la esquina

José Aguilar

Camps, torpe y soberbio

LAS apariencias engañan. No ha sido el PSOE valenciano, al que derrotó una y otra vez hasta recluirlo en la irrelevancia, el que ha arruinado la carrera política de Francisco Camps fabricándole un escándalo sobre una causa de poca monta. No ha sido un influyente grupo de comunicación el que le ha arrastrado al banquillo con una estrategia de linchamiento que le ha llevado incluso a exigir que Camps demuestre su inocencia en lugar de que la acusación demuestre su culpabilidad.

Nada de eso. El más encarnizado enemigo de Francisco Camps ha resultado ser Francisco Camps, su soberbia, su inmersión a tiempo completo en la burbuja del poder, su torpeza en la gestión del proceso judicial al que se ha visto sometido. Si cuando salieron a la luz testimonios y documentos acreditativos de que recibió trajes y otros regalos de la trama Gürtel hubiese reconocido que cometió un error y devuelto esos cuantos miles de euros impropiamente percibidos -como hicieron otros dos líderes del PP valenciano, que se libraron así del banquillo-, el caso habría quedado en casi nada con sifón.

Hizo todo lo contrario. Negó la evidencia, explicó confusamente que siempre se paga sus trajes a tocateja, sin tarjeta de crédito y sin conservar jamás los tiques de compra, se envolvió en la bandera del patriotismo valencianista y se obstinó en el yerro de creer que una victoria en las urnas le libraría de sus cuitas con la Justicia, enajenándose de este modo del único apoyo sólido en el que podía contar, el de Mariano Rajoy, en justa correspondencia con el respaldo que él le prestó cuando estuvo a punto de ser defenestrado del liderazgo del PP.

Tensó tanto la cuerda que cuando fue llevado a juicio ya estaba solo. Y todo por no admitir algo que acompaña a cualquiera que llega al poder al nivel que sea: que éste es un panal de rica miel que atrae irresistiblemente a cien mil moscas, moscones, abejorros y otros chupópteros. Y por no librarse de la tentación que siempre acecha al poderoso -¡qué indefensos estamos los humanos ante el halago!- de confundir la adulación con la sinceridad y la amistad con la aproximación de conveniencia. Camps sucumbió a los conjuros de su propia vanidad y trenzó un círculo de amistades peligrosas que le colmaron de cariños empalagosos y regalos envenenados (el veneno se vio luego, cuando se constató que constituían una red tupida de intermediaciones, negocios y tráfico de influencias).

En el presunto delito de cohecho impropio por el que se le juzga actualmente no existe, como indica el propio tipo delictivo, ninguna contraprestación ilícita de Camps a sus amiguitos donantes a través del gobierno autonómico que presidía. Eso da idea de la torpeza y la arrogancia con que este hombre ha gestionado su defensa.

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