto en fuera de juego en una vuelta de tuerca de su aislacionismo tradicional

DICEN de Jacques Delors que culminó algunas negociaciones críticas para el futuro de la Unión Europea a las tantas y borracho como una cuba, aunque quizá no tanto como Sarkozy en aquella rueda de prensa tras un encuentro con Putin (búsquenlo en Youtube, es impagable ver a un líder global ciego como una culebra en pleno ejercicio de sus funciones). En alguna de esas noches de toma y daca, Felipe González consiguió que se crearan los nutritivos Fondos de Cohesión. En otra mesa, en Niza y a altas horas, Aznar noqueó a sus interlocutores europeos, sacando un partido inaudito. También, por el contrario, pudimos ver a un avejentado Fernando Morán saliendo derrotado de madrugada de una negociación clave. De Fernández Ordóñez se dice que entregaba la cuchara a las primeras de cambio, siempre con más ganas de irse a casa que su contraparte. Tengo para mí que de madrugada se toman más decisiones malas que buenas, y no digamos con alcohol de por medio. En los tratos maratonianos, quien se mantiene más espabilado y rocoso tiene las de ganar aunque lleve peores cartas, y es por eso por lo que hay que evitar entrar en el juego de "Esto hay que cerrarlo aunque nos tiremos aquí dos días"… excepto si somos duros y correosos cual filete de perro. Resulta realmente asombroso que los líderes europeos reunidos la semana pasada se hayan levantado de la mesa de negociación a las cinco de la madrugada. Asombroso e irresponsable. David Cameron recibe ahora por la calle aplausos de sus compatriotas más patriotas y euroescépticos, o sea, antieuropeos. Pero probablemente se ha metido en un jardín lleno de zarzas y maleza. En un clamoroso offside (orsay).

Estar aislado no le gusta a nadie, ni siquiera a aquéllos que han hecho del aislacionismo una forma de vida y de prosperidad durante años y años. El Reino Unido vive en buena parte del negocio financiero (un 10% de su PIB, y una de cada diez libras recaudadas por el fisco), que da trabajo en Londres a unas 600.000 personas. El 60% de las compras y ventas financieras internacionales de la Unión Europea se ventilan en la City, y allí dejan sus comisiones y otros réditos. Si el euro sufre, la City y la Gran Bretaña sufren. Los empresarios británicos saben que Europa es vital para su futuro. Es normal que Cameron quiera defender tanto dinero que riega su presupuesto. Pero la voluntad alemana -a qué equivocarnos- de recortar y sancionar en materia presupuestaria pública choca de frente con el derecho a hacer lo que yo vea que practica el Reino Unido.

¿Cómo negarse a un impuesto cuyo objetivo es controlar, y no tanto recaudar? ¿Cómo, ahora? La Unión Europea planea aplicar en la Eurozona un impuesto inspirado en la llamada Tasa Tobin. Cameron (a qué horas de la noche, no podemos precisarlo) dijo que no, entre otras negativas. Se quedó solo entre veintiocho. O veintisiete más uno, si preferimos. Un retorno al espléndido aislamiento. Pero recordemos al hilo de esto que la economía financiera se cifra en diez veces superior a la economía real. Sabemos que ése es el origen de la penosa situación. Por tanto, hay que supervisar sin complejos el comercio financiero, y además hay que ralentizarlo. Asegurarlo. Es normal que Cameron defienda los intereses nacionales británicos. Pero con tanta diversidad familiar, y encima en tiempos de crisis, o vamos cediendo, o se acaba la familia. España ha sufrido una brutal contracción por la actividad de construcción. Lo estamos purgando. Gran Bretaña ve en peligro su estratégico sector financiero, pero debe asumir que se debe establecer un mecanismo de prevención de los tsunamis financieros que matan riqueza y empleo. La tasa sobre las operaciones financieras es necesaria. Paraísos fiscales de baja intensidad no son de recibo.

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