Ignacio Martínez

Canal Sur: la fiesta ha terminado

La presión no es igual para todos los seres humanos. Se hace insoportable en determinados sillones. En España, uno de los puestos que más presión soporta es el de director general de una televisión pública. Y esta semana el Parlamento de Andalucía ha nombrado a un nuevo jefe de la agencia pública empresarial RTVA. Pablo Carrasco llega con una mayoría simple, al no darle su apoyo el Partido Popular.

Es sorprendente que los mismos partidos, en el mismo país y en la misma época sean capaces de ponerse de acuerdo para enderezar la radiotelevisión pública nacional y no estén dispuestos a hacerlo con la autonómica andaluza. El PP se queja del permanente sectarismo que padece en la información que se difunde por Canal Sur. Y tiene razones: las mismas, por lo menos, que entre 1996 y 2004 tuvieron los socialistas con la información de RTVE, en manos sectarias populares.

Esta vieja cantinela de que el que gana las elecciones toma a la televisión pública como rehén a su servicio se ha resuelto de manera satisfactoria en Televisión Española. La incógnita es saber si la RTVA será capaz de emular a su hermana mayor. Pablo Carrasco merece un margen de confianza. Y el PP parece concedérselo con su voto en blanco. Izquierda Unida ha votado a favor, pero advierte que es un voto condicionado a resultados. Qué pase en la televisión y la radio públicas será un elemento estratégico esencial en esta legislatura. Zapatero presume de que sus ministros se quejan de que TVE ya no tira a favor del Gobierno. Ignoro si Chaves podrá presumir de lo mismo antes de retirarse.

Las televisiones públicas fueron la columna vertebral de la propaganda gubernamental en toda Europa en los años 50, 60 o 70, pero hace tiempo que dejaron de serlo. En España, muerto el dictador y conseguida la democracia, se pusieron en marcha unas televisiones públicas regionales y locales que heredaron los modos propagandísticos y sectarios de la vieja televisión del dictador. En el último número de la revista The Economist dedicado a España y titulado La fiesta ha terminado hay un pasaje dedicado a este asunto: 'Cada Ejecutivo autonómico tiene su propia televisión. Zapatero celebra conferencias de presidentes con sus homólogos regionales. La última atrajo a 600 periodistas. "Parecía la Asamblea General de la ONU, con seis o siete camiones-satélite en los alrededores", subraya Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia'. Esta otra fiesta también debe terminarse.

El director general saliente de la RTVA, Rafael Camacho, que pasó en 2000, sin red ni luto alguno, de portavoz del presidente Chaves a jefe de su televisión, se va con un balance desigual. Si hubiese dirigido una televisión privada, tendría bazas para aplaudir su labor: el liderazgo regional, que entre las dos cadenas suma un 22%, y su ortodoxa defensa de la línea editorial de su patrón. Pero Canal Sur no es una empresa privada. Su función no es acumular oyentes o espectadores. De la misma manera que no se puede medir la calidad de un sistema sanitario público por el número de enfermos por hora que es capaz de atender su personal sanitario.

La televisión regional tiene una audiencia fiel, compuesta sobre todo de personas mayores, con poca formación, de zonas rurales. Un retrato robot reñido con las ambiciones de la Segunda Modernización. Y la línea editorial de una emisora pública tiene que ser plural e independiente. Estos son algunos de los desafíos del nuevo director general de la RTVA: la neutralidad del medio y que su programación no sólo busque audiencia, sino también convocar a un máximo de gente joven, preparada, comunicada. Ser un motor de cambio social. Y otra obligación, no menos importante, es dimensionar este gigante que tiene más personal que Antena 3 y Tele 5 juntas. Todo, desde un asiento a toda presión.

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